Caput XX: Omnia Nascituros parata sunt

Antiopa… Cui postquam partus instabat, effugit ex vinculis Iovis voluntate in montem Cithaeronem: cumque partus premeret et quaereret ubi pareret, dolor eam in ipso bivio coegit partum edere.

Cuando se le acercaba el momento de dar a luz, Antíope escapó de las cadenas al monte Citerón por voluntad de Júpiter. Y como le apremiaran los dolores del parto y buscara un lugar donde dar a luz, el dolor la obligó a parir en una encrucijada de caminos. 

(Higinio, Fábulas VII. Antíope, 3)

FULVIA SE MOSTRABA FUERTE, como siempre. No dejó ni un solo día de realizar sus actividades, no se manifestaba cansada ni desganada. No tenía caprichos. Yo mismo tenía que crearle necesidades, a las que respondía positivamente. Nuceria se ocupaba de su nieto Nucerius y de su nuera Tamar, porque estaba muy delicada de salud. Tamar era obediente, agradecida y hacía esfuerzos por tener contento a Numerius. Mi madre Ælia se dignó estar de compañía con Fulvia, ya que esta no quería tener ninguna esclava, ya no le cabía ese concepto en su cabeza. De todas formas, había una bonita armonía que me dejaba tranquilo. Todo el mundo era muy servicial. Le dije a Numerius que no saliera a ninguna parte hasta que Tamar no sanara. De este modo los más jóvenes Silvias y Veiovis, trabajarían todo el año juntos a donde los enviara Numerius. A Delvyn le encargué de los viajes más rápidos y le frené un tanto su ímpetu. De este modo no estaba nunca fuera de la Villa más de diez días. Les prometí que todo volvería a ser como siempre. Numerius se encariñó con Khnemu y lo puso como su consejero y al tanto de todos los negocios. Delvyn se encargó de Otacilius, pues ya habíamos adivinado que este muchacho se quería quedar con nosotros; también le sugerí que diera algún encargo a Everardo, sin comprometer su identidad, para que fuera entrando en la familia.

A todos les sugerí que no adquiriesen compromisos en el siguiente mes, porque tendríamos nacimiento. Así fue, estando todos en casa, Fulvia dio a luz a nuestro hijo, lo presenté a todos,  el niño lo mostré desnudo para que vieran que era un varón. Le puse el nombre y a todos gustó, fue Vitalis, el que goza de mucha vida y pueda dar a otros. La presentación oficial fue dos semanas más tarde cuando Fulvia se había recuperado y pudo mostrarse tan bella o más que antes de ser madre. Permití que lo presentara su madre.

Hoy tengo el honor de presentar ante vosotros el mejor obsequio que pudo hacerme Aulus. Me ha concedido ser madre de este niño al que se le han impuesto los nombres de VITALIS LINDOR FLAVUS CAMPANIANUS, FILIUS AULI FLAVI CRISPI EX FULVIA FLAVO CRISPO CAMPANIANA. LONGA VITA OBLECTET.

Ya tenía mi heredero y a eso me dediqué con pasión. Eran tres niños los que tenía a mi cuidado en lo referente a la educación. Los tres tenían que ser formados juntos para que vivieran el espíritu de la familia. Los tres serían propietarios de la mayor parte de los bienes. Ellos eran, Nucerius, hijo de Numerius y de Tamar, que nació el primero, el segundo en nacer fue mi hijo Vitalis, nacido de Fulvia y el tercero fue Iovicianus, hijo de Delvyn y Aliteria, que vino al mundo siete meses después de Vitalis, el cual nació cuatro meses después de Nucerius. El tiempo discurría y los niños crecían, nosotros nos hacíamos mayores y los muchachos más jóvenes llevaban todos los asuntos. Numerius tuvo muy pronto un hijo varón al que llamó Cneo Octavianus Flavus Crispus. Fulvia me dio poco tiempo después una pareja de mellizos, un varón y una mujer. Al niño le puse y vino a llamarse como yo Aulus Flavus Campanianus, la niña se llamó Fulvia con idénticos nomen y cognomen. Delvyn por su parte tuvo hijos más seguido que nosotros, pues Aliteria gustaba de acostarse con sus dos amantes, Delvyn y Everardo. Nunca nadie se interrogó lo evidente y los niños llaman mamá a Aliteria y papá a Delvyn y Everardo. En total llegaron a mayores con 14 hijos: Aurelianus, Secundus, Victoria, Caius, Sybilia, Quadratus, Domicius, Iulius, Melissa, Aliteria, Fidelio, Publius, Plautos y Britannicus. Dos hijos mellizos, siendo ya mayores, tuvo Numerius de Tamar, al primero en salir lo llamó llamó Nycteus y al siguiente Quartus. Los hijos de Numerius y de Tamar fueron Nucerius, Cneo Octavianus, Nycteus y Quartus. Al año y medio de su tercer parto, Tamar murió sin quejarse, le lloraron todos con mucha pena. Nadie tenía nada que decir y todos sabían cuantos contratiempos había tenido que sufrir. Contratamos un funeral según su fe judía y asistimos todos. Este fue el gran consuelo que tuvo Numerius. Ya no quiso unirse a ninguna mujer y nos consolamos mutuamente. Tres eran mis hijos, Vitelus, Aulus y Fulvia. Llegó el día en que me dijo mi hermana:

— Podría ser bueno, ahora que ya te he dado los hijos que ansiabas, que me dedicara a enseñar cosas a todas las niñas, leer y escribir, coser, cocinar y formas de educación en orden al futuro de ellas, porque tú vas a dedicarte a los niños.

— Eso me parece interesantísimo, que nuestras mujeres sepan. Pide lo que necesites, porque lo voy a poner a tu disposición. No te amedrentes, pide lo que quieras, eso será prioritario, tendremos una villa con gente razonable y razonadora. Pero tampoco quiero que lo hagas sola ni que te agobies.

— Aliteria, aunque tiene muchos hijos —entonces aún tenía solo ocho— pero a ratos me quiere ayudar, he hablado con Nuceria y se lo ha planteado a Estatilia, que ha sabido leer siempre porque antes de venir de esclava a esta casa, su padre la educó con maestros. Si no te parece mal, será mi compañera.

— Fulvia, has cumplido en todo lo que te he pedido; jamás te negaré nada. Necesitas la compañía adecuada a tus deseos.

— Gracias, cuida de Numerius, os habéis portado muy bien y como auténticos caballeros.

— Si puedo hablar al respecto, te voy a decir que he dispuesto que en el patio exterior haya un conjunto escultura con cada una de vosotras.

— Nada tengo que comentar, solo que en la servidumbre hay unas cuantas mujeres que también lo merecen.

— Lo tengo en cuenta.

Con mi beneplácito que no esperaba recibir, Fulvia, Aliteria y Estatilia, apoyadas por Nuceria, hicieron un plan de educación para las niñas. Estatilia es de la edad de Fulvia y se han hecho buenas compañeras. Aliteria es amiga de todas la mujeres y Nuceria es muy considerada por todo el mundo.

De los niños me encargué yo y busqué maestros griegos. Junto con nuestros hijos recibían la misma formación los hijos de todos los residentes en la Villa. Solo tuve que decirles a los maestros que a los niños ni se les pega ni se les castiga, se les estimula para que tengan gusto por formarse. Luego cada uno se prepara en un oficio para vivir, si los padres podían hacerlo me lo decían, en caso contrario se buscaba a alguien de la villa preferentemente.

Tulio con su ayudante Vestino se encargaron de prepararles para saberse defender. Veiovis, enseñó equitación; poética, filosofía y artes estuvieron a cargo de maestros griegos libertos. A mí me correspondió la política y formación socio familiar. Numerius les enseño en algunas sesiones esporádicas la contabilidad y mercado. Los hemos visto crecer, no piensan dividir los bienes. Nucerius de muy joven sustituyó a su padre en la contabilidad. Iovicianus es un navegante nato, ha salido a su padre. Vitalis es un emprendedor y tiene ideas que va poniendo en práctica; recibe a comerciantes. Él me preguntaba todo, cada vez soy yo el que voy preguntando más para ayudarle. Los tres se sienten hermanos y cuentan con las experiencias de sus padres y de sus tíos, de Veiovis y Silvias y de Otacilius y Everardo. Sus hermanos menores los adoran. Pero hemos corrido mucho y es necesario dar unos pasos atrás.

— Tu madre…, no se encuentra bien…

Corrí veloz a los aposentos de mi madre. Estaban allí todos los que tenían que estar. Me acerqué a ella y casi no podía hablar, estaba llorando. Pedí a todos que salieran un momento, me puse de rodillas junto a la cama acerqué mi cara a la de mi madre, tocándonos las mejillas y sentí el frío de la piel de mi madre.

— Dime lo que deseas, madre, haré todo lo que me pidas, aunque en ello vaya mi vida.

Con voz muy baja y con mucha lentitud —se notaba que sufría— me dijo agarrada a mis manos:

— Me he portado muy mal contigo, no sabía hacer otra cosa, me has enseñado a amar de verdad y he descubierto que todos me aman aunque los traté mal. Quiero que me perdones y conserva mi cariño; estoy muriendo y por momentos te quiero más.

— No hables más, madre, te hace daño, te amo con todo mi ser, además, todoen la villa te aman y están pendientes de ti. Descansa, madre.

— ¿Me pondrás moneda…?

— Te pondré dos para que Caronte te ponga en un estupendo asiento.

— Llama a tu hermana.

Me desprendí de las manos de mi madre y llamé a Fulvia. Se situó junto a la enferma y le dio un beso en la frente. Comosi estuviera esperando tener a sus dos hijos en su entorno, mi madre expiró. Abrí las puertas y dejé pasar a todas las mujeres. Entre Nuceria y Aliteria la arreglaron para sacarla al patio interior hasta los funerales. Al final de todo puse dos monedas en el paladar de mi madre y velamos su cuerpo durante la noche. Al alba llevamos el féretro a la pira que habían instalado cerca de la fosa junto a mi padre. Pronuncié un panegírico muy sentido del agrado de los presentes. A los 8 días celebramos el final del duelo con una cena y su correspondiente saturnalia.

Tras la cena me levanté, fui a donde estaba Fulvia y le dije si podía organizar unos juegos para los niños.

— Estaba pensando en eso, pero te están esperando Numerius y todos los chicos, no les hagas esperar mucho.

Di un aviso a los niños y acudieron todos a mi alrededor, me senté y les conté una historia corta. Se acercó Tamar recogió los dos niños que tenía entonces y le siguieron todos los demás niños. Aliteria y Fulvia ya habían sacado los disfraces. Entonces me acerqué a donde estaban los chicos y vino Nuceria a recoger nuestras túnicas. Subimos camino de la cascada, Silvias con Veiovis, Delvyn con Everardo, Otacilius con Khnemu y detrás de ellos íbamos Numerius y yo, los demás chicos y chicas ya se habían esparcido y se veían las sombras y entre matojos que estaban quienes follando, quienes abrazados y besándose, también había algunas chicas que se estaban amando entre ellas. Yo, mientras conversaba con Numerius, miraba a los chicos de delante. Como no llevábamos túnica,  alguno como Delvin y Veiovis iban desnudos, los demás llevábamos subligar o subligaculum, excepto Khnemu que vestía su shenti que se había traído de Egipto. Casi siempre trabaja desnudo pero en las fiestas se cubre con su shenti sin alas, sino recortados por el final de las nalgas. Se trata de una tela más estrecha y más corta, que solo sirve para cubrirse los genitales. El día que celebramos su cumpleaños como sujeto adulto, se vistió con un shenti (1)completo, con su delantera plisada y la cobra en el centro. Además se maquilló más que los demás días y estaba resplandeciente, porque destacaba su hermosura natural. El negro que se pone en el contorno de los ojos le deja la mirada más fija y misteriosa. Fulvia se lo ha tomado como maquillador suyo personal y sale siempre de sus aposentos divinamente espectacular. Khnemu es guapo y presumido de su hermosura. Sé que esto molestaba a su padre. Dos veces han ido a Egipto Silvias y Veiovis. La primera vez les acompañó Khnemu, pero se quedó en el barco.

— Si mi padre pregunta por mí, le decís que ya voy a verle, que estoy acabando una tarea de navegación; si no pregunta, no le digáis nada. En los seis días que estuvieron allí y comieron dos veces con Imhotep, ni por equivocación preguntó por su hijo. Acabó el tiempo de cargar las compras y Khnemu pudo pasar por delante de su padre como si fuera un esclavo, cargando fardos desnudo. Su padre nunca miraba a un esclavo, los despreciaba. De este modo lo vio detenidamente a su padre y se fijó en él. Esa misma noche, antes de partir, Khnemu dijo a sus amigos:

— Mi padre va a morir pronto.

— ¿Cómo sabes?

— Su cara está demacrada de modo muy amarillo, él es aceitunado oscuro como yo, su maquillaje se le descompone y deja aparecer el color amarillo, su brazo y mano derecha no los mueve y están hinchados, sus piernas están patizambas y los pies muy separados. Tiene males mortales.

— Si quieres ir a verlo…

— No; la próxima vez que vengáis, si me lo permitís, vengo y voy a saludarlo, si no se ha muerto.

— Entonces cenamos con todos y partimos. Los remeros están deseosos de llegar a casa.

La segunda vez que fue con ellos se cruzaron con una nave que le llevaba un aviso. Pero nadie supo quién era quien y las naves evitaban perder tiempo en el mar por temor a los piratas, motivo por el cual solían zarpar no lejos de una nave militar.

Llegaron a Egipto, Khnemu se vistió con sus mejores galas y, acompañado de Veiovis y Silvias se dispuso a visitar a su padre, les acompañaban cuatro custodios armados. No perdió el tiempo, apresuraron el paso y fueron con litera cubierta para no ser reconocidos por nadie. Los custodios iban a ambos lados. Llegaron a la casa y estaba extrañamente abierta de par en par.

— Mi padre ha muerto.

— ¿Cómo sabes?

— Esas plañideras tan felices han estado llorando ante el féretro.

Atravesaron el dintel de la puerta que da a la calle y se aproximaron a la sala de donde provenía un rumor de voces. Entraron los tres acompañados de dos custodios no armados. Allí estaban su madre y su hermano. Se acercó a su madre y la abrazó. Khnemu estaba sereno, sin llorar. Luego saludó a su hermano mayor con quien se cruzaron los brazos.

— ¿Cómo fue, —Preguntó Khnemu a su hermano.

— Graves males arrastró estos últimos años, se esforzaba por disimular, hasta que se postro en cama y ya no se levantó, —respondió su hermano.

— Siento pesar por su muerte, pero la distancia y la nueva vida me han hecho cambiar.

— ¿Vienes a quedarte, Khnemu?

— No, Akhenaten, ya es otra mi vida y muy diferente, mi trabajo y mi entorno; tampoco vengo a llevarme nada. Solo presentía que padre no estaba bien y quise venir a despedirme y a saludarme. En cuanto carguemos el barco, me iré con ellos.

— Tienes ciertos derechos.

— Te los dejo todos para tu parecer, adiós, hermano, si vienes a Roma, serás bien recibido, —concluyó Khnemu, tendiéndole los manos a su hermano para un abrazo.

— Cuando quieras, esta es tu casa, —remató Akhenaten, abrazando a su hermano.

 Cuatro días más esperaron en Alejandría hasta concluir los funerales. Aunque su hermano le ofreció la casa para descansar en las noches, Khnemu siguió la rutina de siempre, dormir en el barco con la propia custodia. El último día, antes de zarpar, Khnemu, junto a la pasarela, se desnudó totalmente dejando sus prendas en el suelo, ropas y pectorales, brazaletes y calzado. Subió al barco. Se puso a estribor mientras los marineros realizaban sus maniobras, desde allí vio cómo se peleaban unos pobres andrajosos para recoger las prendas abandonadas. Era él signo de su decisión, había que dedicarse a trabajar para sí y para la familia. En su casa trabajaban los esclavos, nadie tenía libertad para hacer y ser diferente al común de los mortales. Descubrir la Villa, fue para él un sistema de vida, donde todos contaban y cada uno disponía. En cierta ocasión me había dicho:

— No comprendo como aquí cada uno hace lo que debe y a la vez lo que quiere.

— Es simple, Khnemu, aquí todos cuentan —le decía—, no solo cuentan para mí, también para ti, porque no vives en el desierto, ellos son parte de tu vida. Si todos dejan de hacer su trabajo, tú no puedes comer o llegará un día en que no podrás comer. Por eso tú y todos igual trabajamos para que comamos todos, descansamos para ser felices y por eso buscamos el mayor bien uno para cada uno y todos por todos. Mira Numerius, Delvyn y yo tenemos el hábito de amar a otro hombre. No nos atrae el tener relaciones sexuales con mujer. Pero tenemos que hacerlo, por el bien de la familia y de todos los que formamos esta Familia. Pero a la vez nos acercamos, aunque nos cueste con sinceridad a la mujer elegida y respetándola. Nunca he forzado a Fulvia, hasta que ella no ha consentido, hemos hablado mucho, y me lo pidió. Te puedo asegurar que Numerius y Delvyn han hecho algo similar, tal como habíamos hablado que ni forzaríamos ni engañaríamos a nadie.

— ¿Será por eso que se las ve felices con su gravidez, porque han podido decidir y consentir?

— Te puedo asegurar que es así. Su felicidad está en su decisión, no en la nuestra. Nuestra decisión está formulada en orden a la seguridad de la Villa, la de las mujeres han proporcionado a la gente de la Villa la felicidad.

Se entiende la actitud de Khnemu, se ha despojado de un sistema opresor e irracional y cuando Veiovis le sacó una capa para cubrir su cuerpo de la humedad, se dio cuenta totalmente den acierto de su elección, la Villa lo acoge en su momento más bajo para elevarlo y hacerlo libre. Khnemu quiso cambiar su nombre egipcio por uno romano.

— Roma, a pesar de sus emperadores y gobernantes, está abierta al mundo. Nunca nadie te exigirá que cambies tu nombre. Puedes hacerlo si así lo deseas, pero ese nombre que llevas nos engrandece. Roma te ha abierto sus puertas. Llegará un día en el que en Roma habrá nombres de todo el mundo y en todo el mundo habrá nombres romanos. Eso nos dignifica a todos.

Por eso no podía estar más de acuerdo con Khnemu. Todo en él fue un proceso de alejamiento de una realidad llena de amargura y un aproximación a otra realidad que le hizo cambiar su mente y su modo de proceder. No procedió con ira con rabia, ni mantuvo rencores, sino con desprendimiento. Ante su hermano se desprendió de las cosas y antes de salir de puerto se desprendió de sí mismo. Siempre le aconsejé que no se desprendiera del hecho de ser egipcio, por eso mantuvo el nombre de Khnemu. Hizo honor al significado de su nombre Khnemu, “para modelar” y lo consiguió.

Khnemu es un gran jinete, un luchador, un custodio avisado, era el terror de cuantos maleantes se tropezaban con él. Pronto se corrió la voz. Acabó siendo el orgullo de Tulio. Cuando Tulio decidió retirarse para cultivar sus tierras, Khnemu le sucedió en lo que llegamos a denominar la custodia local. Tenía buenas relaciones con la policía del Imperio y en algunas ocasiones le pidieron ayuda para algunas capturas. Al jefe de la policía, cuando le pedían ayuda, le decía: «que te parece si hacemos esto y eso…» o bien «creo entenderte que deseas que hagamos esto o lo otro», nunca desvaloró al superior, nunca le contradijo, ponía sus ideas como si fueran del otro. Esto le hizo ganar la total confianza. Cuando iba a la población todos los niños le circundaban, porque les mostraba su puñal egipcio y su hermoso collar de guerra que le regaló Otacilius, pues se sentía orgulloso de la hermosura de su amante y de su destreza en la defensa. Otacilius decía que Khnemu solo era débil a la hora de hacer el amor.

Ya me canso de escribir. Me escuecen los ojos por el humo y el sueño. Debo dejar unos días esta tortura de estar recordando y escribiendo, si a la verdad igual pasan siglos y a nadie interesa. Por tanto, creo que lo que ahora me vale es regresar a la saturnalia.

Ese día todos habían comido hasta para reventar, pero el vino corría de los pellejos a las jarras y de estas a las copas para hacerlas desaparecer por la boca. Las mujeres tomaban hidromiel, que al ser algo más dulzón y empalagoso les obligaba a beber agua. Por el contrario los varones le daban al vino con afanosidad. Había algunos mayores que se habían dormido en la mesa y al marcharnos todos sus mujeres e hijas los recogieron para meterlos an la cama y que durmieran la cogorza, porque algunos tienen un pedo que mejor les va pasarlo durmiendo, de lo contrario blasfeman, insultan sin razón, provocan a hombres y mujeres y hacen indecencias públicamente. A los más jóvenes les hacen reír y estos van sirviéndoles vino en sus copas. Ese día desaparecieron todos tan rápidamente que los cinco que suelen emborracharse pudieron meterlos en la cama. Nasón, que no tiene a nadie que lo lleve, estaba durmiendo con la cabeza sobre la mesa, como es hombre pacífico, lo levanté y lo llevé a su cama que me indicó Nuceria. Ella se encargó del resto.

Salí donde estaban los otros y pronto acudió Nuceria a recoger nuestras túnicas. Y seguimos camino arriba hacia la cascada. Numerius estaba muy animado y me atreví a preguntarle:

— ¿Cómo es que te veo tranquilo y sereno?

— Llevó seis meses esperando esto; su muerte estaba cantada, no había remedio. Creo que ya he sufrido mucho y la vida ha de continuar. Ella está con su Dios, lo sé, ha sido demasiado buena y ha complacido a todos los que la han necesitado. Guardó su bondad y sencillez en el corazón.

— ¿No les darás una madre a tus hijos?

— Mis hijos tienen dos madres y una maestra. Mi madre será su madre, Fulvia me ha demostrado en estos ocho días pasados que los quiere como propios y Aliteria será para ellos una buena maestra.

— En eso tienes razón, un nuevo matrimonio no sabe uno como acaba y tenemos suerte por el buen entendimiento de nuestras mujeres.

— ¿Tú sabes que Fulvia, poco antes de morir Tamar estuvo con ella y le juró que cuidaría de sus hijos como propios y le dijo literalmente: «Numerius no tomará otra mujer, de eso me encargo yo, y cuando necesite calmar sus nervios tiene a Aulus; siempre ocuparás un lugar en la Villa».

— Eso merece que se cumpla; haremos una escultura de Tamar. Tú tienes un dibujo que le hizo Everardo a Tamar.

— Sí, lo guardo porque es tal cual.

— Habrá qué decirle a Everardo que dibuje y retrate a nuestras mujeres, ellas llevan el peso de la Villa.

Entonces le expliqué a Numerius el proyecto de la Villa por si deseaba corregir algo. He pensado construir donde la caballeriza la casa de Delvyn. Con todos sus hijos y los que puedan venir merecen una casa amplia. Con esto conservamos este patio y en el cuarto lado colocamos las dos casas para custodios, una a cada lado y sacamos una avenida hasta el vía menor. De este modo a ambos lados de la avenida se podrán ir construyendo casas para todos aquellos que trabajan y viven en la Villa, y los sacamos de los sótanos donde están ahora, donde podemos hacer unos almacenes mejores que los que están junto a la caballeriza.

— Todo eso me parece bien, pero es una gran inversión.

— Cierto, pero ¿qué vamos a legar a nuestros hijos, sótanos y humedades? Creo que les podemos dar mejor vida.

— Entonces añade lo que podemos hacer en los almacenes de ahora.

— ¿Qué? Habla, Numerius, dilo.

— Podemos establecer unos baños y quizá un gimnasio, disponerlo al público y hay otro punto de trabajo para los nuestros.

— Eso alegrará mucho Khnemu.

— Pues entonces, no sueñes, Aulus, que tenemos dinero para todo eso, comienza mañana mismo. Veámoslo antes de envejecer, enseñemos a nuestros hijos a que estén siempre ideando mejoras. Diseña la avenida, llama a nuestros hijos y a los más jóvenes de la servidumbre, explícales y escucha sus ideas; luego construye casas a ambos lados para los que viven en los sótanos, será el modo de hacer que pierdan la noción de su esclavitud y hagamos allí los almacenes. No perdamos tiempo. No quiero envejecer sin ver nuestra nueva Villa.

— Mañana hablamos con todos, proponemos el plan y proyectamos casas, para sacar a la gente del subsuelo, no quiero tener a la gente en sótanos.

— Pues déjalo ya todo para mañana y contempla los muchachos junto al fuego.

— Nosotros hablando y ellos han comenzado.

— No, hay una pareja junto a la carca de la cascada. Esos nos están esperando.

— Son Veiovis y Silvias, ¡vamos allí!, hace calor para estar junto al fuego, mejor nos echamos al agua.

— Han encendido fuego por la lumbre, quieren que los veamos.

— Esos son Otacilius y Khnemu, pero, el sardo está follando al egipcio.

— Los dos la tienen buena; los estaba viendo, han comenzado comiéndose polla y culo por turno y ahora están follando, dentro de un momento será el egipcio quien se folle al sardo.

— Mira cómo se afanan, mira, mira, el sardo la mete hasta el fondo y la saca del todo.

— Pues el egipcio gime de placer, se la está pasando bien.

—  No veo a Delvyn,

— Mira lo que asoma detrás del árbol, son Delvyn y Everardo.

— Esos se cansarán pronto, pues cuando ya no oigan voces de niños, se van los dos con Aliteria. 

— Esa chica tiene mérito.

— Esa chiva vale su peso en oro, ha aceptado a los dos como un uno y ellos están felices con ella.

— Solo ella sabe de quién es cada niño.

— Ni eso, solo cuando crezcan podremos distinguir, pero procuraremos que no sea motivo de comentario, merecen ser felices, que todos sean de los tres.

— Vamos allá con nuestros amigos, nos bañamos y ellos se bañarán, luego nos los llevamos abajo a nuestra habitación.

— Me parece estupendo.

— ¿No entráis?, vamos a bañarnos. 

— Os estábamos esperando.

— Nos bañamos y nos secamos bajando hacia la habitación de Numerius. Pasamos la noche allí si no os molesta.

— Eso, esa cama es grande y cabemos los cuatro.

Eso hicimos, Silvias quiso comenzar conmigo y dejamos que Veiovis y Numerius follaran a la vez que nosotros. Luego nos juntamos y acabamos todos con todos. Era como la tercera vigilia de    antes de la aurora cuando vinieron Otacilius y Khnemu a unirse a nosotros. Supieron que estábamos allí porque centelleaban las velas por las ventanas. Nos dormíamos al alba y nos despertó Numerius para ir a trabajar. Les dije a los chicos que organizaran todo y luego se acostaran un rato para no dormirse agarrados a las paredes. Numerius me miró amenazador.

— Son jóvenes, Numerius.

— Nosotros éramos jóvenes y no hacíamos eso.

— Eran otros tiempos, Numerius, eran otros tiempos.

Se vino de cara a mí muy ceñudo. Creí que me iba a pegar y me dio un beso de los de siempre y luego dijo:

— Has cambiado los tiempos, querido Aulus.

— Para bien o para mal, dímelo, Numerius.

— La alegría de los que vivimos aquellos tiempos te lo dejan claro y porque tú no permites las alabanzas y agradecimientos a tu persona, porque te lo dirían continuamente.

—Menuda sorpresa esta noche cuando sepan el plan que les presentaremos.

— Y como siempre les pedirás su parecer.

— Es evidente.

— Sabes entusiasmarlos.

— ¿No crees que lo merecen?

— Mi pensamiento está en tu cabeza, lo sabes, Aulus.

— Y mi voluntad en tu corazón, Numerius.

— ¿Sabes Numerius que es hoy tu cumpleaños?

— Siempre hemos cumplido años junto con nuestra madre en privado, pero no hoy sino en el tuyo y no tiene por qué variar.

— Hoy sí, porque cumples los 30 años. Aquí tienes tu carta de libertad, y estas tenazas son para cortar tus aros pendientes de tus orejas.

— Ya estoy acostumbrado.

— Déjame hacer.

— Tu voluntades mi ley.

— Mi padre te los puso y yo te los evito. Los tiempos han cambiado.

— No necesito aretes, mi corazón siempre será esclavo del tuyo.

— Como el mío lo es del tuyo, Numerius, pero eso queda en nosotros sin lóbulos marcados.

— Te amo, Aulus.

— Te amo, Numerius.

Habíamos sido amigos que nos comportábamos como hermanos. Luego descubrimos que éramos hermanos del mismo padre y amamantados por la misma madre. Llegamos a querernos tanto, unidos por el sufrimiento y por el amor que, casi sin darnos cuenta, descubrimos que no podríamos amar a nadie tanto como lo sentíamos el uno por el otro. Nos convertimos en amantes hasta ponernos en riesgo de dar la vida por el hermano y amigo que amábamos incondicionalmente. Compartimos madre, compartimos amigos, compartimos trabajo y afanes; confiamos a ciegas el uno con el otro; un lecho fue suficiente para los dos; sin premeditarlo nos dimos nuestros cuerpos en la más estrecha intimidad. Con los cuerpos iba el alma, el pensamiento y los deseos del corazón. Todo fue indivisible. Nuestros días son actualmente gloriosos. Nuestros hijos y amigos nos han sucedido y vivimos esperándolos cuando se van y contemplándolos cuando están presentes. Nuestros hijos se sienten hermanos, porque yo miro a sus hijos como míos y Numerius mira a los míos como a los suyos. No sabemos distinguir y deseamos que sea así. Los dioses y los hados nos han sido favorables y los tiempos verdaderamente han cambiado.

——————————————————————————

Nota

(1) La shenti o schenti era una prenda de vestir masculina en forma de falda corta que fue utilizada por los antiguos egipcios, al menos, desde el Imperio Antiguo. Esta faldilla estaba compuesta por una pieza larga de tela rectangular confeccionada en tela de lino en color blanco o crudo, que envolvía la cintura del hombre y se sujetaba con un cinturón o faja, usualmente, también de tela. Existían algunas variaciones, pero, en general, la tela se enrollaba varias veces alrededor del vientre, pasaba por entre las piernas y se anudaba por delante, a la altura de la cadera para ajustarse, en su caso, con un ceñidor.Mientras que durante los Imperios Antiguo y Medio se llevaba por encima de las rodillas, durante el Imperio Nuevo (1550 a. C.-1069 a. C.) la shenti se alargó y se volvió más sofisticada, con plisados y para los personajes de alto rango, aparece una doble shenti con una especie de delantal triangular, con plisados, que podía estar decorado con elementos simbólicos, como cobras y utilizar color. Como se aprecia en el arte de esta época, en algunos casos, los hombres acomodados llevan faldas o túnicas transparentes más largas, sobre el shenti tupido.

Caput XIX: In expectatione regressus Numerii et de nativitate Filii eius

Inproba Massiliae quidquid fumaria cogunt,

       Accipit aetatem quisquis ab igne cadus,

A te, Munna, venit: miseris tu mittis amicis

       Per freta, per longas toxica saeva vias;

Nec facili pretio, sed quo contenta Falerni

       Testa sit aut cellis Setia cara suis.

Non venias quare tam longo tempore Romam,

       Haec puto causa tibi est, ne tua vina bibas.

Todo lo que recogen las inmorales humaredas de Marsella, cualquier tonel que toma solera por el fuego, de ti, Muna, nos llega. Tú envías a tus pobres amigos a través de los mares, a través de largos caminos, tósigos terribles; y no a un precio asequible, sino al que se daría por contenta una tinaja de falerno o de Setia, querida por sus bodegas. Para no venir a Roma en tanto tiempo tienes, pienso, este motivo: para no beber tus propios vinos.

(Marcial, Epigramas X, 36)

OTACILIUS PUEDE RESULTAR, aunque pensábamos que por ser nieto de Galos no habría nada que se pudiera hacer para sacar de la piedra un dios. Otacilius era como una piedra, duro, terco e inamovible, Otacilius era un tronco de árbol, solo servía para sostener, pero ni la hojarasca aguantaba, menos aún daría frutos. Otacilius era como una pared cuanto más cerca estabas de él menos posibilidades de continuar. Si Otacilius fuera arbusto, viento, calor o frío, no sería  necesario nadie para que le sacara la savia, pero su dureza merecía dedicación y estos retos eran lo que me agradaba a mí.

— ¡Despierta, despierta, Khnemu!

— ¿Qué pasa?, —preguntó Khnemu con los ojos semicerrados y legañosos.

— No pasa nada, que nos vamos a Ostia, si viene Delvyn quiero que vea que le esperamos. Vete a la cascada y lávate bien que esto huele a podrido.

— Me calenté anoche y no pude aguantar…

— Deja eso y date prisa —hizo ademán de vestirse—. No es necesario que te vistas, ponte un subligar y vete corriendo, te lavas bien y al bajar te cambias el subligar y ponte túnica sin mangas que hoy hará el calor fuerte. Desayuna y partimos.

Fui al comedor y allí estaban Veiovis y Silvias. Los miré, sonreí y me dijo Veiovis:

— ¿Qué te pasa?

— Quiero preguntarte qué tienes hoy que hacer de modo urgente, —le respondí.

— Lo de siempre; aquí todo es urgente… —respondió.

— Pero lo urgente puede esperar si hay algo muy necesario, —dijeron los dos a la vez.

— Hay algo que no es tan necesario pero es bueno, —dije.

— ¡Vamos, pues!, —dijo Veiovis.

— Pero ¿qué pasa?, —preguntó Silvias.

— No seas tonto, muévete y arréglate un poco, viene Delvyn y vamos a esperarle, —dijo Veiovis.

— ¿Por qué no me dijiste antes?, —preguntó Silvias.

— Porque no lo sabía pero lo acaba de decir Aulus.

— Aulus no ha dicho nada de eso, solo si…

— Aprende a entender a Aulus o te quedarás a medias. Venga, levanta el culo y date prisa que Aulus no espera, —dijo Veiovis.

En eso que entra Khnemu, mira fijamente a Veiovis y dice:

— Todavía andas tú así en paños menores, llega hoy tu hermano y ahí estás como una lechuza mirando. Ni Aulus ni yo tenemos costumbre de esperar.

Se echó sobre él, lo abrazó y lo besó. Susurró a su oído:

— Daos prisa en cambiaros de ropa, yo haré que te espere.

Luego abrazó y besó a Silvias e igualmente le susurró:

— Daos prisa, no os entretengáis.

Se sentó, desayunó con calma mientras miraba cómo me reía yo y le dije:

— Me vas conociendo bien.

— Eres más transparente que el agua de las nieves. —me contestó.

— Mientras ellos vienen explícame mi transparencia.

— Aulus, no es necesario explicar nada. Tú demuestras quien eres y qué quieres con que miremos tu sombra. Ni tienes dos palabras ni doble intención. El que quiera saber algo de ti solo tiene que escuchar. Me parece que Silvias no entiende esto y le va a costar comprenderte, tendrás que tener paciencia con él porque es muy concreto. Yo sufro por Veiovis. Él entiende todo al vuelo y según muevas tus dedos ya sabe lo que vas a decir, pero va a necesitar paciencia para soportar la inconsciencia de Silvias que oye, pero no piensa, no ve qué hay detrás de cada palabra tuya.

— Entonces tendremos que ayudar a Veiovis.

— En efecto.

— Pues comienza desde ya y que ni se le ocurra abandonar a Silvias.

— Igual saldría ganando yo.

— No seas….

— ¿Qué…?

— Tú me entiendes… Ah, mira, por aquí viene, vámonos, pues.

Estaba preparada la carroza grande para nueve en el interior y cuatro al exterior. Seis caballos la hacían rodar habitualmente, pero el auriga, que sin exagerar podría compararse con Escorpo o con Incitato (1), unció ocho, seis delante y dos detrás para refrescar el tiro unas dos o tres veces. No teníamos prisa, por pronto que lleguemos no va a poder salir del barco hasta asegurar la carga para transpórtalas a la Villa o a su destino el día siguiente. En esto Delvyn era muy exacto y nunca le dije que exageraba. A Delvyn nunca se le ha perdido un equipo o un fardo. Si pudiera desdoblarse en dos estaría uno transportando y el otro custodiando en el cellarium. En efecto, el cellarium siempre lo tenía vacío, y si lo llenaba para una noche, se quedaba a dormir allí. Esto preveía que ocurriría esta vez y era conveniente no dejarlo solo. Con nosotros cuatro aseguraba unas cinco horas de sueño para Delvyn. Me gustaba que los muchachos vieran la seriedad de Delvyn en su trabajo, no le igualábamos nadie, pero era un modelo de orden, cuidado, precaución, detalles pequeños y visión de lo posible. Yo tengo que estarle agradecido porque él todo eso que hacía magníficamente tan bien siempre lo refería a mí. No creo que me lo mereciera, pero por no mezclar vanidades nunca le pregunté. Esto pensaba en la carroza en un momento que quedé abstraído.

— ¿En qué piensas, Aulus?, —preguntó Veiovis.

— En la suerte que he tenido con vosotros, sois muy buenos conmigo y temo no poder corresponderos como merecéis.

— No digas eso, Aulus, no existíamos, ahora somos, tenemos familia y más que nuestro jefe, como a veces decimos, eres nuestro amigo, velas por nosotros, nos sentimos amados y augurii certi in futurum habemus. Tú no puedes saber esto, siempre has sido libre…, —dijo Silvias

— Menos que vosotros.

— Pero no has sufrido ni conocido el peligro de los golpes, ni el dolor que se inflige, ni…

— Cállate, era yo pequeño y veía golpear a mi mejor y único amigo, le he visto con sangre por todas partes, por nariz y boca, por su trasero, vi cómo un día por puro placer le fracturaron un brazo. Luego supe que mi amigo, mi mejor y único amigo era mi hermano y que su padre era el mismo padre mío y lo ofrecía a sus amigos para que abusaran de él. Cuando venía a donde su madre todo dolido, allí estaba yo siendo cuidado por la madre de mi amigo para que no me pasara nada como a él. Entre los dos le curábamos con lágrimas en los ojos las rajaduras y llagas que esos maldito hombres le hacían a un niño como yo. No tenía yo el dolor físico pero lo sentía igual y se me quedaba el dolor moral, los míos, los de mi pueblo maltrataban a mi único amigo y su madre que no podía hacer nada por su hijo me resguardó siempre de esas tropelías. ¿Crees que eso no es dolor? No te deseo que lo pruebes ni una sola vez. Tú eres mi amigo y te has apareado con otro amigo mío, ¿qué te ha dicho tu amo, o tu jefe… en contra de tu situación? ¿Te he impedido, acaso, que ames a tu compañero?, ¿os he prohibido que durmáis en la misma cama? A mí, sí, y me han castigado por ello y me enfrenté a mi padre y estuve al borde de la muerte a espada en manos de mi propio padre, los hados le fueron adversos, porque le provocaron un ataque a su corazón y se lo llevaron. Nunca pude derrotar a mi padre, e imponer por la razón el orden. Será por eso que los dioses han puesto en mi corazón el deseo de liberar a todos los esclavos del Imperio. No me va a ser posible realizarlo, pero es el deseo que quiero encender en vuestro ánimo, porque ningún hombre debe estar sometido a otro hombre, ningún hombre es superior a otro hombre ni por derechos de autoridad ni por derechos de conquista, ni por empobrecimiento, ni por deudas.

El silencio se impuso desde que vieron mis ojos empapados en lágrimas y cerré mis ojos para ver en mi mente al pequeño Crispulus desnudo sobre el regazo de Nuceria y yo sentado a su lado le sujetaba el pomo donde estaba el ungüento para curar a mi amigo y hermano. Acabada la curación, su madre lo besaba y luego me besaba a mí mientras yo le secaba sus lágrimas con mis dedos y besaba sus ojos aprovechando para sorber sus últimas lágrimas. Nunca se me han borrado de la mente estas imágenes que permanecen vivas en mí. Son muchos los que no entienden mi amor hacia Numerius, me echan en cara que parece que el esclavo manda más que el amo. Son palabras que no puedo escuchar y las hago retirar y disculparse. Quien no lo hace no forma parte de mi círculo.

Estos pensamientos duraron hasta que llegamos al cellarium. Fabius, que había viajado junto al auriga, abrió la puerta y entramos  sin salir del carro. Dentro del cellarium, a la orden de Fabius, el auriga llevó los caballos a un patio interior donde había abundante comida y agua para ellos, los dos custodios y Fabio pusieron orden a la carreta para moverla cuando llegara la carga. Lo que me importa es dar un poco de descanso a los custodios que habían viajado de pie todo el tiempo. Pasamos todos a la casa y Silvias preparó refresco para todos extraído de unas frutas orientales que le preparó Hatria, su madre, junto con otras viandas para todos.

No había llegado nuestro barco. Desde la azotea de la casa puede verse el puerto y justo al frente estaban nuestros norays pintados de negro brillante. Alguien había allí que no se movía. Al cabo de una hora me asomé y aquel sujeto seguía allí. Llamé a Silvias para que se acercara al puerto y se paseara por allí para intentar saber quién era y qué hacía.

Yo miraba desde la terraza y Silvias se paseaba de un noray al otro y cada vez tenía que forzar al sujeto para que se apartara. Conversaron un largo rato, parecía que iba a ocurrir violencia y el sujeto se fue. Aún permaneció Silvias allí sentado y vigilante, de vez en cuando se levantaba, paseaba y se fue de allí. El sol había traspasado el umbral de su cenit y calentaba mucho, me retiré a la casa, bebí agua con vino, esperé un rato, no llegaba Silvias y me puse nervioso y preocupado. Subí de nuevo y vi a Silvias en la misma actitud. Llamé a los muchachos y nos fuimos los tres al puerto, me preocupaba Silvias solo. Al rato volví la mirada y nos seguían los custodios. Nos juntamos con Silvias y me comunicó que el tal sujeto buscaba nuestra nave para saber cuándo saldría a Egipto. No me reconoció, pero yo sí le recuerdo, y no se lo dije a él.

— No debe saber que las naves a Egipto las tenemos más al norte. Hasta el pasado año teníamos una nave, ahora tenemos seis, aquí atraca la primera, las otras cinco las tenemos a resguardo más al norte.

— ¿Tantas naves tenemos?, —dice Silvias

— Estos son los frutos de los buenos negocios de Numerius, —contesté.

— Tú quieres mucho a Numerius, ¿verdad o me equivoco?

— Sabes que sí.

— ¿Más que a todos nosotros?

— Más que a mí propia vida, Silvias, le quiero más que a mí mismo; si Numerius estuviera en un peligro cierto y pudiera salvarlo a costa de mi vida, lo haría sin dudarlo. Os quiero a todos vosotros gracias a Numerius y a su madre. Ellos me mostraron antes su querer y su amor, ¡cuántas veces se ha expuesto Nuceria a la muerte, para que mi padre no me pegara o matara, porque a mi padre le daba lo mismo, los demás no valíamos nada si no servíamos a sus intereses particulares.

— Sufriste mucho cuando eras pequeño…

— Numerius sufrió más, porque cuando mi padre estaba borracho le gustaba pegar a los niños, mi padre no se daba cuenta de quién era quien cuando se emborrachaba, solo sabía que tenía que pegar a 18 niños entre los que se encontraban mi hermana y yo. Numerius pasaba dos veces una por él y otra por mí. Se llevaba dos palizas. Por todo eso y más me enfrenté a mi padre; aquel día lo hubiera matado y decidí actuar.

— Fue el día que murió tu padre, ¿verdad? La gente dice que ese día fuiste muy valiente e hiciste temblar a tu padre.

— Mejor sería que dejáramos esta conversación. Mira, mientras hablábamos una nave entró a puerto y ahora viene directamente a este emplazamiento.

— ¿La conoces?

— Sí, más aún el sonido de sus remeros, ya han entonado su canción. Los huelo, Silvias, huelo a mi gente. Ve a llamar a todos.

En el puente estaba Delvyn, lo reconocí por el movimiento de sus brazos, viene con barba y no podía saber que era él. Presencio que hay un muchacho en el puente junto a él. Delvyn mueve los brazos, son casi tres meses sin verlo. Delvyn suele tardar mucho tiempo en llegar porque tiene una red de compradores y proveedores, de modo que sirve a la mitad de la Galia y tiene su centro en Massilia (2) donde ha comprado una casa en cuyo jardín ha hecho construir un gran cellarium donde tiene en depósito lo que le solicitan de toda la Galia. Lo decente de ese hombre es insuperable. Con lo joven que es, parece el mago de las ganancias, sabe hacer dinero. Apenas llegar, saltó del barco a tierra, me saludó brevemente y se fue a pagar las costas de su carga. Nunca le han controlado el barco. Cuando regresó, saludó a todos y dispuso la descarga de inmediato. No daba tiempo a que ningún chupatintas pasara por allí para hacerle la vida imposible. Acabada la tarea, todo el mundo iba a comer. Tras la cena temprana repartió a cada uno su paga con una pequeña propina para tenerlos siempre que los haya de necesitar. Su guardia quedó al cuidado del buque, él se vino con nosotros y fue entonces cuando me presentó al muchacho.

Otacilius Saverius Tenardus Sardinianus es un muchacho de 14 años y siete meses. Su padre Aurelianus Severius Tenardus Massiliensis y su madre Livianea son amigos míos y me hicieron muchos favores en mi trabajo en Sardinia. Tienen cuatro hijos:  Paulus, Secundus, Otacilius y Protineus. El problema de Otacilius es que se ha convertido en molle, es decir, vago, parece inútil para todo, pero a la vez se esfuerza y todo le sale mal. Los dos hermanos mayores triunfan, él desea emularles pero no puede. De este asunto hablaron Severius y Livianea con Delvyn y este les ofreció hacer algo por el muchacho durante un año para ver si le funciona mejor en la Villa que es un lugar donde todos se estimulan unos a otros. Lo que haga Delvyn es para ayudar a nuestros amigos y me gusta su actitud.

Habíamos cenado, Delvyn quiso despachar conmigo y aclararme lo de Otacilius:

— Otacilius lleva dos meses conmigo. Al partir de Ostia a Marsella y antes de pasar por Barcino, fui a Sardinia para saludar a Severius y Livianea en Turris Lybisonis (3). Les traía un obsequio para agradecerles las muchas cosas que hicieron por nosotros. Entonces me hablaron de Otacilius y de lo mal que llevaba todo. Es nervioso, quiere saber todo, pregunta todo y sus padres ya no podían con él. Decidí hacer una como las de César en las Galia. Convertirlo en ayudante mío y enseñarle algo en la vida. Las dos primeras semanas me hizo sufrir porque no despertaba en la mañana, tenía que esperarle, y cosas propias de un chico adolescente malcriado y envidioso.

— ¿Pudiste aguantar todo eso?

— Tuve un buen maestro.

Me avergoncé por estas palabras, porque Delvyn nunca fue vago, éramos los dos novatos en aquel trabajo y lo compaginamos bien.

— ¿Ahora está bien?

— Ya lo verás, está maravilloso y maravillado.

— ¿Cómo lo conseguiste?

— Como mi maestro me enseñó, con paciencia y alicientes. Y…, ¿quién es ese que parece egipcio?, ¿de donde lo has sacado?

— De Alejandría.

— ¿Lo has comprado?

— No, no es esclavo, su padre me lo regaló para no tener que aguantarlo.

— ¿Su padre?, ¿quién será ese sujeto que regala a sus hijos?

— Lo conoces…, es Imhotep.

— ¿Ese? Ese Imhotep es un animal, negocios los hace y nos compensa, pero como persona…, si ese chico es como él… prepárate.

— A todo eso, supongo que verás de inmediato a Aliteria…

— No, no hay prisa…

— Delvyn, los hijos son el futuro, ¿quieres que todos tus esfuerzos mueran contigo?, tendrás mayor satisfacción cuando tengas hijos.

— Mira quien lo dice, tú no tienes hijos, ni creo que vayas a tenerlos…

— Esta es la primera noticia que quería darte, esperamos un hijo mío, en medio año soy padre.

— ¿De quién?

— De Fulvia.

— ¿Hu, hum… De… Ful… via…? ¿Aceptó?

— Sí, y está feliz. Yo también estoy muy feliz; antes está el bien de todos que mi gusto. Numerius piensa lo mismo. No vamos a deshacer lo nuestro, es muy fuerte, pero Fulvia y Tamar, aceptan educar nuestros hijos.

— Ten paz, Aulus, buscaré a Aliteria en cuanto llegue a la Villa y te aseguro que no te defraudaré.

— ¿Qué harás con el chico? Debe pensar que eres su amante.

— Escucha, Aulus, yo he sido tu amante, pero siempre supe que no podía competir con Numerius. A Otacilius  le dije lo mismo, que entendiera que tengo mi esposa y mi hombre amante. Lo que hicimos él y yo era un juego y una distracción.

— Ah, tienes tu querido…, ¿es conocido? Bueno, eso es un asunto tuyo personal.

— Lo vas a ver. Trabaja en el barco. Es…, lo conoces…, es Mauritius…, es donde más seguro está hasta que consigamos que se olviden de él.

— Mauritius fue a Egipto…

— Sí y hasta allí llegó la búsqueda y tuve que meterlo entre los remeros.

— ¿En la Villa no estaría seguro?

— No lo sé, pero ha aprendido tanto que se ha convertido en imprescindible para la navegación.

— Me gusta que tengas compañía de confianza, pero ahora no lo despidas a cualquier sitio, que venga a la Villa.

— ¿Estará seguro?

— Le cambiamos el nombre, lo has contratado en la Galia y le vas a enseñar latín.

— Él habla latín…

— Aún no lo ha aprendido y su lenguaje es bárbaro, solo tú lo entiendes, y en cuatro semanas dará un fuerte avance en el aprendizaje para no alargar el sufrimiento.

— Te entiendo, te entiendo, Aulus, siempre tienes una salida para todo.

— A Otacilius es al primero al que le vas a decir su nuevo nombre. Ahora ve al barco y escogéis el nuevo nombre para escribir un documento. ¡Ah! ¿Lleva barba?

— Sí, pero…

— Que no se la rasure..

— Sí, sí, entiendo

— Mira esos dos que pasan por ahí hablando tan animadamente…

— Uno es Otacilius.

— El otro es Khnemu, el egipcio. Te aseguro que algo sale de esa conversación.

Se apartaron lejos, pero no me vieron cuando hablaba con Delvyn. Delvyn se fue al barco para conversar con Mauritius. Yo estuve mirando a la pareja hasta que oscureció del todo, pero antes de retirarme pude ver su apasionado beso. Ya estaba seguro de que se irían arreglando. Lo que después pudiera ocurrir no era de mi incumbencia. Me metí en el comedor a tomar unos vinos con quien estuviera. Estaba solos conversando Veiovis y Silvias. Los invité a un vino Falerno. Les agradó y sabían tomarlo degustándolo y paseándolo por la boca antes de hacerlo entrar. Está fuerte y bueno.

Delvyn es precavido y salieron del barco después de cenar. Llegaron cuando estábamos tomando el falerno. Nos saludamos con un fuerte abrazo y Veiovis sirvió en otras copa de metal. Ya no hacía falta presentarse más. Entraron Otacilius y Khnemu. Otacilius al ver a Mauricio se extrañó mucho que hubiera salido del barco ya que nunca quiso salir con nadie.

— Salve, Otacilius, gusto de verte por aquí, entre mis amigos.

— Me alegro de verte, Mm…

— Everardo.

— ¿Everardo? Yo había escuchado…

— Mauritano, seguro, porque mi padre es africano. Es mi mote, pero a mis amigos les gusta mi nombre galo.

— Me gusta Everardo.

Así de simple se improvisaba la conversación. La intención de Delvyn era decirle la verdad pocos días más tarde.

— Yo estoy muy cansado y debo dormir. Temprano tengo cosas que hacer, —dije.

— Everardo y yo regresamos al barco, tenemos muchas cosas que hacer antes de que amanezca, —dijo Delvyn.

— Khnemu y yo podemos ir con vosotros y os ayudaremos temprano. Khnemu puede quedarse en mi camarote —dijo Otacilius.

— Entonces nosotros custodiamos el sueño de Aulus, —dijo Veiovis.

Se fueron todos y se quedaron mirándome.

— ¿Cómo es que Mauritius ahora se llama Everardo?, —preguntó Veiovis.

— Porque es la pareja de tu hermano. A ti te cambiamos el nombre, a tu hermano le cambiamos el nombre y ahora le ha tocado a Mauritius llamarse Everardo. Para nosotros el nombre sirve para llamarnos, todos somos hermanos, el nombre es secundario, para la policía romana el nombre sirve para investigar y buscar el mal que uno puede haber hecho, pero también para controlar, quitar la libertad, encarcelar, hacerse con sus propiedades y un sin fin de tropelías que no debemos consentir. Unos han de cambiarse el nombre porque ya han pagado por su delito y les siguen acosando, otros por romanizarlo, otros para esquivar amenazas ciertas y cada uno tiene su razón para ello.

— Pero Roma es donde más seguridad hay, en otras partes es diferente, —decía Veiovis.

— Puede que tengamos las leyes más seguras, pero esas leyes no impiden la ambición, el deseo de poder y riquezas. Numerius y Delvin siempre están fuera de la Villa corriendo peligros contra sus vidas y contra sus mercancías, siempre vigilantes. A partir de ahora tendréis que acompañarlos hasta dominar la tarea, porque ellos deberán estar en los negocios desde aquí y poder cuidar a sus hijos. Habéis viajado conmigo y lo haréis con ellos, merecéis mi confianza y habéis aprendido a no discutir los precios pero también a no aceptarlos sin más y pacíficamente.

— ¿Te resulta fácil ese doble juego en proveedores y clientes?, —preguntaba Silvias.

— Tuve que aprender, aprendí a no dejarme engañar, las primeras veces me costó, pero Delvin aprendió conmigo y me ha superado, Numerius solo recibió mi experiencia por lo que le contaba, pero es muy avispado y triunfa. Sé que vosotros haréis lo mismo y lo mejoraréis. Tenéis que pasar de los negocios a la amistad, porque eso derrumba todas las dificultades.

— ¿Podemos dormir contigo?, —preguntó Silvias.

— No hay otra manera, solo hay un salón para dormir.

— Pero queremos jugar contigo un tiempo para hacerte la noche agradable, —dijo Veiovis.

— Vamos a ello.

Nos desnudamos, comenzaron los chicos a repartirse mi cuerpo a besos hasta que me calentaron. Mi polla se puso muy erecta y Silvias fue el primero en sentarse sobre ella y se la tragó de una vez en su culo y abría la boca pidiéndole polla a Veiovis. Hizo mis delicias subiendo y bajando su culo, follándose a sí mismo con mi polla y grité:

— ¡Me voy, me voy, me corro, —Silvias se sentó del todo con las piernas bien estiradas y yo me vine en sus profundidades. Veiovis se corrió en su boca y tragó todo, sin poder ver yo algo que se le escapara. Así seguimos hasta que los tres nos follamos. El sueño nos venció y fue Delvyn quien nos despertó. Había venido con las cargas y pedía ayuda para descargar.

Después de descargar se fue para hacer dos viajes más. Mientras tanto desayunamos nosotros tres. No tardó en llegar.

— No hay otro viaje —me decía explicando—, están cargando directamente los clientes, para cuando tengan que venir los cobradores de impuestos, no quedará carga en la nave. Me voy a la oficina y pagaré lo que me parece oportuno. Si pasan por aquí, cosa que dudo, me tomarán por tonto. Hoy llevaremos a la Villa setecientos mil sextercios de los productos vendidos aquí. Pero lo obtenido en Barcino y Massilia supera los ocho millones netos. Solo se acercó a casa el cliente que se llevaba la mercancía. Eso nos facilitó poder partir de Ostia después de comer. El barco quedaba alquilado para trabajos de otros en la costa de la Península. Ni Delvin ni Everardo se rasuraron sus barbas. Ambos se fueron a vivir con Aliteria en una zona más amplia que prepararon.

Visité a Tamar que se encontraba delicada. Pensaba yo que era de nostalgia por no ver a Numerius, pero se encontraba en los últimos días de su embarazo y no se encontraba bien. La animé y me dijo:

— Numerius me ha prometido que llega para el parto. Si no fuera así, quisiera que estuvieras conmigo.

— Descuida, voy a saludar a Fulvia y vendremos los dos aquí permanentemente hasta que llegue Numerius. Si te lo ha prometido estará, —le dije y salí corriendo para ver a Fulvia.

Le conté la situación de Tamar y me dijo:

— Voy de inmediato, no tardes en venir, pero pasa a saludar a madre que está enferma desde anoche. Lo hice así. Por lo que me contó el galeno, en unos meses acabaría su vida.

— No acepto lo que me dices, sánala.

— Haré lo que se pueda.

Esa noche cenamos Tamar, Fulvia y yo con mi madre. Yo ayudaba a mi madre y Fulvia a Tamar. Dentro de la pena que sentía por las dificultades de las dos mujeres, estaba feliz de ver la armonía establecida en mi casa.

— Nunca pensé que llegaría un día en el que mis hijos me darían de comer.

Allí se me ocurrió decirle a Fulvia mientras las dos mujeres dormían:

— Necesitamos una zona para colocar a los enfermos y que no estén solos ni de noche ni de día. Si te parece bien piénsalo y ponlo en acción, no quiero que nadie proteste molesto cuando alguien grite al tener dolor.

Mi preocupación era Numerius que se encontraba en las regiones del Norte, donde tenía unos asuntos importantes que resolver en la región de Liguria y otros menores en las regiones de Æmília, Venetia e Histria y Transpadana. Eso no debía llevarle mucho tiempo.

Pasamos dos días desesperados porque Numerius no regresaba aún y Tamar se pasaba de días, pero no hacía agua y sus dolores eran muy agudos. Toda la Villa estaba alterada por la preocupación y yo no aguantaba más, pensaba que se moría Tamar y con ella su hijo. Por fin apareció Numerius. Cuando abrazaba a Tamar, ella misma se relajó, hizo agua y vinieron las parteras a encargarse de todo. Nació el hijo de Numerius. Nació perfectamente bien y Tamar estaba bien, contenta, pero muy delicada. En la cena de esa noche, Numerius nos invitó a vino de Burdeos que le regaló Delvyn y presentó a su hijo con estas palabras:

— Os anuncio a vosotros que acaba de nacer mi hijo Nucerius Flavus Crispus Hierosolimitanus.

Al punto declaré libre desde su nacimiento a Nucerius. Nuceria que no sabía nada de las intenciones de Numerius al respecto del nombre, se puso muy feliz de que su nieto llevara el suyo. Me decía:

— Cuando recibí el niño para ayudarlo a nacer, me sentía dichosa, cuando sujetaba su cordón para que lo cortaran, me sentía feliz y con un alegre temor, ahora con esto que he oído, ya puedo irme de este mundo en paz.

Vino Numerius y dijo:

— No me quites a mi madre; desde pequeño que me la vas robando, te comiste la leche de sus pechos, has llorado con ella y los dos juntos llorasteis por mí y ahora la tienes por madre, ¿no me dejarás un poquito de madre a mí para que yo la haga feliz?

Me levanté, nos abrazamos y le ofrecí mi asiento. Me puse detrás con mis brazos extendidos hacia ellos y mis manos en sus hombros, Nuceria le preguntó:

— ¿Cómo se te ocurrió ponerle mi nombre?

— La culpa es de Aulus. Cuando estuvo enfermo que pensábamos que se moría, estaba yo a su lado, deliraba y me dijo: «Nucerius, tengo sed». Cuando le pregunté qué quería, me dijo: «Nucerius, dame agua, tengo mucha sed». Le di de beber dos veces, se durmió y al día siguiente estaba sano. Al despertar me dijo: «Crispulus, ¿qué ha pasado?». No pude contestarle, porque yo pensaba en lo que me emocionó cuando me llamaba con el nombre de mi madre, entonces descubrí con total certeza que el amor que nos tenía era de total sinceridad, supe que tenía un hermano y un amigo y lo amé tan intensamente que no quiero que ese dato se difumine entre las demás cosas. Mi hijo me recordará aquel momento hasta mi muerte, por eso, madre, amo tanto a Aulus.

Nuceria se puso a llorar y dije:

— ¿Lo ves, madre?, este hijo tuyo nos hace llorar.

Nuceria me tomó de la cintura, me hizo agacharme y nos besamos los tres. Todos nos miraron un tanto extrañados hasta que uno comenzó a aplaudir y aplaudieron todos.

—————————————————————

Notas:

(1) Aurigas famosos (Cf. Marcial, Epigramas XI, 1).

(2) Marsella, ciudad al sur de la Galia (Francia) con puerto de mar al Mediterráneo norte.

(3) Turris Lybisonis, ciudad y puerto más importante de Sardinia, al norte de la isla.

Caput XVIII: De diversis inter iuvenes Amorem qærentes

Addixti servum nummis here mille ducentis,

       Ut bene cenares, Calliodore, semel.

Nec bene cenasti: mullus tibi quattuor emptus

       Librarum cenae pompa caputque fuit.

Exclamare libet: «Non est hic, inprobe, non est

       Piscis: homo est; hominem, Calliodore, comes».

Ayer vendiste un esclavo por mil doscientos sestercios para cenar bien una sola vez, Caliodoro. No cenaste bien. Un salmonete de cuatro libras que te compraste fue la pompa y el plato fuerte de tu cena.  Dan ganas de gritar: “¡Esto no es un pez, tragón, no lo es! Es un hombre! ¡Te estás comiendo un hombre, Caliodoro!”.

(Marcial, Epigramas, L. X, 31)

VEIOVIS Y SILVIAS dieron oportunidad esa primera semana a Khnemu en su vida común. Es cierto que la vida de ambos no era tan íntima como es lo habitual, porque les daba lo mismo quien estuviera delante, nada les impedía besarse, tocarse. La primera vez que se pusieron en actitud para iniciar un acto sexual entre ellos delante de los demás en el patio exterior se encontraba Numerius allí y se acercó discretamente donde estaban ellos para mandarlos al campo o a su dormitorio. No se encontraba allí Aulus y tuvo que actuar Numerius. Luego los llamó y les explicó por qué no debían hacer delante de los demás sus relaciones íntimas. Como quiera que fuese, todo el mundo los había visto por cualquier parte follando entre sí. El día que Aulus, después de escuchar quejas de algunos, los convocó para explicarles, la respuesta de Veiovis fue rotunda.

— No entiendo por qué no esté bien para nosotros, pero para ti sí, porque tú te follaste a tu propia madre delante de todos.

— Y no sabéis cuánto me pesa haberlo hecho, al querer dar una lección di un mal ejemplo. Hoy no lo haría. Mi madre y yo nos hemos perdonado, pero por culpa de esa mala acción mía no nos tenemos confianza entre nosotros. Hacemos como si lo hubiéramos olvidado, pero está ahí. No tengáis que arrepentiros vosotros cuando los demás tomen un concepto equivocado de vosotros, porque corregir esos comentarios es muy difícil y si son pensamientos es imposible. Haced lo que queráis entre vosotros pero en vuestro dormitorio. Delante de los demás, nunca; y si no queréis que os tomen por bestias animales tampoco en el campo, a no ser en Saturnales o en algún momento que tengáis la certeza, por estar lejos, de que estáis solos. La expresión sexual de vuestro amor es cosa vuestra, a nosotros nos basta veros juntos, alegres y que manifestáis vuestro amor con ayuda mutua, caricias y el ciertos momentos besos como en las despedidas, abrazos en encuentros después de una ausencia de varios días o porque recibís un premio, cuando algo os ha salido bien. Si cuando nos juntamos, todos hiciéramos lo mismo esta casa parecería una casa de putos y putas. Los que amamos a hombres debemos comportarnos como los que aman a mujer, que no somos tan diferentes como a veces nos creemos.

Aceptaron de buen grado la amonestación. Pero había que poner en las circunstancias actuales un poco más de atención a Khnemu, para que no surgieran los celos en una pareja joven que nos revolviera la colmena. Y tomé el propósito de llevarme a Khnemu a los baños. Lo hablé con Numerius y me sugirió que comenzara cuando él saliera de viaje a Roma y a Mediolanum (103). Y esperé quince días, en los que me iba a los baños de Nemi (104) acompañado de Numerius, como era nuestra costumbre.

Durante esos quince días procuré que Khnemu estuviera muy ocupado haciendo ejercicios gimnásticos bajo la dirección de Tulius Europus Lentianus, el cual lo aficionó de modo que continuamente estaba ejercitándose. Eso le dejaba tan extenuado que me pidió dormir aparte en una habitación. Dispuse momentáneamente que lo hiciera en mis estancias, en la habitación que había dejado Nuceria al ponerse a vivir en las estancias destinadas para los padres de Tamar, que es lo que dispuso Numerius.

Había que dar espacio para que los siervos vivieran con más amplitud y mandé construir mi vivienda en una torre al lado de la casa de Numerius. La torre sería circular. A la altura del segundo piso mandé diseñar un pasadizo desde la casa de Numerius a la torre. Sería la primera torre de una muralla tal como la había dibujado en su conjunto y ya lo tenía el maestro de la obra.

Dos días a la semana participaba en los juegos de entrenamiento a espada. Entre los muchachos y todos los custodios la emprendían conmigo en plan de juego. Cuando uno entrena desde pequeño, como fue mi caso, asume un estilo. Aunque Tulius era imbatible por su experiencia Bélica en la Legión, siempre decía que yo era costoso de batir, no obstante tener un estilo con mucha floristería, que no era tan útil en campaña pero grato en las demostraciones. En grecorromana no me podía batir, pero yo quedaba hecho cisco. Con la espada yo mismo temía a Tulio, porque nunca sabía si había perdido la noción de entrenamiento, parecía estar en el campo de batalla frente al enemigo. En cierta ocasión me derribó y se abalanzó con la espada por delante contra mi cuello. Me revolqué por el suelo rodando y la espada dio tan fuerte en el piso de piedra que la rompió. Si no hubiera rodado por el piso ya no estaría escribiendo esto. Estuvo dos días sin aparecer y tuve que ir a buscarlo, lo encontré «deiectus vitam suam detestans»(105). Tuve que animarlo mucho para que considerara el accidente como una ocasión para olvidar los horrores de la guerra. Cuando notó que no le guardaba ningún rencor, le invité a bañarse en la cascada. Veiovis estaba en la puerta de la estancia preocupado por mí. Le dije que entre todos los luchadores subieran algo de comida para todos y un buen vino. Fuimos hablando para animarle y llegando allí nos echamos al aguas. Estaba con desgana de nadar, pero se refrescaba con el agua. Cuando ya estábamos vistiéndonos, venían todos cuesta arriba con las viandas. Todos lo saludaron y lo elogiaban por lo bien que les preparaba. Verlos a todos a su alrededor descubrió que era muy estimado sin tenerle en cuenta sus exigencias. La verdad es que era bueno enseñando, un maestro en todas las artes marciales griegas y romanas. El talante de Tulio cambió desde ese día. Entendió que lo estimábamos más por ser un maestro más que por ser un soldado. No hubo nunca más ningún accidente y me alegro que le ocurriera conmigo para que a nadie le quedara ningún rencor. Tampoco quedó ningún temor. En el espacio de tres meses le pregunté en dos ocasiones cómo estaba. Me contestó:

— Algunas veces en los entrenamientos me convertía en un legionario, pensaba como quien está en el frente ante el enemigo; con vuestra paciencia y confianza ahora en mi pensamiento tengo presente que delante están unos amigos a los que enseño cómo defenderse y cómo atacar al enemigo.

La segunda vez, me decía más o menos lo mismo y añadió:

— Mi esposa está en cinta, ¡lo he conseguido, Aulus, lo he conseguido!

— Has vencido, Tulio, has vencido al enemigo que había en ti. Mi regalo para cuando nazca tu hijo es una parcela de terreno donde podrás construirte una casa y tener un campo para sembrar lo que desees. Si quieres construir tu casa ahora, no esperes a tener dinero. Haces una parte cómoda para poder vivir que yo te regalo eso; y si lo deseas más adelante amplías.

— Me pones las cosas fáciles, Aulus, ¿qué piensa Numerius eso de darme tierra y casa?

— No sé qué piensa, pero él es quien me lo ha sugerido; no queremos que te vayas. Te queremos entre nosotros, por eso te concedimos la niña más bonita y delicada de cuantas hay en la Villa, además de ser muy laboriosa.

Pasaron las dos semanas y fui a despedirme de Numerius que viajaba a Roma y Mediolanum. Tomamos una copa de vino e hice llamar a Khnemu para que se despidiera de Numerius. Este le dijo:

— Te encomiendo lo mejor que tengo, es mi amigo, mi hermano y mi amante. Acompáñalo a donde quiera que vaya, no le dejes nunca solo ni de día ni de noche. Si te pide una cosa, dásela; si te pide que duermas con él, hazlo; sé su compañía, su alegría y su ayudante. Cuando regrese yo, si lo veo contento, te lo recompensaré.

— Sí, haré lo mejor que pueda todo eso.

— No harás lo mejor que puedas, has de poder hacer lo mejor.

— Sí puedo hacer lo mejor para él.

— Ahora corre y saca su carro, está preparado.

— Pero yo…, sí, voy enseguida.

Se fue corriendo, era la primera vez que iba a sacar de las cuadras el carro con dos caballos.

— Me parece que lo has asustado.

— Está dentro Silvias para ayudarle a sacarlo, se hará el despistado hasta que le pida cómo hacer, pero tú no lo sabes ni te vas a enterar para que él vaya teniendo confianza.

Salió con el carro como si lo hubiera hecho siempre. Consiguió frenar a los caballos y mantenía perfectamente las riendas. Subió Numerius a su carro con su ayudante y me dijo:

— ¡Que tengas suerte! Acuérdate que mañana debe llegar Delvyn, ya lleva mucho retraso.

— ¡Cuídate!, —le dije al tiempo que dando un salto me puse junto a él y nos dimos un fuerte abrazo y unos besos.

— No te olvides de visitar a Tamar, —me susurró al oído.

— No me olvidaré, que ya está muy grávida, —le dije.

Yo pensaba que ya nos hacíamos mayores y teníamos mucha responsabilidad sobre una extensa familia.

— ¿Podrás sacar el carro hasta el camino ancho?, —pregunté a Khnemu.

— No, que podría accidentarte, conduce tú y yo me voy fijando.

— Pon tu espada junto a tu pierna derecha.

— ¿Nos van a asaltar?, —preguntó.

— No; en este camino no, pero cuando hagas uno mas largo, podría ser que sí, no siempre los caminos son seguros. Ti espada junto a tu pierna, ata ahí la vaina.

Salimos de la Villa y entramos en el camino ancho.

— ¿Dónde vamos?

— Nuestro programa de hoy es ir a los baños, allí nos bañamos alternando con agua caliente y fría, luego nos darán un masaje completo a cada uno, tras recibir un perfume de flor de loto egipcio iremos a comer, compraremos unas cosas para llevar a casa y regresamos. ¿Te gusta?

— Eso pinta bien.

— ¿Qué pinta bien?

— Todo, pero me ha gustado eso de perfumarnos con flor de loto.

— Hoy con flor de loto en honor a ti, en otras ocasiones será con rosas u otras flores.

— ¿Es que vendremos en más ocasiones?

— Dos veces por semana. Mañana no vendremos pero al día siguiente o al otro vendremos con Delvyn.

— ¿Quien es Delvyn?

— Debes conocerlo…, ha ido varias veces a Alejandría.

— ¡Ah! Mi padre no me dejaba mostrarme a los romanos. Ahora contigo ha sido excepcional, porque le interesaba enviarme contigo, ya no sabe qué hacer conmigo.

— ¿Tan mal te portas?como no va a saber qué hacer contigo…, eres gracioso. Pues aquí te estás portando muy bien.

— Es que aquí hay libertad.

— Ja, ja, ja…, esto sí que está bueno…, ¿no tenías libertad en Alejandría?

— No; no podía tener amigos, tenía muchas madres, una para cada cosa, me enamoré de un esclavo y mi padre lo mandó matar. No, no tenía Libertad.

— Pero tu padre tiene un amante…

— ¿Uno? Mi padre tiene más de veinte amantes varones y todas esas mujeres que tú has visto, pero me dice que yo no debo ser un effeminatus y me hace la vida imposible.

— Tampoco a mí me va a parecer bien que seas muy effeminatus, ni delicatus. Pero sí te gustan más los hombres que las mujeres…, vita tua tua vita (106). Mira, atiende esto para que no te hagas un lío. Mi amor, mi único amor es Numerius. Quiero a mi hermana y ahora la necesito, porque la Familia necesita que yo tenga heredero, mi hermana me da los hijos, me los cría y me los educa en el cariño que yo nunca tuve., me gustan los hombres y me atraen todos si son limpios. Me gusta el placer, pero tengo un deber con mi familia y no puedo malgastar el dinero en amantes, lujuria y placer. El dinero no es mío, todos trabajan para que yo gane dinero, luego ya no es todo ni solo mío, es de todos. Yo tengo mi parte y de esa puedo hacer lo que quiera con moderación para no crear deudas. Eso se llama responsabilidad.

— Todo eso que me dices, Aulus, lo entiendo y me parece supremo, pero yo soy hijo, y mi padre me trataba como a sus esclavos, todo impuesto, sin explicarme para que lo entienda y lo haga con ganas. Mi padre es impositivo y si se equivoca no reconoce su error.

— Escucha, Khnemu, tu padre es amigo mío por nuestros negocios, yo no debo censurar a tu padre, un día lo perderás y entonces lo necesitarás. Yo puedo darte la posibilidad de que recibas una educación casi castrense para que puedas defenderte o al menos descubrir las jugadas de tus enemigos; puedo hacer que te enseñen la filosofía de los mejores maestros griegos; puedo hacer que tengas la libertad de que vivas tu vida, e incluso puedes ejercitarte discutiendo mis opiniones, excepto cuando se trate de una orden para todos. Las órdenes que yo doy son pensadas y discutidas entre mis consejeros y a veces preguntamos a los interesados, por eso no se discuten. En lo demás puedes decir cosas ilógicas y sin sentido, pero solo tú a tí mismo te desacreditarás ante los demás. Piensa siempre antes de hablar en público.

— ¿Ves? Esto es lo que me gusta a mí, saber para acertar y no ser ignorante.

— Vas por buen camino. Ya estamos cerca y hay un tramo recto, quiero que cojas las riendas. Yo estaré de pie detrás de ti para corregir si es necesario.

Llegamos sin contratiempos y para frenar los caballos le tomé sus manos sin quitarlas de las riendas y luego le enseñé a desuncirlos de la carreta y dejarlos libres en un campo para ellos. Por un módico precio comen, beben y se relajan. Vio que yo besaba y acariciaba los caballos y quiso hacer lo mismo, pero los caballos no se dejaron besar.

— ¿También son tus amantes?, —preguntó Khnemu.

— En cierto modo sí, me aman y los amo, los respeto y me tratan bien.

Luego entramos a los baños, me saludé con el dueño. Fuimos a desnudarnos y dejamos la ropa de los dos en un solo sitio. Nos metimos en una de las pozas mientras hablábamos. Khnemu estaba muy excitado y le dije que se metiera de inmediato en el agua fría. Lo hizo, me sonrió y al rato le dije que pasemos al agua caliente. Llegó un sirviente para lavarnos y fuimos los dos a una poza menor y allí nos dejamos lavar con las espátulas. No teníamos tanta suciedad porque nos remojamos de vez en cuando en la cascada, pero ellos lo quitan mejor. A continuación llegó el turno del afeite y pedí que lo quitara todo, excepto la cabeza que lo quería muy corto. Khnemu me preguntó:

— ¿Puedo dejar que me afeite la cabeza?

— Como gustes.

— ¿Puedo también…?, —señalaba con el índice sus genitales— es que me produce calor…, y quiero quedar totaliter vulsus (107).

— Mientras no te hagas ningún daño, que nos afectaría mucho, tu cuerpo es tuyo y lo arreglas como mejor te parezca.

— Domine, los vulneraría (108) preguntan si van a pasar por allí, —dijo un siervo  de los baños.

— Diles que yo ya he acabado y voy enseguida y que avisen a los unguentarii (109).

No tardé en ir al piso superior y me tumbé en la mesa boca abajo. El masajista comenzó por mi espalda. Me encontró tenso y trabajó en los músculos amasándolos con sus aceites y manos. Pasó luego a mis piernas y de allí a mis nalgas que no se entretuvo mucho. A su señal, me di la vuelta y puso sus manos en mis pectorales, en ese momento llegaba Khnemu.

— Túmbate en esa mesa. Al punto llegó otro masajista y comenzó con Khnemu. Cuando acabó el pecho pasó al abdomen y preguntó:

— Dómine, ¿completo como siempre?

— Sí, completo.

— ¿Al joven también?

— Sí también.

— Eutropios, ¿escuchaste?

— Sí, al chico completo.

— Antes de darle la vuelta lo excitas delicadamente.

Filippo que me atendía es un maestro, siempre me hace la masturbación con su boca y me hace gemir, suspirar, ese día, debió ser por Khnemu, a quien vio por primera vez, se esmeró y yo gemía fuerte, y Khnemu dobló la cabeza de cara a mí. Fue entonces cuando Eutropio le comenzó a sobar el agujero del culo y metía sus dedos. Por los suspiros entendía que lo estaba disfrutando. Por mi parte, me corrí en la boca del maestro masajista y no dejó caer nada sobre mi cuerpo. Se limpió sus más de mi semen y me limpió bien mi polla. Siguió el masaje en el abdomen y excitaba mi polla de modo que al acabar volvió a masturbarme con sus manos y un linteum (110).

Pasé a la perfumería para recibir una incensación de rosas y un ungüento por todo mi cuerpo hecho con for de loto. Llegó Khnemu feliz. Se le notaba por la expresión de su rostro, cabeza en alto, ojos como antorchas luminarias, mostraba sus blancos y relucientes dientes y, al sentarse a mi lado para recibir el incienso de rosas, me miró y antes de hablarme tragó la saliva de su boca.

— ¡Ya está!

— ¿Y?

— Estos superan a los de Alejandría en todo.

— Aquí vienen a pasar el verano lo mejor de Roma y estos vulnerarii son sabios, médicos, magos, no son aficionados.

Y bajando la voz casi inaudible me dice:

— Mira que roja está, aún siento un temblor en todo mi cuerpo y sin tocarla se me está levantando.

— Domine, podemos calmar al joven si desea salir a la ciudad.

— ¿Cómo?

— Han venido a avisar que sus caballos están uncidos y esperando, es la hora sexta; el joven tiene una ereccion con la que no debe salir a la calle, le explotará de un momento a otro.

— ¿Qué dices?

— Que estoy muy excitado…

— Prepara lo que sea necesario, —le dije al unguentarium.

Le dio una hierba para que la masticara, lo reclinó sobre la mesa y se dispuso a darle una mamada que no cesó hasta que el muchacho eyaculó. Se incorporaron los dos y se encontraba bien, sosegado y tranquilo.

— ¿Que había pasado?, —pregunté.

— Algo muy común. El vulnerarius que lo atendía no sabía que se iba y le hizo al joven un masaje que se suele hacer a los jóvenes que se quedan algunas horas por aquí, para que estén todo el tiempo calientes. Disculpe el señor la confusión. Le ha metido por el culo unas bayas excitadoras, pero no hay problema con la hierba que ha masticado anulará el poder de las bayas y con la masturbación ya estará sereno al menos por unas horas hasta que la naturaleza expulse todo.

— Bonita experiencia para ser la primera vez que vienes, ¿no te parece, Khnemu?

— Ha sido una pena que nos tengamos que marchar, esperaba que tú…

— Aquiétate, que la noche es larga.

— ¿Qué pasa esta noche?

— ¿Que te dijo  Numerius antes de despedirnos?

— ¡Ah, sí, ahora entiendo… Tengo que cuidar de ti.

— Nos cuidaremos los dos uno al otro, ya verás qué bien estaremos. En tres días venimos otra vez, ya está anotado, seremos tres.

— ¿Tres?

— Hoy o mañana llega Delvyn de la Galia, ha partido desde Massilia, está visitando unos amigos de Sardinia y espero que no lo retengan más de lo que desea el propio Delvyn, aunque son muy buenos amigos nuestros. Atiende a lo que te digo. A este Delvyn lo quiero como a un hermano, no le tengas envidia para nada. Él no quita lo que debo dar a alguien, solo que en su vida ha apostado por mí con una fidelidad tal que merece lo que yo pueda hacer por él. Nunca me pide nada para sí, siempre está a favor de lo que necesitan los demás y sigue mis ideas y pensamientos como suyos. Yo os estimo a todos, no igual, sino a cada uno como necesita ser amado y los dioses me conserven siempre este ánimo.

— ¿Tú crees en los dioses?

—No, tengo bastante con creer en los hombres, hay demasiados dioses para creer en ellos.

— ¿Por qué, pues, los invocas?

— Los invoco por la fuerza de la costumbre, pero solo pienso en uno, lo que invocamos son fuerzas divinas, pero solo hay un Dios eterno, el hacedor de todas las cosas, el Dios escondido, al que lo hombres somos incapaces de conocer más que por el reflejo de las cosas naturales, solo así vislumbramos una aproximación de lo que es Dios.

— Me dejas sin palabras para contestarte.

— Así estoy yo ente la divinidad, no tengo palabras para decir de Dios algo que valga y sea seguro, nuestras historias de dioses y diosas son incultas, bárbaras, salvajes. Roma acepta todos los dioses de los pueblos conquistados y eso es una pobreza en nuestra cultura, no quiero dioses que se pelean entre sí y no pueden defender a los pueblos que los adoran. El dios de mi pensamiento, el que no puedo expresar con mis palabras, no se pelea. Quien ha hecho cosas tan buenas y extraordinarias como toda la naturaleza ha de ser bueno y extraordinario, no tan vulgar como los nuestros. Yo no soy Dios y he cometido maldades y cometeré más por egoísmo, pero quien nos ha dado este mundo bueno ha de ser bueno. Pero dejemos de hablar de lo que no sabemos que tenemos mucho por hacer antes de regresar a la Villa.

Se acabó la cena y las mujeres estuvieron tomando la serena de la noche que, gracias a la brisa que soplaba no dejaba posarse a los culicex (111). Los más jóvenes se fueron al cerro y algunos a la cascada. Le pregunté a Khnemu, dado que estaba a mi lado con cara seria, si quería irse con los demás.

— Estoy cumpliendo gustosamente con mi deber, diles a Veiovis y Silvias que vayan y disfruten, sé que te han preguntado por mí mediante señas.

— Ve tú y respóndeles.

— Ven conmigo.

Nos acercamos a donde estaban y les dijo:

— Id vosotros y disfrutad del agua, nosotros ya lo hicimos esta mañana, ahora necesito que Aulus me explique algunas cosas que no acabo de entender, pero mañana iré con vosotros.

Se fueron y le dije:

— Lo has hecho muy bien. No les falles mañana.

— Entiendo que si mañana llega el tal Delvyn tendrá mucho que despachar contigo y yo estorbaré.

— No; no estorbarías, porque no tenemos secretos, pero haces bien de no perder amigos. Ahora vamos a descansar tumbados en la cama y ahí hablamos un poco más.

Fuimos al dormitorio, nos despojamos de toda la ropa y nos tumbamos en la cama uno cara al otro. Yo le miraba fijamente a sus ojos y descubrí que quería hablar de algo que llevaba escondido.

— Empieza a hablar.

— ¿De qué quieres que te hable?

— De eso que tanto te cuesta y que necesitas sacar. Yo me callo, escucho y tú me cuentas como quieras, no quiero una novela sino la verdad.

— Hace tiempo que te quería contar esto…

— Sin introducciones, al asunto, te voy a comprender.

Y comenzó a narrar pausadamente.

«— Caminaba yo con Issey mientras regresábamos de la casa de nuestro maestro, como hacíamos casi todas las tardes al finalizar nuestras lecciones. Nos quitábamos la túnica y caminábamos a pecho descubierto y con subligar. Parecíamos unos pobres y unos desordenados, las sandalias y los pies llenos de arena.

»Issey era tímido y de buen comportamiento, ponía atención en las lecciones y su menudo cuerpo sugería una aversión crónica a los juegos. Yo, en cambio, era sociable pero desordenado, me gustaba llamar la atención entre los chicos, ioculari amabam et iocularia eroticis dicteriis fundere (112), Issey era mi campeón gustaba de la lucha, los juegos, incluso deportes peligrosos como nadar en el Nilo donde había corrientes, lo cual se evidenciaba en su trabajado cuerpo, haciéndole muy popular entre las chicas.

Aunque éramos muy distintos, nos hicimos amigos desde la primera vez que nos vimos y hablamos, y desde entonces frecuentábamos nuestras casas y nuestros padres estaban contentos porque nos ayudábamos a estudiar.

— ¿Vas a ir a la fiesta de Diana?, —le pregunté de repente.

— No lo sé.

— Anda, ve, te puedes divertir y no sabes cuando tendrás otra oportunidad. Además sé que va Netikerty, —le dije pegándole codazos en las costillas.

— ¿Y qué importa si nunca me va a pescar? Ni siquiera sé cómo acercarme a ella — Issey estaba cabizbajo. Su excesiva timidez no le permitía ver sus propios atributos físicos, como su bello rostro moreno y sus ojos almendrados—.

— Eso no es nada que no se pueda superar —lo animé—, es como hablar con ella para cualquier cosa, pero con música de fondo —esperé que mi amigo se riera, pero no hubo respuesta—. Mira, yo te voy a enseñar.

Tomé a Issey por la muñeca derecha y lo llevé hasta los árboles que bordeaban esa parte del desierto. Me planté frente a él y comencé a moverme al ritmo de una música inaudible.  Issey notó que yo movía mis caderas y mis hombros con ritmo y fluidez.

— Primero te paras frente a ella y la invitas a bailar —esperé que  Issey asintiera con la cabeza y luego continué—. Tienes que hablarle de cualquier cosa que se te ocurra —me acerqué a la oreja de  Issey y continué hablando—. Le hablarás al oído, porque la música va a estar fuerte.

Noté que a Issey le corrió un escalofrío por todo el cuerpo cuando le hablé al oído; me alejé un poco de mi amigo y continué diciendo:

— Después le acaricias la carita —yo acariciaba con mis  manos suavemente por el rostro de Issey y, acariciando sus mejillas, lo miré a los ojos y le dije—: Nunca me había fijado que tenías los ojos tan bonitos.

 Issey se sonrojó. Sabía que el piropo no lo decía en serio, pero sentía que yo, su amigo, lo estaba conquistando. Entonces entendió por qué todos me amaban. Mis palabras tuvieron un efecto involuntario que se manifestaba por debajo del subligar.

— Después seguís bailando, y la tomas por la cintura y te la acercas a ti —crucé mi brazo izquierdo por la espalda de Issey y lo acerqué hacia mí, juntando ambas pelvis. Issey temía que yo me percatara de su erección y trató de zafarse, pero no pudo lograrlo. Lo noté, lo miré a los ojos y soltó una risita coqueta—. Cuando la tienes por la cintura la obligas a girar contigo al ritmo de la música, y así ella para no perder el equilibrio va a cruzar sus brazos por detrás de tu cabeza —yo comencé a girarme, moviendo las caderas, pero  Issey no cruzó los brazos tras mi nuca.

 Issey estaba nervioso, porque a ese punto ya no podía disimular la erección, la cual se acentuaba más con cada movimiento circular de cadera que yo hacía. No quería que yo, su amigo, pensara que él amaba a los hombres y se excitaba conmigo a su lado, porque, al menos hasta ese momento nunca se había sentido atraído hacia otro hombre, pero la situación en sí lo excitaba muchísimo.

— Al final ya cuando termina la canción, acercas tu cara a la de ella —yo acerqué mi rostro al de Issey, hasta que quedaron nuestras frentes una contra la otra, y lo miré fijamente a los ojos— y la besas.

El corazón de Issey latía a su máxima capacidad pensando que yo, su amigo, lo iba a besar, pero solo le lancé un pequeño beso desde un palmus (113) de distancia que separaban sus labios.

— ¿Te quedó claro? —le pregunté.

— Sí —respondió Issey, tragando saliva.

— Qué bien —le di unas palmaditas en las mejillas, le guiñé el ojo y lo abracé por los hombros—. En la fiesta de Diana vas a arrasar.

Y ambos regresamos a caminar por la arena del desierto.  Antes de entrar en la población nos pusimos la túnica, Issey llegó a su casa temblando.

La lección de seducción que le había impartido a mi amigo le había provocado una tormenta de sentimientos desconocidos. El corazón aún le latía con fuerza en el pecho, mientras su mente aún le daba vueltas a la situación que minutos antes había ocurrido.

Me contó más tarde que recordaba mi rostro muy cerca del suyo, y la forma en que eso lo hizo sentir. yo quería besarlo en aquel momento, pero no podía hacerlo, porque yo era su mejor amigo; aunque, quizás ese era un impulso natural al tener a alguien tan cerca, ¿cierto?».

— También siento ahora deseos de besarte, y me encanta el sabor de tu aliento como de regaliz.

— No te reprimas, bésame, igual te beso yo también.

En efecto me besó y nuestras lenguas jugaron unos momentos muy gratos.

— Pero sigue contándome.

«También recuerdo cómo me movía, y la forma en que lo acerqué hasta mí, provocándole una erección. Nunca pensó que le pasaría eso con su mejor amigo; aunque probablemente pudo haber sido producto del roce de ambos cuerpos, una reacción involuntaria natural, ¿cierto?

Intentó tranquilizarse, buscando explicaciones lógicas a las nuevas sensaciones que estaba experimentando.

—¿Cómo te fueron hoy tus lecciones? —le preguntó su padre entrando a la casa por la puerta del patio apenas Issey apareció ante su padre.

—Bien —respondió Issey, evitando el contacto visual. Temía que quizás con una sola mirada su padre notara que minutos antes había estado a punto de besar a su mejor amigo (algo completamente razonable dada la distancia entre ambos, quiso creer)—. ¿Qué hay de cena? —preguntó, cambiando completamente de tema.

—Fideos con arroz —respondió su padre. Era su modo de decir que, independiente de lo que hubiera para comer, tenía que comer igual.

—Ja ja —fingió una risa Issey, aunque la respuesta de su padre le causó gracia, como siempre—. Voy a cambiarme y vuelvo a comer —le dijo a su padre, aunque se arrepintió de inmediato, porque él nunca se sacaba la túnica apenas llegaba a casa.

Pensó que iba a levantar las sospechas de su padre, pero por suerte no dijo nada.

Cerró la puerta de su pieza y de inmediato se quitó las caligæ sin desatar los correas y se desabrochó el subligar, para luego dejarlo caer de forma dramática por sus piernas. Bajó la cabeza para mirar una mancha oscura en la tela gris del subligar que delataba la humedad de su miembro. no había afectado a la túnica por no llevarla puesta

Issey sintió que el corazón se le aceleraba nuevamente. Él pensaba que Khnemu le había provocado eso. O quizás había sido una reacción natural involuntaria producto del roce de su pelvis con la de su amigo, la cual había ocurrido justo cuando él pensaba en Netikerty, la chica que le gustaba. Si, eso tenía sentido.

 Al día siguiente, cuando Issey entró a la salón de la Academia de Nicóforo (atrasado, como siempre), le pidió permiso al maestro para entrar y se disculpó por el atraso. Tras la autorización del maestro, se dirigió a su emplazamiento, junto a mí, su mejor amigo,  le dirigí una sonrisa apenas lo vi entrar, y lo saludé levantando el mentón, haciendo que se le notara involuntariamente su manzana de Adán.

Issey se sentó, y se sintió descolocado por mi actitud. Yo actuaba como si nada hubiera pasado, después de la lección de seducción del día anterior. El estaba seguro que yo me había percatado de la erección que le había producido, y aún así, no decía nada.

Se había pasado la noche dando vueltas en su mente pensando cómo afectaría a nuestra amistad, aquella situación que habían vivido durante la tarde. Issey estaba seguro que no sentía nada por mí, porque era imposible, pero le preocupaba que yo me alejara de él por aquella reacción involuntaria bajo su subligar producto del contacto entre ambos.

—¿Y?, ¿pensaste en lo que te dije ayer? —le pregunté con mi típica sonrisa de autoconfianza.

—¿Qué cosa? —Issey había pensado mucho en lo del día anterior, pero no estaba seguro de qué estaba hablándole yo.

—De ir a la fiesta de la Diana, —respondí, como si fuera obvio.

—Ah, sí —Issey se rió con nerviosismo, aunque dudó que yo lo hubiera notado—. Sí, sí voy a ir —respondió sin pensar, intentando salir del paso rápidamente.

—¿En serio?, ¡buena! —exclamé con felicidad, dándole golpecitos de puño en las piernas a Issey.

—A ver, ¿qué conversáis vosotros dos allá atrás? —nos llamó la atención el maestro.

—Nada… —respondí de inmediato—. Le estaba explicando a Issey el mito de la caverna, que aún no lo entiende el pobre —agregué, acariciándole la cabeza a modo de burla, como si fuera un niño pequeño. Todos los presentes se rieron incluso el maestro.

Issey se sonrojó, pero no dijo nada. Sintió un cosquilleo que recorrió todo su cuerpo cuando lo toqué. Le descolocó darse cuenta que nunca antes había sentido algo así, pero le gustaba.

—Muy bien —dijo entonces el maestro Nocóforo—, poned mucha atención, para que después no andéis preguntando. El Mito de la Caverna… —comenzó a enseñar, ante el gruñido de desánimo de los alumnos.

Issey no prestó atención a la explicación número sesenta y cuatro del Mito de la Caverna que hacía el maestro Nicóforo. Se quedó pensando en las sensaciones que le provocaba yo cuando lo tocaba, cuando sonreía, cuando lo miraba.

Sentía como si su mejor amigo lo hubiera hechizado el día anterior, sin querer, al explicarle sus maneras de seducir. “Eso explica por qué todas las niñas lo aman tanto”, pensó. Era la única explicación razonable que se le ocurría, después de todo, era imposible que se sintiera atraído por su mejor amigo. Por lo mismo, se asustó, pensando que podría terminar haciendo algo que no quería por estar bajo su hechizo. Durante las lecciones no podía cambiarse de asiento (no podía ser tan obvio), pero intentaba enfocarse al máximo en la lección impartida por el maestro.

—¿Te sientes bien? —le pregunté.

—Si, ¿por? —respondió  Issey, nervioso.

—Es que estas yendo mucho al baño y te demoras demasiado —yo me hacía el preocupado—. ¿Estas enfermo o algo?

—Ah, no —se sintió más aliviado  Issey—. O sea, sí Es que hoy en mi casa desayuné una comida que llevaba un par de días hecha. Creo que me hizo mal —inventó.

—Bueno, si quieres ir al galeno, me avisas para acompañarte —le dije, dándole codazos en las costillas.

 Issey notó un dejo de preocupación en mi mirada.

 Al terminar la última lección, Issey guardó rápidamente sus cosas, y salió del peripatéticon mientras yo me puse a conversar con el hermano de Diana sobre la fiesta del día siguiente en su casa.

 Issey ya estaba a medio camino del portón de la salida cuando escuchó mi voz llamándolo. Se volteó y me vio acercándome rápidamente a él, con mi habitual sonrisa en el rostro.

—¿Para dónde vas? —quise saber.

—Iba… —comenzó a decir Issey, buscando una excusa— a la biblioteca —dijo, dándose cuenta que la biblioteca estaba a un par de metros en la dirección que iba caminando.

—Dale, te acompaño —me auto invité—. ¿Y a qué vas a la biblioteca? —quise saber, comenzando a caminar al lugar indicado.

—A… buscar… un rollo —respondió Issey, sin ocurrírsele ninguna otra respuesta.

Me reí con fuerza mientras entrábamos a la biblioteca, una pobre habitación, con tres estanterías de rollos ya viejos.

Issey gritó una voz que no significaba nada, pero nadie respondió. Se puso nervioso al quedarse sin excusas para seguir evitándome.

—No hay nadie —dijo finalmente, dándose la media vuelta para irse.

—¿Para dónde vas? —le pregunté—. Ven a buscar el rollo que quieres.

 Issey no me dijo nada, solo sonrió y me imitó. Se dispuso a mirar uno a uno los rollos de las estanterías en silencio, sin saber exactamente qué buscaba.

—Issey, ¿estás seguro que no pasa nada? —le pregunté acercándome desde la estantería de enfrente.

—No —respondió  Issey después de un largo suspiro—. Lo que pasa es que no estoy seguro de ir a la fiesta mañana —me dijo mirándome a los ojos, no me estaba mintiendo.

—¿Por qué? —pregunté, aunque Issey pudo ver cierto alivio en mi rostro.

—Porque… siento que voy a perder mi tiempo tratando que Netikerty se fije en mí —inventó.

Nada que ver —le dije sonriendo—. La vas a conquistar, estoy seguro. Confía en ti mismo —le di un golpecito de puño en el brazo.

Issey no sabía qué más inventar para evitarme. De repente sintió un golpe de fuerza interior (114), mientras en su mente evaluaba la idea de hacer todo lo contrario y pensaba: “¿Qué pasaría si en vez de escapar del hechizo, me acerco al hechicero?, ¿se dará cuenta mi  amigo Khnemu de que lo que estaba haciendo estaba mal? No puedo hacer nada para evitarlo, porque es muy encantador y me es  imposible rechazar, ¿pero hasta donde será capaz de llegar Khnemu conmigo?

—¿Y qué pasa si beso mal, y lo arruino todo? —me dijo después de un rato de silencio en que él pensaba—. Nunca he besado a nadie, y me da vergüenza que se dé cuenta —el corazón de  Issey comenzó a acelerarse, ansioso por saber qué pasaría a continuación.

Yo me reía para darle tranquilidad.

—Tranquilo, que no pasa nada. Sólo te tienes que dejar llevar — Issey lo miró serio, aunque intentando mantener una actitud de inocencia. Captó la urgencia de la preocupación de  Issey—. Mira, te voy a enseñar —me acerqué a  Issey y lo tomé por los hombros para acomodarlo frente a mí, y lo apoyó contra el estante de rollos—. 

— Continuemos con nuestra clase de ayer —propuse sonriendo y lo besé sencillo a los labios.

Lo besé y le insinué la lengua, me pasó la suya que me deleitó. Ambos nos embelesamos. Cerré la puerta de la habitación, seguimos besándonos apasionadamente. Desde ese momento nos besábamos todos los días. Un día fue en su casa, nos quitamos poco a poco uno a otro la ropa, juntábamos nuestros cuerpos. por supuesto que ya no fuimos a la fiesta de Diana. Otro día necesitamos más y me puse de rodillas frente a él y me puse su polla en la boca, vi que estaba como en el aire y no paré, tenía los ojos cerrados, mirando al techo y encorvado su cuerpo hacia atrás. Me pareció un dios del Olimpo. No cruzábamos nunca palabras. En otra ocasión quiso chuparme la polla y no me dejó apartarme hasta que salió el semen, me besó con semen en su boca y era bueno. Se abrazó a mi cuello y yo que le estaba acariciando sus nalgas le metí un dedo, luego dos, se quejaba Issey pero le gustaba. Me pidió que dejara tranquilo el dedo y le metiera mi polla. No me costó, estábamos muy relajados y lo follé hasta que sembré su interior de esperma. estuvimos mucho tiempo abrazados. Otra vez hicimos lo mismo en su casa. Nos declaramos el amor uno al otro».

«Ya no éramos tan novatos porque lo hacíamos cada día, le pedí que me la metiera. Estábamos en mi casa y nos entusiasmamos. Me gustó cómo me la metió, suave, poco a poco y ese día supe que lo nuestro había sido acertado y estaba en firme. Así fue que en su casa lo follaba yo y en la mía me follaba Issey. Hasta que llegó aquel aciago, día en que mi padre entró en mi cuarto y nos sorprendió en plena faena en que Issey me está follando. Interrumpimos de inmediato e Issey se fue poniéndose su ropa a su casa. Mi padre me ató a su anilla donde golpea a los esclavos y me golpeó hasta que perdí en sentido y caí suspendido de la argolla. unos esclavos me reanimaron y curaron mis heridas ensangrentadas por el látigo. Ya sabía mi padre como era yo y nunca más me habló».

Esta es la historia que necesitaba contarte. Mi padre me ha vendido a ti sin hacerte pagar, pero ya te pedirá de alguna manera el pago. Yo he ganado, pienso que él ha perdido y perderá más. Cuando quieras devolverme a Alejandría te lo pondrá muy difícil. Tiene demasiadas mujeres y demasiados hijos, tiene que ir deshaciéndose de algunos de nosotros para obtener hijos esclavos que hagan todo como él quiere.

— Y ¿qué es de Issey?

— Dos días después apareció muerto en el Nilo. Yo no le vi más, sigo llorándole, pero escuché a mi padre, mientras me flagelaba antes de perder el sentido, que mandó a unos hombres que le sacan de compromiso sus cagadas, para que lo maniataran y lo arrojaran al Nilo. No pudo salvarse había demasiada corriente.

— ¿Por qué no dormimos ya?

— ¿Puedo dormir abrazado a ti?

— Claro que puedes.

Me dio un beso, lo besé varias veces hasta que fue vencido por el sueño. Durmió respirando fuerte a causa de su congoja.

NOTAS

(103) Hoy Milán.

(104) Poblacion junto al lago de Noemí, a unos 500 m. de altitud.

(105) Deprimido, detestando su vida.

(106) tu vida es tu vida. La frase completa es: vita mea mea vita est quia ego victurum ese, mi vida es mía porque yo he de vivirla.

(107) Totalmente depilado. También significa muelle, afeminado o persona que sufre convulsiones. En la expresión del texto se refiere a la depilacion, vulsus -a -un es participio pasado de vello.  velli [o vulsi] vulsum 3 tr.: arran­car (signa v„ levantar el campamen­to [lit.: arrancar las enseñas, que estaban clavadas en tierra]; oves v.,arrancar la lana a las ovejas; [pas.]ser depilado) | tirar (aurem, de la oreja)

(108) vulnerarius -II, masajistas, especialistas en medicina deportiva y de recuperación, masajistas deportivos.

(109) Unguentarius -II, perfumistas, especialistas en ungüentos y pamadas.

(110) Toalla.

(111) culex -culicis, mosquito.

(112) me gustaba hacer bromas y contar cosas graciosas con chistes eróticos.

(113) palmus, en realidad no está relacionado con el palmo (que sería la medida entre los extremos de los dedos pulgar y meñique con la mano extendida), sino más bien con el coto castellano, que es el ancho de la palma de la mano cerrada sin el dedo pulgar, y equivalía a 4 dedos, 7,3925 cm o 1/4 pies.

(114) Hoy se diría “adrenalina”.

Etiquetado