EDGAR Y SALÎM: un beso blanco

Así rubricaron su amor y seguirían rubricándolo del mismo modo con frecuencia. Habían entrado en lo que significa ser novios entre los chicos gays. En los tiempos actuales desde hace poco los chicos gays pueden contraer matrimonio civil y se podría decir que desde ese momento es cuando forman pareja en serio, viven en una misma casa y se organizan como familia. Todo esto en términos generales, porque cada caso es diferente. Lo mismo ocurre entre los heterosexuales. Desde el momento que se casan son esposos y forman un hogar que esperan sea ocupado por otros que son los hijos e incluso algún otro familiar por necesidad.

Pero esta regla general, en los tiempos actuales ha variado ya mucho respecto a no hace mucho tiempo. Las relaciones personales entre dos personas que se aman, sea chica-chica, chica-chico, chico-chico, están ahora en otro ámbito mucho más libre, un ámbito en el que la decisión de los dos es personal y socialmente más importante que la formalidad ante el sacerdote, el alcalde, el juez o el notario. De este modo, dos chicos —vamos a lo que se trata— que antes hubieran guardado un cierto tiempo para tener relaciones sexuales y de modo escondido, casi siempre iguales, sin experimentar posturas diversas, debido a las premuras para no ser sorprendidos o por las inconveniencias y dificultades del lugar. Cuántas veces dos chicos deseaban hacer el amor y quedarse juntos después para saborear los minutos vividos, habiendo preparado sus cuerpos y sus mentes con los “previa” mediante besos, tocamientos, palabras cariñosas, pero tenían que actuar en silencio y rápido, algo que, de no ser por la voluntad expresa, en poco se diferencia de una violación, sin tiempo para despojarse de sus ropas y sin poder pronunciar palabras ni gemir ni suspirar, casi sin disfrutarlo…

“Miraculeusement” estos tiempos no tan lejanos van pasando en la sociedad en general y, aunque todavía quedan algunas fobias contra ciertas conductas —cual es la homofobia—, los chicos son más y mejor comprendidos, amados y deseados en su propia familia. En cierta ocasión, estando reunido con algunas damas que por mediación de una de ellas querían escuchar una defensa de la homosexualidad, comencé a decir que la homosexualidad era tan indefendible como la heterosexualidad, que no era cuestión de defender la homosexualidad como si quisiéramos que todo el mundo fuera homosexual y entonces llegaría un momento en que una minoría sería heterosexual y estaríamos en la misma posición, aunque a la inversa. Lo que iba a defender era la libertad de un homosexual, transexual, lesbiana o pansexual para actuar como desee, cumpliendo las leyes justas y no provocando daños seguros a los demás. «Si ustedes tienen en su casa tres hijos y uno es homosexual —les decía— han de tratarlo como a los demás, pero igual que respetan a los otros dos que les gustan las chicas y buscan enamorarse con una, respeten al chico homosexual que le gustan los chicos y piensa juntarse con uno. Hay muchos beneficios en hacerlo así y pienso que el más importante es que ayudaríamos a la estabilidad en las uniones. Se habla de que los gays son promiscuos y débiles en la fidelidad. Gran error; en general, el ser humano poco formado puede ser promiscuo y quizá sea débil en la guarda de la fidelidad. Si educamos a los chicos en el amor y en las virtudes de generosidad, fidelidad, grandeza de espíritu, tanto heterosexuales como homosexuales estarán más pertrechados para ser fieles…. Puedo asegurarles, señoras, que hay más prostíbulos a los que acuden hombres casados que prostíbulos para gays. Pero los gays lo tienen más fácil que los hombres casados, porque estos están vigilados y controlados y los chicos gays solo espiados. Por ejemplo, un señor casado acude a su casa tarde y en horas fuera de trabajo y la mujer le inspecciona desde los calzoncillos hasta la corbata, mira su tarjetero, su móvil y huele todas las partes de su traje para descubrir olor de perfume femenino. Un chico gay va a casa y nadie le controla más que la hora y él lo escuda todo con los amigos y podría haber estado trabajando de puto o chapero. El exceso de control invita a las mentiras, engaños y mala vida, la tolerancia, el cariño familiar, la aceptación invita a la verdad, seguridad y confianza». Una señora dijo públicamente que le hubiera gustado que sus hijos fueran gays porque los tendría aún en casa, mientras que ahora tiene que ir a verlos, porque ni le muestran los nietos, pues lo peor que le había ocurrido a ella —decía— era tener nueras. Aunque esto me parece exagerado valga un botón de muestra.

Lo que venimos diciendo se refiere a nuestra pareja. Edgar y Salîm han decidido ser novios en la actualidad, no en la prehistoria o historia pasada. Y la atracción sexual que sienten entre sí es remedio de sus apetitos, como aquello que han dicho siempre los moralistas: “remedio de la concupiscencia”. No están siempre “tirándose”, pero sienten los mismos deseos que puede sentir cualquier otro chico de su edad, solo que no tienen un condicionamiento que preocupa a otros chicos que son heterosexuales, el embarazo de la chica y el consiguiente aborto. Esto puede hacerles más intrépidos en el uso del sexo. Edgar y Salîm se dan placer uno al otro, se tocan, se besan, se masturban juntos, piensan que esto y lo que pueda venir más adelante son los entretenimientos y expresiones para manifestarse lo mucho que se quieren en la intimidad, junto con otras muchas acciones que realizan ante cualquier otro de sus familiares, muy comunes a todos. En sus casas son totalmente aceptados y piensan que es normal que los chicos tengan pasiones y se ayuden a descargarlas y que es normal que se quieran y se expresen el amor. Saben que de ahí no deben pasar ni desear saber más. De hecho ellos mismos ponen sus ropas a la lavadora, tanto las de cama como las de vestir, la tienden, la planchan y la guardan. Son ellos los que limpian sus baños. Van proyectando su vida sin la mujer en casa, por eso —entre otras cosas más— no tienen principios machistas —lo que en tiempo no tan lejano se interpretaba como afeminados u homosexuales. Los primeros secretos de los chicos gays es que a nadie le importa su intimidad y esto procede a que prescindan de sus mamás y hermanas para tareas domésticas, es otro índice de reconocimiento de la propia orientación sexual, van poco a poco dejando a la mujer fuera de su intimidad fisiológica y sexual, pero la mantienen en lo intelectual, es decir, las mamás primero y las hermanas y primas después se convierten en consejeras al comienzo y en cómplices más tarde. Por eso las primeras en darse cuenta de que un chico es gay son sus mamás y sus hermanas mayores. En la medida que estas mujeres actúan dentro del marco permitido por el hijo o hermano, están aceptándolo, amándolo y quizá deseándolo como hermano gay. Para el chico heterosexual, la mamá y/o alguna hermana mayor va siendo sustituida por la novia paulatinamente, una vez casado, la mamá y/o hermana es desplazada. Para el chico gay, no existe la sustitución de su mamá ni hermana, él mismo sustituye tareas de la mamá, pero no los amores ni propiamente la mamá; la mamá interpreta esto como debilidad del hijo y está más cerca del hijo, pero el hijo está cada vez más lejos de su madre y busca a otro chico para rellenar el espacio de amor maternal que se va vaciando. Son cosas y remedios de la naturaleza.

Un caso raro o extraño o poco común ocurre con Edgar y Salîm. Ellos no pueden escapar del marco que hemos diseñado, pero quizá por la necesidad del padre de Salîm, que no quiere dejar su puesto como padre y quiere estar en el corazón de su único hijo varón y gay, tiene más cuidado de estar cerca de él. Ha conseguido con maña paternal penetrar en el corazón de Edgar, de modo que en lugar de un hijo, ahora tiene dos y sabe que ha de tratarlos de modo diferente a cada uno, pero sin descuidar el referencial de cada uno de ellos, que es el otro. El señor Tawfîq los distingue bien, pero no trata con ninguno de ellos nada sin referirse al otro, de esta manera asegura su permanente paternidad y el agrado de los muchachos, en los que, por supuesto, se complace. No entramos a preguntar ni el señor Tawfîq se preguntaría cómo le gusta que fuera o hubiera sido su hijo. Él no se interroga este asunto, su hijo es el que es y eso le basta; se interroga cada vez cómo ha de tratar a su hijo Salîm sin chocar ni con Edgar ni con el propio pensamiento de Salîm. Por eso algunas veces cuando quiere hablar con su hijo, pregunta a Edgar su parecer. El señor Tawfîq sabe que intelectualmente Edgar es superior a Salîm, pero no hay manos en el mundo que puedan sustituir las de su hijo. Pero Edgar piensa lo mismo, incluso Salîm piensa del mismo modo. He aquí tres hombres que se entienden perfectamente, a veces con solo mirarse. Para el señor Tawfîq Edgar es lo mejor que le ha ocurrido a su hijo. Quizá, haber tenido cuatro hijas puede haber puesto al señor Tawfîq en una especie de custodia y predilección hacia el menor de todos, un varón muy peculiar, con ideas muy varoniles, físicamente muy varonil, incluso en su voz, y con orientación sexual varonil. Es la perfección del macho alfa gay, que además se ha encontrado con otro macho alfa, aunque ambos son del todo versátiles y todo les agrada, aunque lo primero es complacer al amante.

Están en pleno verano, no son juguetones, quieren ambos trabajar en el taller para estar juntos cuanto más tiempo mejor; tienen una tarea marcada por el señor Tawfîq, la sustitución del técnico y su ayudante que salen de vacaciones durante el mes de julio. Así que piensan tener todo el verano trabajo, lo cual implica de lunes a viernes, desde las 8 de la mañana a las 6 de la tarde, excepto las tres horas de almuerzo, desde la una a las cuatro de la tarde. Pero cuando el trabajo urge disminuirán una hora, dos o todas para el almuerzo y se comerán un bocata que su padre les conseguirá. Pero el señor Tawfîq no es un sátrapa y sabe el tesoro que tiene. Cuando ocurra eso, esa noche cenarán en un restaurante y él departirá con “sus hijos”, tal como los llama siempre y presume ante los demás.

Una de esas ocasiones en que no interrumpieron para almorzar porque un coche daba mucho trabajo —desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde—, mientras Salîm trabajaba Edgar le sujetaba el bocata para que le diera mordiscos y luego Edgar daba un mordisco a su bocata. El señor Tawfîq los observaba desde su despacho. Edgar se encargó de que Salîm no parara el trabajo y le daba conversación, le mostraba el bocata con la mano derecha y Salîm mordía, luego Edgar mordía el suyo que lo tenía en la mano izquierda. Al mismo tiempo comenzaron, al mismo acabaron. El señor Tawfîq disfrutaba de verlos y a la vez sufría de verlos empeñados en su tarea. Levantó el teléfono y reservó para cenar. Avisó a su esposa si quería que pasaran por ella, pero tenía que atender a las chicas.

A las 6 de la tarde habían pasado la nota de reparaciones por contabilidad y se fueron a la ducha, allí dejaron todo el sudor, suciedad y cansancio. Salieron contentos y felices y a pesar del bocata, tenían hambre de presidiario.

Sentados a la mesa, el señor Tawfîq había pedido tres whiskys para hacer boca. Tampoco les dio a elegir la cena ya que era el menú de degustación. Ellos, que ya lo habían hablado antes entre sí, comentaron con el señor Tawfîq —que se había convertido en su confidente para casi todo—, si siendo tan jóvenes y con el serio compromiso para ser siempre uno del otro podían realizar cualquier tipo de relación sexual entre ellos.

Con la paciencia, mesura y lentitud habitual les preguntó por los resultados de sus respectivos análisis.

— Estamos limpios los dos, —dijeron a coro.

— Me lo imaginaba, —dijo su padre con la misma mesura.

— ¿Entonces?

— Vosotros, hijos míos, no vais a hacer lo que yo os diga, ni yo debo pretenderlo; yo no puedo pensar en cualquier momento ahora mis hijos están haciendo esto o lo otro (pausa larga). Me convertiría en un malpensado o alcahueta…, no; para mí, que os quiero, que os veo trabajar, estudiar y vivir, sois dos amantes como esposos, haced el amor y amaos; si de vez en cuando no hacéis el amor u os cansáis de manifestaros el amor, habréis matado vuestra vida. No preguntéis a nadie qué manera, qué posturas, qué tenéis que hacer, solo os recomiendo la higiene, que vuestros actos íntimos no sean solo placer sino expresión de amar y discutid alguna vez que eso no es malo.

— No podemos discutir, papá, —dijo Edgar.

— ¿Por qué?, —preguntó papá Tawfîq.

— Estamos de acuerdo en todo, —respondió Salim.

— Cuando llegue alguna discusión entre vosotros, no os preocupéis, es bueno, pero hacédmelo saber.

— ¿Cuando tomarás vacaciones, papá?, ¿cerrarás un tiempo el taller?, —preguntó Salîm.

— ¿Por qué preguntas eso?, ¿te ha dicho algo mamá?, —dijo papá Tawfîq.

— No; nosotros estábamos pensando que te fueras con mamá y las chicas de vacaciones que nosotros abriríamos el taller, respondió Salîm.

— Estos chicos…, ¿queréis matarme? Vosotros habéis hecho un año de esfuerzo inconmensurable y ahora me sustituís al que se va a quedar en el taller cuando cerremos. Él se quedará por si hay una emergencia rápida y uno de los contadores que quiere las vacaciones en Navidad se quedará con él. Ellos dos van a estar la primera quincena de agosto, nosotros nos iremos todos de vacaciones y el taller cierra para todos la segunda quincena de agosto, —concluyó papá Tawfîq.

— ¡¡Quéeeee!!, —exclamaron los dos muchachos— ¿nos quedamos sin trabajo? —añadió Edgar.

— Edgar, ¿te acuerdas cuando hace un año tu papá quería llevarte a Tarragona un fin de semana y que no fuisteis porque Salîm se puso enfermo repentinamente?

— Sí.

— Pues tu papá me ha dicho que vamos a ir este año los ocho.

— ¿Qué ocho?, —exclamaron los chicos.

— Tus papás, Miriam y Jorge, vosotros dos y mamá Nadir y yo.

— ¿ Y mis hermanas qué?, —preguntó Salîm.

— Tus hermanas se van de campamento con Aurelio, y Serafín se va de voluntario como tutor al mismo campamento.

— Papá Tawfîq…, Serafín no se va de voluntario, no, es un granuja —decía Edgar con mucha sorna—, hace tiempo peleó con su novia y está viniendo por el barrio y se ve con Adila; ¡ah!, y a mí me da que Aurelio se está enamorando de Zareen… —se quedó sonriendo con sorna— pienso que eso es lo que pasa…; pronto tendremos que buscarle un novio para Bashira…

— ¿Y tú sabías eso y no me has dicho nada?, —protestó Salîm.

— Sí te dije, —respondió Edgar.

— ¡No recuerdo que dijeras nada!, —volvió a protestar Salîm.

— Me dijiste que no quieres saber nada de los novios de las chicas, —se quejó Edgar.

— Sí, sí recuerdo, qué tonto soy, ¡si son mis hermanas!, —dijo Salîm muy arrepentido de no quererse enterar.

— A Tarragona, ¿dónde?, —preguntó Edgar.

— A un lugar que tú has pedido muchas veces a tu papá, idea que le gustó a Miriam y a Jorge, los mayores iremos para que no os hagáis daño…, —contestó papá Tawfîq.

— ¿Dónde es, Edgar?, —preguntó Salîm.

— La playa del Torn, en L’ Hospitalet de l’ Infant, —respondió sonriente y muy contento Edgar.

— ¿Te gusta, verdad?, —preguntó papá Tawfîq.

— Claaaaarooooo que síiiiii, —exclamó Edgar.

— ¿Qué hay allí?, —preguntó Salîm.

— A la noche te cuento todo, hace años que no he ido, antes mis padres iban, pero te contaré, —dijo Edgar mientras socarronamente se sonrieron papá Tawfîq y Edgar.

— Te gustará, te gustará, —dijo papá Tawfîq a Salîm.

Edgar se levantó, besó a papá Tawfîq y luego a Salîm. Cuando estaban de regreso hacia casa, llamó a su mamá para decirle que estaba bien y cómo habían quedado tanto tiempo en el taller y que habían ido a cenar casi a las 8 de la tarde, pues solo habían comido un bocata y cómo había estado la comida. Le contó todo menos lo del viaje programado. Preguntó por su papá, calculando que casi eran las 10 de la noche, aunque era aún de día. Su mamá le pasó el móvil a su padre.

— Hola, dime, ¿cómo estás?

— Yo, bien papá, ¿y tú?

— Bien, bien, un poco cansado, pero bien, sí, gracias, hijo…

— ¿No vas a tener vacaciones este año tampoco?

— Bueno, ahí te quería decir, pues sí, voy a tenerlas, sí, hijo…

— Ah, ¿sí?, y… ¿qué vas a hacer?

— ¿Qué quieres que haga?

— Ah, que descanses tú y que descanse mamá…

— Y tú ¿no?

— No sé, como estoy con Salîm, pues… ya sabes, ¿no, papa?

— Te entiendo, hijo, ¿cuando nos vemos?

— Puessss…, ¿qué te parece el domingo?

— El domingo os venís y hablamos, pero pregúntale al señor Tawfîq y mañana me cuentas.

— Vale, papa, un beso para ti y otro para mamá, pero dáselo de verdad que yo te lo devolveré…

Se puso a llorar de emoción y Salîm se incorporó y lo abrazó. Fue entonces cuando, una vez animado, le dijo a Salîm que el viaje a Tarragona era para darle gusto porque su padre sabía que le encantaba ir a una playa naturista. Irían a un hotel en L’Hospitalet, alquilarían bicicletas y se irían a la playa, los mayores no irían o irían alguna vez, si no hacía mucho calor, paseando o en coche lo más cerca que pudieran.

— ¿A Mariam le va el nudismo?, preguntó Edgar.

— A Mariam, si no ha cambiado ahora, no mucho, pero a Jorge sí —respondía Salîm—, seguro que ella lleva biquini, pero él sí se va a desnudar y nosotros también.

— Por supuesto, es delicioso bañarse y tomar el sol desnudo. Van a ser quince días de puta madre, dijo Edgar.

— Pues eso hemos de prepararlo desde esta misma noche. Comenzaron a desvestirse uno al otro. Edgar se le echó al cuello a Salîm y se puso a besarlo apasionadamente. Le daba unos besos profundos, con lengua incluida, entre besos mezclaba mordisquitos en los labios, lóbulos de las orejas, cuello, pechos, pezones…, Salîm le secundaba, claro. Expresaban un cariño hermoso y desesperado que fluía y manaba de sus cuerpos con sensualidad y ternura, con unas ganas locas de amar y ser amados y además muy novedoso. Se acariciaron, se besaron y se lamieron, en un común temblor de ilusión por la noticia de tales vacaciones… Edgar se sorprendió al notar que Salîm tenía muy duros sus pechos, muy fuertes sus abdominales, muy varonil y sensible que se manifestaba… Salîm metió sus manos por debajo de las nalgas de Edgar y le sobó el culo, Edgar hizo lo mismo. Entonces le dijo:

— Al fin…, al fin vamos a estar pública y oficialmente de novios haciéndonos el amor desnudos.

Se tumbaron y se pusieron a frotar una polla contra la otra. Salîm sobre Edgar y las caras juntas aliviándose con un permanente e inquietante beso. De inmediato, se pusieron a hacer el 69, y Edgar devoraba el mástil de Salîm que olía a semen ya, lechada limpia de chico inocente y majo. Él también chupaba la polla de Edgar, de principio a fin. 

Entonces Edgar le dijo a Salîm que realmente ya la tenía muy dura y se la tocó con las manos; en realidad, se la agarró. Sorprendentemente Salîm no solo es que no se resistió, sino que incluso le gustaba que Edgar se la agarrase, así que este empezó a pajearle lentamente. Salîm respondió de la misma manera. Como si fuera una novedad y nunca hubiera visto una polla, comenzó a jugar con el prepucio de Edgar para ver si podía cubrir totalmente el capullo para luego soltar y dejar que saliera nuevamente. A Edgar eso le excitaba mucho. Cada vez se iba poniendo más morbosa la situación.

Así que, tomando Edgar la iniciativa, le sugirió a Salîm que se hicieran una paja mutua y a la vez ya comenzó a pajearlo. Salîm se reía muy feliz porque se cumplía un deseo suyo. Desde el principio se notaba que quería hacer algo más. Salîm y Edgar se estaban pajeando uno al otro, lo cual no era novedad, sino que en la mente de los dos no había final. Agarrando uno la polla del otro con ganas de competir a ver quién se correría antes, estando Edgar más empalmado y excitado que Salîm parecía que Edgar se correría primero. Cuando no podía aguantar más dejó de pajear a Salîm y le dijo que ya se iba a correr, que iba a lanzar su leche a la desesperada. Le agarró la mano a Salîm que estaba sobre su polla y le ayudó a acabársela, tirando toda su leche encima de Salîm, le llegó a la cara, al pecho, pues estaba un poco inclinado hacia él.  Luego se la acabó Edgar a Salîm. No se extendió la corrida de Salîm, porque Edgar ahuecó el glande para que la leche se quedara en su mano y apretaba el pene para que se fuera derramando poco a poco, sin apenas disparar ningún chorro a cualquier parte. Se miraban la polla el uno al otro y riendo con complicidad por lo que acababa de pasar, se metió Edgar un dedo en su boca y Salîm se metió otro, luego Edgar lamió su propia lefa del pecho de Salîm, y al que iba a recoger la que este tenía sobre sus labios, debajo de la nariz, Salîm le dio un beso corto con lengua y le pidió la mano, lamió, igualmente Edgar y recogieron todo rastro de ambas eyaculaciones y las metieron en la boca degustando. Se dieron un beso y degustaron sus propias lefas mezcladas.

— ¡Qué bueno estás!, exclamó Edgar.

— ¡Qué sabroso eres!, exclamó Salîm.

— Todo lo tienes bueno, mi amor, dijo Edgar.

— Tú eres mi bondad, respondió Salîm.

Y así, entre ternuras cada vez más susurradas y otras cursilerías, se durmieron, hablándose quedamente y olvidando la ducha.

Se despertaron pegados uno al otro y con restos de semen entre ambos cuerpos unidos a la piel de cada uno de ellos. No se habían movido en toda la noche o los cuerpos de los chicos, amparados en su propia inconsciencia, habían reaccionado impulsivamente a la continuación del placer hasta que se durmieron, hablando susurros de amor y con las bocas en un beso cruzado.

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