EDGAR Y SALIM: «annilingus» en 69

Estaban en la playa. La extensión de la playa del Torn en L’Hospitalet de l’Infant (provincia de Tarragona) es de aproximadamente kilómetro y medio, no tiene ninguna construcción, es un paraje natural, simplemente hay un camping naturista llamado “El Templo del Sol” que se halla en la parte superior de los acantilados. Desde el camping naturista hay un acceso a la playa, esta primera parte, la más al norte es la que está más ocupada, pero hacia el sol va poco a poco convirtiéndose en una playa muy tranquila, con los bañistas nudistas situados de manera aislada unos de otros, por el gran espacio de esta playa con 50 metros de anchura promedio. Se trata de un paisaje salvaje con pinos verdes como contraste a los acantilados rocosos y las dunas. El agua marina es cristalina, perfecto para hacer buceo y esnórquel, tal como le gusta a Edgar.

Edgar había hecho comprar a Salîm y a Jorge y Mariam unos zapatos de agua como los que él tenía, porque, aunque la arena parda es fina, a la entrada del más suele haber abundancia de piedras.

Habían tomado la costumbre de ir los cuatro en bicicleta acabado el desayuno. Tan solo unos tres kilómetros y ya estaban en la playa. Dejaban la bicicleta junto a la arena conde Mariam plantaba su sombrilla. Ella acudía poco al mar, pero le encantaba recibir las caricias de la brisa marina en todo su cuerpo. Era Mariam, pues la encargada de custodiar las bicicletas y la bolsa donde dejaban su short. Los tres chicos se iban al agua a nadar y a jugar en el agua y Mariam se desnudaba para no convertirse en un mirón. Se amparaba en la sombrilla porque ya consideraba que tenía demasiado color su piel.

Cuando los chicos acababan su primer baño, iban donde Mariam, se secaban un poco al sol y Edgar con Salîm se embadurnaban de crema protectora, pero Edgar, además, hacía poner a todo su cuerpo bronceador, para ponerse un poco moreno de playa y acabar de eliminar la marca solar de su speedo. Salîm no necesitaba, al igual que su hermana de bronceador. Pero a Jorge le gustó esa mezcla y Mariam le ponía de los dos mejunjes como hacía Salîm a Edgar. Los chicos corrían, jugaban, se llenaban de arena, Mariam leía a la sombra de su parasol. Jorge iba al chiringuito y compraba agua o gaseosa para Mariam. Todo llenos de arena se acercaban los muchachos a la ducha para limpiar sus cuerpos de arena y seguir corriendo, otras veces se metían con toda su arena en el mar y allí se ayudaban uno al otro a desprender la arena de todos sus mejunjes con lo que quedaban casi sin protección y volvían a ponerse protector los dos y bronceador Edgar solo. A los tres días ya presumía Edgar de haber emparejado su color con el de Salîm y no le faltaba razón del todo. Algo similar pero con menos fuerza le pasaba a Jorge. Hacia mediodía, aparecían los cuatro padres. Se desnudaban en el coche y las dos mujeres se envolvían con un pareo tailandés cada una. Ellos entraban en la playa desnudos como era el uso común de todos los bañistas. En el chiringuito pedían unas bebidas y tras avisar a Mariam por el móvil, acudían todos para tomar el aperitivo, antes se daban un baño los mayores mientras esperaban a los jóvenes. Esto es lo que ocurría habitualmente. Tras el aperitivo se enfundaban el short y cada día iban a comer a un lugar. Este era el programa general de cada día.

Llevaban ya cinco días y Jorge decidió que ese día se quedaba con Mariam para que no estuviera tan sola. Edgar y Salîm se acercaron al islote del Torn, allí pudieron ver los restos de una torre del siglo XVI, pero les supo a poco y buscaban más distracciones y encontraron que se alquilaban tablas de paddle surf y les explicaron que podían ir hasta la entrada de la Cova del Llop Marí, de la que según se cuenta era el escondite de piratas y corsarios que solían atacar las costas catalanas, lo cual, siendo incierto, es del todo creíble. Pero a los chicos les gustaba descubrir parajes entre el bosque y se adentraron cogidos de la mano y descubrieron una plazuela entre árboles de pino, que les daba suficiente sombra.

Se sentaron, se serenaron de mar, arena y sol y se contemplaron uno al otro sonriendo llenos de felicidad un rato, allí mismo, bajo un cielo azul semi cubierto por las verdes acículas de los pinos. Hacía calor, pero agradable, no era un día excesivamente ardiente y se besaron en la tranquilidad del bosque. Luego se levantaron y apartaron las piedras para poderse tumbar en el suelo y comenzaron con un 69 para calentarse, pero no quisieron llegar hasta el final, por lo que iniciaron un annilingus premeditado, iban a hacerse disfrutar con la lengua hasta eyacular a la fuerza sin tocarse los genitales: un juego de boca, lengua y fricción en las tetillas sin más prisa que la del placer. Inició Salîm y Edgar continuó copiando lo que hacía Salîm. Cuando Salîm se tumbó sobre el suelo para la formación del 69, Edgar se tumbó inversamente sobre su compañero, doblando las rodillas para ofrecer el culo a la altura de la cabeza erigida de Salîm. Entonces Edgar dobló sus piernas para elevarlas y dar paso a la inclinación de Edgar para pu siera su nariz a la altura del ano de Salîm. Solo entonces dobló Salîm un poco las rodillas para cobijar el cuerpo de Edgar. Salîm  abría las nalgas de Edgar para succionar su ano con su boca, mientras Edgar lo imitaba apoyando las manos en el suelo y metiendo su nariz entre las nalgas de Salîm. Cuando Salîm inició sus besos con los labios justo en el redondel del ano, comenzó Edgar la suspirar y enseguida dijo:

— ¡¡Cómemelo!!

Y se puso a comérselo igualmente a su amante. Parecían no cansarse nunca, comenzaron besándose, pero Salîm fue el primero que pasaba su rasposa lengua sobre la parte central y más fina del ano. También Edgar comenzó a lamer y a empujar hacia el interior del culo de Edgar. Los culos de los dos chicos son jóvenes, lisos, los pocos peos que pudiera haber han sido rasurados entre ellos mismos, son culos sin tropiezos, limpios y sanos. Han sabido guardas su higiene y en la mañana han realizado su ducha intestinal. Ahora solo saben a cada uno de ellos y ambos a un poco de sal marina, que hace más sentido el sabor y el placer. Van pasando su lengua desde el centro del surco glúteo a los esfínteres, presionando para penetrar la lengua lo más que se puede al interior. Luego pasan por debajo del ano hasta el escroto, lamiendo suavemente el perineo para producir mayor placer.

Tras un largo rato haciendo esta operación, Salîm aprieta el ano con la yema de su dedo índice, surge un gemido de parte de Edgar y le ofrece a Salîm la misma sensación. Entonces van turnando entre besos, lengua y dedos, hasta que Edgar introduce el dedo pulgar al interior totalmente, y Salîm intenta meter el dedo del corazón con diversidad de caricias y suavizando la dilatación de los esfínteres, poco después mete el pulgar junto con el interior medio dentro de Edgar y Edgar suspirando intenta imitar a Salîm hasta que lo consigue. Pero exclama:

— ¡Cabrón, Salîm, méteme tres y luego cómeme!

— ¡¡Ahí va!!

— ¡¡¡Aaaagggh…!!! ¡Qué rico!, exclama Edgar.

Edgar no lo piensa dos veces e introduce los tres dedos con mucha saliva que va soltando a la misma boca del ano

— Ese por lo mucho que te amo.

Y comienzan un movimiento de dedos, hacia dentro y hacia fuera, las pollas se han puesto duras, vibrantes y a punto de explotar y ¡explotan!. Todo su semen y en abundancia cae en medio de ellos, salpica ambos cuerpos, pero la mayor parte cae sobre Salîm. Se endereza Edgar y comienza a lamer esa fructuosa mezcla de los dos espermas juveniles y besa a su amante que le corresponde para intercambiar el sabor de dos productos aleados en uno. Quedan quietos, diciéndose en voz bala palabras de amor, de cariño y de agradecimiento. Los restos de semen se han secado, ellos están agotados, necesitan un baño para aliviarse de sus amorosos esfuerzos y luego una ducha para estar listos antes de irse a comer.

— Si esto es así, ¿qué no será cuando decidamos introducir nuestras pollas?, preguntó reflexionando Edgar.

— Cuando nos decidamos, sabremos que es mucho mejor, — respondió Salîm.

Se fundieron en un prolongado beso, se enderezaron, se pusieron de pie. Edgar limpió de tierra la espalda de Salîm y salieron directamente al mar. Desde lejos los divisaron sus padres. Ellos fueron paulatinamente hacia el lugar donde estaban Jorge y Mariam tumbados donde las olas penetras en la tierra y se vuelven a retirar, se tumbaron al lado de ellos. A Jorge, que se dio cuenta al mirarles sus pollas que habían tenido alguna forma de amor, se le erigió la suya y dio media vuelta para enterrarla en la arena y el agua.

Ya sabían cómo hacer todos los días bajo las acículas de los pinos, para mostrarse su amor y complacerse juntos. Ellos sabían que eso lo iban a repetir y comenzaron a fijar la fecha para expresarse plenamente el amor.

Desde L’Hospitalet de l’Infante se pueden realizar excursiones para visitar Port Aventura, a 20 minutos (27, 8 Km), parque temático para pasar un día; Monasterio de Poblet, a 49 minutos (69, 3 Km); Acueducto de les Ferreres, a 25 minutos (38, 1 Km); Tarragona, museos y catedral, Circo romano de Tarragona, a 34 minutos (42, 3 Km). A estas actividades se dedicaban o bien por las tarden o en días alternos, además, visitaron el Arco de Bará, la Villa dels Munts en Altafulla, la ciudad de Tortosa, la Torre de los Escipiones, etc., aprovechando para comer o cenar en alguna de las poblaciones alrededor. Nuestros muchachos, en pleno viaje de vacaciones, acudían a todo para hacer feliz a sus padres, hermana y futuro cuñado, pero pensaban en ellos dos, deseaban que llegase la noche para estar solos y manifestarse sus muestras de cariño.

Uno de aquellos días, Jorge se acercó a Edgar, con quien tenía más libertad que con Salîm y le preguntó tras una extensa conversación hasta aproximarse al tema:

— ¿Vosotros mantenéis relaciones sexuales?

A lo cual contestó Edgar:

— Nosotros nos expresamos nuestro amor, mejor, nuestro cariño, y progresamos en nuestros afectos conforme lo vamos necesitando.

— ¿No tenéis necesidad de sexo?, —insistió Jorge.

— Tenemos necesidad de amarnos, y eso lo hacemos, desde que nos cogemos de la mano, nuestros besos, nadando en el agua, comiendo, sonriendo, tocándonos, etc.

— Pero no hacéis sexo de verdad, es decir, follar, lo que se dice follar…, —decía Jorge.

— Igual no ha llegado el momento, tampoco tenemos prisa, contestó Edgar.

— ¿Pero tú o Salîm no te la mete o se la metes por el culo para follar, penetrar?

— Todavía no, —contestó Edgar.

— Sois raros vosotros, ¿no?, —dijo Jorge.

— Somos como somos, pero todo a su tiempo, —respondió Edgar a Jorge y añadió— y tú, ¿qué haces con Mariam cuando te calientas, como el otro día en la playa que te diste la vuelta cuando nos viste a nosotros empalmados?

— ¿Te diste cuenta? ¿También se dio cuenta Salîm?, —preguntó Jorge.

— Y Mariam también se dio cuenta…

— ¿Cómo lo sabes? ¿Ha dicho ella algo?

— Se rió con nosotros cuando te vimos empalmado y te pusiste boca abajo; además, lo hiciste tan mal…, como si no se te notara por el culo de ver cómo te meneabas…, ¿qué te diría ella si se lo insinuaras?, ¿no duermes en la misma habitación?

Un tanto avergonzado respondió Jorge:

— No, me da un no sé qué, ¿qué pensaría ella?, ¿qué pensarían sus padres?

— Eres idiota y tonto del culo ex profeso, hombre, ¿tú crees que sus padres contratan una habitación para vosotros dos y se chupan el dedo?, ¿crees que Mariam acepta una habitación contigo para nada? Ahora mismo, te vas a una farmacia y te comprar un par de tiras o tres cajas de profilácticos y aprende a excitarla. Pasa luego, a la noche, apenas llegar, por la habitación nuestra y te doy un bote de lubricante del que uso para mis pajas.

— ¿Quieres que me atreva?

— No, yo no quiero nada, pero la chica está sin ganas, porque no le das gusto, juntad la cama y dormid juntos, respondió Edgar.

— ¿Vosotros lo habéis hecho?

— ¡Joder, con si nosotros!, tú eres tú y Mariam te desea, anda y ¡ten huevos para enamorarla! y hazla feliz, no te comportes egoístamente, haz que disfrute.

Esta conversación discurrió en un momento en que caminaban por la calle ambos juntos y los demás iban delante en dirección a un restaurante. Pasaron por una farmacia y Edgar, que la vio vacía, agarró a Jorge del brazo y lo arrastró dentro para comprar profilácticos, estaban en un stand de la derecha, tomó tres cajas y se fue a caja, diciéndole a Jorge:

— ¡Hala, toma y paga!

La cajera se sonrió al escuchar la frase de Edgar. Luego pasó este con tres cajas de chicles y le dijo a la cajera:

— Estos son para besar a gusto.

Le subieron los colores a la chica de la caja, Edgar pagó y salieron de allí. Edgar le dijo que los pusiera en la bolsa, que a nadie le importa nada porque no había que ser tan evidentes, y añadió:

— Tienes que hablar con papá Tawfîq, y habla de todo esto con libertad, él te quiere y quiere a su hija, de lo contrario tú no estarías aquí.

— Ya sé que contigo tiene mucha confianza, —dijo Jorge.

— Creo que sí, pero no es él quien ha de tener confianza en mí sino yo en él, es decir, ahora tú has de tener la confianza para hablar con él aquí en estas vacaciones o apenas llegar, has de contarle qué deseas hacer con tu matrimonio, cuánto quieres a Mariam y preguntarle si es momento de tener relaciones sexuales, y si las has tenido ya, y si le parece bien o mal porque te merece todo el respeto del mundo y él te aconsejará, como me aconsejó a mí y seguirá aconsejándome por el amor que le tiene a su hijo; pues por el amor que te tiene a su hija, te amará igualmente a ti.

— Eres genial, —dijo Jorge.

— No, tú has de ser genial, —respondió Edgar.

Sin título

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EDGAR Y SALÎM: un beso blanco

Así rubricaron su amor y seguirían rubricándolo del mismo modo con frecuencia. Habían entrado en lo que significa ser novios entre los chicos gays. En los tiempos actuales desde hace poco los chicos gays pueden contraer matrimonio civil y se podría decir que desde ese momento es cuando forman pareja en serio, viven en una misma casa y se organizan como familia. Todo esto en términos generales, porque cada caso es diferente. Lo mismo ocurre entre los heterosexuales. Desde el momento que se casan son esposos y forman un hogar que esperan sea ocupado por otros que son los hijos e incluso algún otro familiar por necesidad.

Pero esta regla general, en los tiempos actuales ha variado ya mucho respecto a no hace mucho tiempo. Las relaciones personales entre dos personas que se aman, sea chica-chica, chica-chico, chico-chico, están ahora en otro ámbito mucho más libre, un ámbito en el que la decisión de los dos es personal y socialmente más importante que la formalidad ante el sacerdote, el alcalde, el juez o el notario. De este modo, dos chicos —vamos a lo que se trata— que antes hubieran guardado un cierto tiempo para tener relaciones sexuales y de modo escondido, casi siempre iguales, sin experimentar posturas diversas, debido a las premuras para no ser sorprendidos o por las inconveniencias y dificultades del lugar. Cuántas veces dos chicos deseaban hacer el amor y quedarse juntos después para saborear los minutos vividos, habiendo preparado sus cuerpos y sus mentes con los “previa” mediante besos, tocamientos, palabras cariñosas, pero tenían que actuar en silencio y rápido, algo que, de no ser por la voluntad expresa, en poco se diferencia de una violación, sin tiempo para despojarse de sus ropas y sin poder pronunciar palabras ni gemir ni suspirar, casi sin disfrutarlo…

“Miraculeusement” estos tiempos no tan lejanos van pasando en la sociedad en general y, aunque todavía quedan algunas fobias contra ciertas conductas —cual es la homofobia—, los chicos son más y mejor comprendidos, amados y deseados en su propia familia. En cierta ocasión, estando reunido con algunas damas que por mediación de una de ellas querían escuchar una defensa de la homosexualidad, comencé a decir que la homosexualidad era tan indefendible como la heterosexualidad, que no era cuestión de defender la homosexualidad como si quisiéramos que todo el mundo fuera homosexual y entonces llegaría un momento en que una minoría sería heterosexual y estaríamos en la misma posición, aunque a la inversa. Lo que iba a defender era la libertad de un homosexual, transexual, lesbiana o pansexual para actuar como desee, cumpliendo las leyes justas y no provocando daños seguros a los demás. «Si ustedes tienen en su casa tres hijos y uno es homosexual —les decía— han de tratarlo como a los demás, pero igual que respetan a los otros dos que les gustan las chicas y buscan enamorarse con una, respeten al chico homosexual que le gustan los chicos y piensa juntarse con uno. Hay muchos beneficios en hacerlo así y pienso que el más importante es que ayudaríamos a la estabilidad en las uniones. Se habla de que los gays son promiscuos y débiles en la fidelidad. Gran error; en general, el ser humano poco formado puede ser promiscuo y quizá sea débil en la guarda de la fidelidad. Si educamos a los chicos en el amor y en las virtudes de generosidad, fidelidad, grandeza de espíritu, tanto heterosexuales como homosexuales estarán más pertrechados para ser fieles…. Puedo asegurarles, señoras, que hay más prostíbulos a los que acuden hombres casados que prostíbulos para gays. Pero los gays lo tienen más fácil que los hombres casados, porque estos están vigilados y controlados y los chicos gays solo espiados. Por ejemplo, un señor casado acude a su casa tarde y en horas fuera de trabajo y la mujer le inspecciona desde los calzoncillos hasta la corbata, mira su tarjetero, su móvil y huele todas las partes de su traje para descubrir olor de perfume femenino. Un chico gay va a casa y nadie le controla más que la hora y él lo escuda todo con los amigos y podría haber estado trabajando de puto o chapero. El exceso de control invita a las mentiras, engaños y mala vida, la tolerancia, el cariño familiar, la aceptación invita a la verdad, seguridad y confianza». Una señora dijo públicamente que le hubiera gustado que sus hijos fueran gays porque los tendría aún en casa, mientras que ahora tiene que ir a verlos, porque ni le muestran los nietos, pues lo peor que le había ocurrido a ella —decía— era tener nueras. Aunque esto me parece exagerado valga un botón de muestra.

Lo que venimos diciendo se refiere a nuestra pareja. Edgar y Salîm han decidido ser novios en la actualidad, no en la prehistoria o historia pasada. Y la atracción sexual que sienten entre sí es remedio de sus apetitos, como aquello que han dicho siempre los moralistas: “remedio de la concupiscencia”. No están siempre “tirándose”, pero sienten los mismos deseos que puede sentir cualquier otro chico de su edad, solo que no tienen un condicionamiento que preocupa a otros chicos que son heterosexuales, el embarazo de la chica y el consiguiente aborto. Esto puede hacerles más intrépidos en el uso del sexo. Edgar y Salîm se dan placer uno al otro, se tocan, se besan, se masturban juntos, piensan que esto y lo que pueda venir más adelante son los entretenimientos y expresiones para manifestarse lo mucho que se quieren en la intimidad, junto con otras muchas acciones que realizan ante cualquier otro de sus familiares, muy comunes a todos. En sus casas son totalmente aceptados y piensan que es normal que los chicos tengan pasiones y se ayuden a descargarlas y que es normal que se quieran y se expresen el amor. Saben que de ahí no deben pasar ni desear saber más. De hecho ellos mismos ponen sus ropas a la lavadora, tanto las de cama como las de vestir, la tienden, la planchan y la guardan. Son ellos los que limpian sus baños. Van proyectando su vida sin la mujer en casa, por eso —entre otras cosas más— no tienen principios machistas —lo que en tiempo no tan lejano se interpretaba como afeminados u homosexuales. Los primeros secretos de los chicos gays es que a nadie le importa su intimidad y esto procede a que prescindan de sus mamás y hermanas para tareas domésticas, es otro índice de reconocimiento de la propia orientación sexual, van poco a poco dejando a la mujer fuera de su intimidad fisiológica y sexual, pero la mantienen en lo intelectual, es decir, las mamás primero y las hermanas y primas después se convierten en consejeras al comienzo y en cómplices más tarde. Por eso las primeras en darse cuenta de que un chico es gay son sus mamás y sus hermanas mayores. En la medida que estas mujeres actúan dentro del marco permitido por el hijo o hermano, están aceptándolo, amándolo y quizá deseándolo como hermano gay. Para el chico heterosexual, la mamá y/o alguna hermana mayor va siendo sustituida por la novia paulatinamente, una vez casado, la mamá y/o hermana es desplazada. Para el chico gay, no existe la sustitución de su mamá ni hermana, él mismo sustituye tareas de la mamá, pero no los amores ni propiamente la mamá; la mamá interpreta esto como debilidad del hijo y está más cerca del hijo, pero el hijo está cada vez más lejos de su madre y busca a otro chico para rellenar el espacio de amor maternal que se va vaciando. Son cosas y remedios de la naturaleza.

Un caso raro o extraño o poco común ocurre con Edgar y Salîm. Ellos no pueden escapar del marco que hemos diseñado, pero quizá por la necesidad del padre de Salîm, que no quiere dejar su puesto como padre y quiere estar en el corazón de su único hijo varón y gay, tiene más cuidado de estar cerca de él. Ha conseguido con maña paternal penetrar en el corazón de Edgar, de modo que en lugar de un hijo, ahora tiene dos y sabe que ha de tratarlos de modo diferente a cada uno, pero sin descuidar el referencial de cada uno de ellos, que es el otro. El señor Tawfîq los distingue bien, pero no trata con ninguno de ellos nada sin referirse al otro, de esta manera asegura su permanente paternidad y el agrado de los muchachos, en los que, por supuesto, se complace. No entramos a preguntar ni el señor Tawfîq se preguntaría cómo le gusta que fuera o hubiera sido su hijo. Él no se interroga este asunto, su hijo es el que es y eso le basta; se interroga cada vez cómo ha de tratar a su hijo Salîm sin chocar ni con Edgar ni con el propio pensamiento de Salîm. Por eso algunas veces cuando quiere hablar con su hijo, pregunta a Edgar su parecer. El señor Tawfîq sabe que intelectualmente Edgar es superior a Salîm, pero no hay manos en el mundo que puedan sustituir las de su hijo. Pero Edgar piensa lo mismo, incluso Salîm piensa del mismo modo. He aquí tres hombres que se entienden perfectamente, a veces con solo mirarse. Para el señor Tawfîq Edgar es lo mejor que le ha ocurrido a su hijo. Quizá, haber tenido cuatro hijas puede haber puesto al señor Tawfîq en una especie de custodia y predilección hacia el menor de todos, un varón muy peculiar, con ideas muy varoniles, físicamente muy varonil, incluso en su voz, y con orientación sexual varonil. Es la perfección del macho alfa gay, que además se ha encontrado con otro macho alfa, aunque ambos son del todo versátiles y todo les agrada, aunque lo primero es complacer al amante.

Están en pleno verano, no son juguetones, quieren ambos trabajar en el taller para estar juntos cuanto más tiempo mejor; tienen una tarea marcada por el señor Tawfîq, la sustitución del técnico y su ayudante que salen de vacaciones durante el mes de julio. Así que piensan tener todo el verano trabajo, lo cual implica de lunes a viernes, desde las 8 de la mañana a las 6 de la tarde, excepto las tres horas de almuerzo, desde la una a las cuatro de la tarde. Pero cuando el trabajo urge disminuirán una hora, dos o todas para el almuerzo y se comerán un bocata que su padre les conseguirá. Pero el señor Tawfîq no es un sátrapa y sabe el tesoro que tiene. Cuando ocurra eso, esa noche cenarán en un restaurante y él departirá con “sus hijos”, tal como los llama siempre y presume ante los demás.

Una de esas ocasiones en que no interrumpieron para almorzar porque un coche daba mucho trabajo —desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde—, mientras Salîm trabajaba Edgar le sujetaba el bocata para que le diera mordiscos y luego Edgar daba un mordisco a su bocata. El señor Tawfîq los observaba desde su despacho. Edgar se encargó de que Salîm no parara el trabajo y le daba conversación, le mostraba el bocata con la mano derecha y Salîm mordía, luego Edgar mordía el suyo que lo tenía en la mano izquierda. Al mismo tiempo comenzaron, al mismo acabaron. El señor Tawfîq disfrutaba de verlos y a la vez sufría de verlos empeñados en su tarea. Levantó el teléfono y reservó para cenar. Avisó a su esposa si quería que pasaran por ella, pero tenía que atender a las chicas.

A las 6 de la tarde habían pasado la nota de reparaciones por contabilidad y se fueron a la ducha, allí dejaron todo el sudor, suciedad y cansancio. Salieron contentos y felices y a pesar del bocata, tenían hambre de presidiario.

Sentados a la mesa, el señor Tawfîq había pedido tres whiskys para hacer boca. Tampoco les dio a elegir la cena ya que era el menú de degustación. Ellos, que ya lo habían hablado antes entre sí, comentaron con el señor Tawfîq —que se había convertido en su confidente para casi todo—, si siendo tan jóvenes y con el serio compromiso para ser siempre uno del otro podían realizar cualquier tipo de relación sexual entre ellos.

Con la paciencia, mesura y lentitud habitual les preguntó por los resultados de sus respectivos análisis.

— Estamos limpios los dos, —dijeron a coro.

— Me lo imaginaba, —dijo su padre con la misma mesura.

— ¿Entonces?

— Vosotros, hijos míos, no vais a hacer lo que yo os diga, ni yo debo pretenderlo; yo no puedo pensar en cualquier momento ahora mis hijos están haciendo esto o lo otro (pausa larga). Me convertiría en un malpensado o alcahueta…, no; para mí, que os quiero, que os veo trabajar, estudiar y vivir, sois dos amantes como esposos, haced el amor y amaos; si de vez en cuando no hacéis el amor u os cansáis de manifestaros el amor, habréis matado vuestra vida. No preguntéis a nadie qué manera, qué posturas, qué tenéis que hacer, solo os recomiendo la higiene, que vuestros actos íntimos no sean solo placer sino expresión de amar y discutid alguna vez que eso no es malo.

— No podemos discutir, papá, —dijo Edgar.

— ¿Por qué?, —preguntó papá Tawfîq.

— Estamos de acuerdo en todo, —respondió Salim.

— Cuando llegue alguna discusión entre vosotros, no os preocupéis, es bueno, pero hacédmelo saber.

— ¿Cuando tomarás vacaciones, papá?, ¿cerrarás un tiempo el taller?, —preguntó Salîm.

— ¿Por qué preguntas eso?, ¿te ha dicho algo mamá?, —dijo papá Tawfîq.

— No; nosotros estábamos pensando que te fueras con mamá y las chicas de vacaciones que nosotros abriríamos el taller, respondió Salîm.

— Estos chicos…, ¿queréis matarme? Vosotros habéis hecho un año de esfuerzo inconmensurable y ahora me sustituís al que se va a quedar en el taller cuando cerremos. Él se quedará por si hay una emergencia rápida y uno de los contadores que quiere las vacaciones en Navidad se quedará con él. Ellos dos van a estar la primera quincena de agosto, nosotros nos iremos todos de vacaciones y el taller cierra para todos la segunda quincena de agosto, —concluyó papá Tawfîq.

— ¡¡Quéeeee!!, —exclamaron los dos muchachos— ¿nos quedamos sin trabajo? —añadió Edgar.

— Edgar, ¿te acuerdas cuando hace un año tu papá quería llevarte a Tarragona un fin de semana y que no fuisteis porque Salîm se puso enfermo repentinamente?

— Sí.

— Pues tu papá me ha dicho que vamos a ir este año los ocho.

— ¿Qué ocho?, —exclamaron los chicos.

— Tus papás, Miriam y Jorge, vosotros dos y mamá Nadir y yo.

— ¿ Y mis hermanas qué?, —preguntó Salîm.

— Tus hermanas se van de campamento con Aurelio, y Serafín se va de voluntario como tutor al mismo campamento.

— Papá Tawfîq…, Serafín no se va de voluntario, no, es un granuja —decía Edgar con mucha sorna—, hace tiempo peleó con su novia y está viniendo por el barrio y se ve con Adila; ¡ah!, y a mí me da que Aurelio se está enamorando de Zareen… —se quedó sonriendo con sorna— pienso que eso es lo que pasa…; pronto tendremos que buscarle un novio para Bashira…

— ¿Y tú sabías eso y no me has dicho nada?, —protestó Salîm.

— Sí te dije, —respondió Edgar.

— ¡No recuerdo que dijeras nada!, —volvió a protestar Salîm.

— Me dijiste que no quieres saber nada de los novios de las chicas, —se quejó Edgar.

— Sí, sí recuerdo, qué tonto soy, ¡si son mis hermanas!, —dijo Salîm muy arrepentido de no quererse enterar.

— A Tarragona, ¿dónde?, —preguntó Edgar.

— A un lugar que tú has pedido muchas veces a tu papá, idea que le gustó a Miriam y a Jorge, los mayores iremos para que no os hagáis daño…, —contestó papá Tawfîq.

— ¿Dónde es, Edgar?, —preguntó Salîm.

— La playa del Torn, en L’ Hospitalet de l’ Infant, —respondió sonriente y muy contento Edgar.

— ¿Te gusta, verdad?, —preguntó papá Tawfîq.

— Claaaaarooooo que síiiiii, —exclamó Edgar.

— ¿Qué hay allí?, —preguntó Salîm.

— A la noche te cuento todo, hace años que no he ido, antes mis padres iban, pero te contaré, —dijo Edgar mientras socarronamente se sonrieron papá Tawfîq y Edgar.

— Te gustará, te gustará, —dijo papá Tawfîq a Salîm.

Edgar se levantó, besó a papá Tawfîq y luego a Salîm. Cuando estaban de regreso hacia casa, llamó a su mamá para decirle que estaba bien y cómo habían quedado tanto tiempo en el taller y que habían ido a cenar casi a las 8 de la tarde, pues solo habían comido un bocata y cómo había estado la comida. Le contó todo menos lo del viaje programado. Preguntó por su papá, calculando que casi eran las 10 de la noche, aunque era aún de día. Su mamá le pasó el móvil a su padre.

— Hola, dime, ¿cómo estás?

— Yo, bien papá, ¿y tú?

— Bien, bien, un poco cansado, pero bien, sí, gracias, hijo…

— ¿No vas a tener vacaciones este año tampoco?

— Bueno, ahí te quería decir, pues sí, voy a tenerlas, sí, hijo…

— Ah, ¿sí?, y… ¿qué vas a hacer?

— ¿Qué quieres que haga?

— Ah, que descanses tú y que descanse mamá…

— Y tú ¿no?

— No sé, como estoy con Salîm, pues… ya sabes, ¿no, papa?

— Te entiendo, hijo, ¿cuando nos vemos?

— Puessss…, ¿qué te parece el domingo?

— El domingo os venís y hablamos, pero pregúntale al señor Tawfîq y mañana me cuentas.

— Vale, papa, un beso para ti y otro para mamá, pero dáselo de verdad que yo te lo devolveré…

Se puso a llorar de emoción y Salîm se incorporó y lo abrazó. Fue entonces cuando, una vez animado, le dijo a Salîm que el viaje a Tarragona era para darle gusto porque su padre sabía que le encantaba ir a una playa naturista. Irían a un hotel en L’Hospitalet, alquilarían bicicletas y se irían a la playa, los mayores no irían o irían alguna vez, si no hacía mucho calor, paseando o en coche lo más cerca que pudieran.

— ¿A Mariam le va el nudismo?, preguntó Edgar.

— A Mariam, si no ha cambiado ahora, no mucho, pero a Jorge sí —respondía Salîm—, seguro que ella lleva biquini, pero él sí se va a desnudar y nosotros también.

— Por supuesto, es delicioso bañarse y tomar el sol desnudo. Van a ser quince días de puta madre, dijo Edgar.

— Pues eso hemos de prepararlo desde esta misma noche. Comenzaron a desvestirse uno al otro. Edgar se le echó al cuello a Salîm y se puso a besarlo apasionadamente. Le daba unos besos profundos, con lengua incluida, entre besos mezclaba mordisquitos en los labios, lóbulos de las orejas, cuello, pechos, pezones…, Salîm le secundaba, claro. Expresaban un cariño hermoso y desesperado que fluía y manaba de sus cuerpos con sensualidad y ternura, con unas ganas locas de amar y ser amados y además muy novedoso. Se acariciaron, se besaron y se lamieron, en un común temblor de ilusión por la noticia de tales vacaciones… Edgar se sorprendió al notar que Salîm tenía muy duros sus pechos, muy fuertes sus abdominales, muy varonil y sensible que se manifestaba… Salîm metió sus manos por debajo de las nalgas de Edgar y le sobó el culo, Edgar hizo lo mismo. Entonces le dijo:

— Al fin…, al fin vamos a estar pública y oficialmente de novios haciéndonos el amor desnudos.

Se tumbaron y se pusieron a frotar una polla contra la otra. Salîm sobre Edgar y las caras juntas aliviándose con un permanente e inquietante beso. De inmediato, se pusieron a hacer el 69, y Edgar devoraba el mástil de Salîm que olía a semen ya, lechada limpia de chico inocente y majo. Él también chupaba la polla de Edgar, de principio a fin. 

Entonces Edgar le dijo a Salîm que realmente ya la tenía muy dura y se la tocó con las manos; en realidad, se la agarró. Sorprendentemente Salîm no solo es que no se resistió, sino que incluso le gustaba que Edgar se la agarrase, así que este empezó a pajearle lentamente. Salîm respondió de la misma manera. Como si fuera una novedad y nunca hubiera visto una polla, comenzó a jugar con el prepucio de Edgar para ver si podía cubrir totalmente el capullo para luego soltar y dejar que saliera nuevamente. A Edgar eso le excitaba mucho. Cada vez se iba poniendo más morbosa la situación.

Así que, tomando Edgar la iniciativa, le sugirió a Salîm que se hicieran una paja mutua y a la vez ya comenzó a pajearlo. Salîm se reía muy feliz porque se cumplía un deseo suyo. Desde el principio se notaba que quería hacer algo más. Salîm y Edgar se estaban pajeando uno al otro, lo cual no era novedad, sino que en la mente de los dos no había final. Agarrando uno la polla del otro con ganas de competir a ver quién se correría antes, estando Edgar más empalmado y excitado que Salîm parecía que Edgar se correría primero. Cuando no podía aguantar más dejó de pajear a Salîm y le dijo que ya se iba a correr, que iba a lanzar su leche a la desesperada. Le agarró la mano a Salîm que estaba sobre su polla y le ayudó a acabársela, tirando toda su leche encima de Salîm, le llegó a la cara, al pecho, pues estaba un poco inclinado hacia él.  Luego se la acabó Edgar a Salîm. No se extendió la corrida de Salîm, porque Edgar ahuecó el glande para que la leche se quedara en su mano y apretaba el pene para que se fuera derramando poco a poco, sin apenas disparar ningún chorro a cualquier parte. Se miraban la polla el uno al otro y riendo con complicidad por lo que acababa de pasar, se metió Edgar un dedo en su boca y Salîm se metió otro, luego Edgar lamió su propia lefa del pecho de Salîm, y al que iba a recoger la que este tenía sobre sus labios, debajo de la nariz, Salîm le dio un beso corto con lengua y le pidió la mano, lamió, igualmente Edgar y recogieron todo rastro de ambas eyaculaciones y las metieron en la boca degustando. Se dieron un beso y degustaron sus propias lefas mezcladas.

— ¡Qué bueno estás!, exclamó Edgar.

— ¡Qué sabroso eres!, exclamó Salîm.

— Todo lo tienes bueno, mi amor, dijo Edgar.

— Tú eres mi bondad, respondió Salîm.

Y así, entre ternuras cada vez más susurradas y otras cursilerías, se durmieron, hablándose quedamente y olvidando la ducha.

Se despertaron pegados uno al otro y con restos de semen entre ambos cuerpos unidos a la piel de cada uno de ellos. No se habían movido en toda la noche o los cuerpos de los chicos, amparados en su propia inconsciencia, habían reaccionado impulsivamente a la continuación del placer hasta que se durmieron, hablando susurros de amor y con las bocas en un beso cruzado.

EDGAR Y SALÎM: montar la clara a punto de nieve

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El verano iba a ser esplendoroso. Habían concluido 1º de bachillerato con notas desconocidas hasta ese momento. Las de ambos eran muy superiores a las de años anteriores, pero ellos estaban casi empatados, pues, aunque Edgar era más fuerte en matemáticas, Salîm lo era en literatura. Ambos se complementaban con justicia uno al otro. Esto llenó de satisfacción a las dos familias, porque sus hijos, aunque parecieran enamorados, no desperdiciaron el tiempo, sino muy al contrario, estimularon a los respectivos hermanos y hermanas.

Al principio de todo este asunto, tanto los padre de Edgar como los de Salîm conversaron respecto a los estudios de sus hijos: dejaron que siguieran en sus anteriores colegios, que vivieran juntos los fines de semana, vigilar delicadamente que no se dieran a las drogas o al alcohol, vigilar si se hacían nuevos amigos con alguna perversidad, y poco a poco dejaron de vigilar tantas cosas, porque siempre los tenían en una u otra casa, les contaban aspectos de su vida, aunque no los más íntimos, como ocurre en todas las familias, porque hay aspectos de la intimidad que requieren precisamente eso, intimidad. Pero esos decía abiertamente que se llevaban bien, que les gustaba la compañía, que se sentían libres, y sobre todo era abierta la postura de estudiar, porque a veces les tenían que decir que dejaran de conversar de lo que estudiaban porque en familia hay otras cosas importantes. Hay algo que, sin hablarlo nadie, todo el mundo familiar lo sabía, les gustaba estar juntos para todo, se sentían seguros y eran más eficientes que anteriormente. Notaban también que habían madurado frente a las dificultades, lo que se mostraba sobre todo cuando ayudaban en el taller, no cejaban hasta encontrar la solución y una vez hallada y puesta la solución, estuviera quien estuviera, se abrazaban para manifestar su satisfacción. Tanto fue así que los demás técnicos y operarios se contagiaban y actuaban del mismo modo. Solo se diferenciaban en el modo de abrazarse, porque los dos chicos eran más escandalosos, con abrazos más largos y apretones en las nalgas. No solían ser provocadores, pero había algo que tenían que proteger, sus manifestaciones. El señor Tawfîq se había propuesto ayudarles al respecto: «Vosotros, solos o con nosotros, vuestros padres y hermanos, podéis hacer aquellas manifestaciones que os parezca, nosotros lo entendemos; pero los demás interpretas vuestros gestos sin entender vuestro cariño. Ante personas conocidas por vosotros, como compañeros de colegio, trabajadores del taller, vecinos de casa y otros que os conocen, tenéis que ser moderados, ellos os conocen y no entienden del todo, se sorprenden y comentan cosas de vosotros acertadas y equivocadas. Vuestra imagen ante ellos corre el riesgo de deteriorarse. En casa es diferente, os conocemos, os queremos y nos parece bien que os manifestéis cariñosamente. Ante gente que no os conoce, mientras no provoquéis escándalo, tampoco hay mayor problema, si entienden les parecerá simpático; si no entienden pensarán mal o comentarán inadecuadamente entre ellos o con terceros, pero vosotros seguiréis siendo los mismos, porque no estáis en la vida de ellos. Por ejemplo, si la esposa de uno de ellos trabajara en el taller no me gustaría que se abrazaran, se besaran o se tocaran el culo cada vez que aciertan. Vosotros tenéis que cuidar eso.

Lo conversaron y les pareció tan justo y adecuada las palabras de papá Tawfîq que cambiaron radicalmente. Un día, conversando con el señor Tawfîq, Edgar le dijo:

— Papá, hemos hecho caso a tus consejos, nos parece bien, incluso creo que nos va mejor, pues nos ha ayudado a tener compases de espera para manifestar nuestro afecto, nos parece más racional cómo lo hacemos ahora.

En eso que aparecía Salîm, y preguntó:

— ¿De qué se habla a mis espaldas y a traición?

— Hijo, Edgar y yo comentábamos generalidades y hemos llegado al punto en que has entrado y me ha puesto contento, porque en lugar de disgustaros por mis consejos, resulta que los comentáis y ponéis por obra.

— Papá, los que más nos quieren son nuestros padres y hermanos, Edgar y yo estamos muy agradecidos: pero yo quería decirte otra cosa más simpática que hemos hablado, por eso Edgar te ha entretenido hasta que yo llegara por si tenías que irte.

— Dime, pues, Salîm.

Edgar y yo hemos pensado algo importante para nosotros y necesitamos consultarlo a las dos familias juntas porque a todos afecta, o al menos lo pensamos, pero hemos considerado decírtelo a ti antes y que nos aconsejaras si lo decimos a toda la familia.

— Pues dilo, porque me has puesto ya intranquilo.

— Anda, Edgar, díselo.

— Papá —dijo Edgar enderezándose su espalda para hablar pausadamente— ya ves que hace tiempo que te digo, papá y Salîm hace lo mismo con mi padre; queremos que sepas que nos hemos hecho novios y no queremos ocultarlo. La pregunta es, ¿es el momento de decirlo a la familia o dejamos que lo adivinen más de lo que saben por conjeturas?

El señor Tawfîq guardó un prolongado silencio que ponía nervioso a los chicos y se miraban entre sí, alternando con las miradas que le dirigían al señor Tawfîq, que estaba con la mano sobre la frente, tocando solo la sien el pulgar y el extremo de la frente el dedo medio. Se enderezó, respiró profundo, inclinó la espalda sobre el respaldo y tiró toda la cabeza hacia atrás mirando al techo. Volvió a enderezarse, curvó la espalda mirando el escritorio, tomó el teléfono de la oficina donde apretó un solo número y respondió una voz que los chicos no oían.

— Sí, dime, Tawfîq.

— Estoy aquí pensando un rato y se me ha ocurrido llamarte…

— ¿Algún problema…?

— No; no, no; no, no, no, de ninguna manera, todo lo contrario…

(un rato de silencio)

— Tawfîq, ¿sigues ahí?

— Ah, sí, sí; es la emoción…, quiero preguntarte si el domingo puedes venir con toda la tropa a comer en casa.

— ¿Pasado mañana?

— Sí, claro, pasado mañana.

— Por supuesto que sí, yo llevo el champaña francés.

— Trae abundante porque tú y yo nos vamos a emborrachar.

— De acuerdo.

— Un fuerte abrazo, Serafín.

Miró a los chicos que recién se estaban desahogando de la angustia y les dijo:

— Lo anunciáis el domingo a los postres y con champaña francés que traerá mi buen amigo Serafín.

Se quedaron de piedra, contentos, pero sin poder reaccionar.

— ¿Ahora que os pasa? Ahora quiero ver cómo mis hijos se abrazan y si saben besarse mejor que yo a mi mujer.

Primero con temor, luego con pasión y alegría se besaron largo y como sabían.

— Hala, ahora toca lavaros y nos vamos a comer para celebrar vuestra decisión.

Los ricos pasteles cuestan de elaborar, los moldes, la masa pastelera y los adornos y cuando se desea adornar de modo especial un pastel, hay que batir la clara del huevo, batirla bien, constante y montarla a punto de nieve.

Para montar la clara a punto de nieve se necesita lo siguiente:

1. Que todo esté muy limpio. Hay que limpiar el recipiente, enjuagarlo bien y no queden restos de nada y luego que todo quede bien seco.

Ese día había sido bonito, comieron en un restaurante no lujoso, pero sí todo rico, y sobretodo, habían tenido la compañía del Señor Tawfîq, uno de los dos padres que ya tenían los muchachos. Papá Tawfîq les dijo que era feliz, porque de estos hijos suyos sabía todo antes que nadie, pero que él se encargaba de tener al día a su amigo Serafín. Los chicos bromearon con él, le llamaron chismoso, chivato, soplón y muchas cosas más, pero también que estaban de acuerdo.

En la tarde, en casa, porque no querían salir a ningún sitio, los chicos se ducharon bien, se limpiaron uno al otro, revisaron las partes más ocultas como el ano, echaron con la manguera sin teléfono agua en el interior para sacar todas las impurezas. Ambos tenía bien limpios sus intestinos. Se secaron bien con la toalla y se metieron sobre la cama desnudos y totalmente despatarrados con las piernas abiertas y el costado tocándose y cogidos de la mano. Se sabían uno y se sabían otro. Querían experimentar su ser uno y el otro simultáneamente.

2. Separar bien la yema de la clara. porque al ser la yema una grasa dificulta la formación espumosa. Si se te cae un poco de yema en la clara quítala con una cuchara y si se queda un poquito que no puedes retirar lo más normal es que no pase nada y puedas montar las claras sin problemas.

No iban a tener problemas, los dos eran un alma, ya lo sabían, pero eran dos cuerpos. para que esos cuerpos se reconocieran, necesitaban separar el alma del cuerpo de modo intelectual. Respiraron profundo para vaciarse de la conciencia de su alma y siempre queda algo, pero tan mínimo que no interfiere ente el placer de dos cuerpos que van a reconocerse totalmente.

3. Si vas a montar las claras para usarlas en frío, por ejemplo para un merengue francés sin cocción o para un suflé frío, te aconsejo que uses claras pasteurizadas (las que venden en botes) para evitar problemas con la salmonela.

Claro que la iban a utilizar en frío. Era lo propio, por tanto decidieron que ese día pasaba pero luego irían a hacerse la pruebas. Lo harían tras la declaración en familia de su nueva situación, pues para ellos ya era un paso en el que las relaciones sexuales también se oficializaban, solo que tenían que cuidar de sus estudios en la universidad Edgar y en la FP Salîm. Volverían a hablar con papá Tawfîq y él les buscaría los médicos correspondientes más adecuadas para hacerse sus pruebas. Solo se habían preguntado si habían tenido relaciones sexuales con alguien. Ambos concluyeron que no habían tenido nada propiamente sexual con nadie. Como se fiaban uno del hombre y siempre se eran sinceros concluyeron que hoy iban a montar la clara a punto de nieve. Así, que se encontraban al natural y se pasteurizarían luego, para guardar todas las precauciones.

4. Si se usa una batidora eléctrica, es mejor batir a baja velocidad al principio (como verás en el paso a paso). Así ayudas a que se formen burbujas de aire más pequeñas en la espuma y las claras montadas serán más estables. Si se bate a mano no tendrás este problema ya que la muñeca tampoco va a tanta velocidad.

No iban a usar batidora eléctrica porque le quitaría la gracia, decidieron ayudarse quizá un poco a mano al comienzo y muy lentamente y luego…, ah, luego… Luego continuarían a boca.

5. Para montar claras a punto de nieve necesitamos:

  • • claras de huevo
  • • una pizca de sal,
  • • un recipiente grande
  • • un batidor de varillas manual o eléctrico (te recomiendo el eléctrico)

— La clara ya la tenemos separado, —dijo Salîm a Edgar.

— La pizca de sal viene incorporada, —respondió Edgar.

— ¿Qué tal tu boca?, ¿es suficiente?, —preguntó Salîm

— Entonces a batir con la lengua, que está electrificada, —respondió Edgar.

6. Cómo montar claras a “Punto de Nieve” paso a paso:

1º) Extrae las claras y ponlas en un recipiente amplio y limpio. Añade una pizca de sal y empieza a batir a baja velocidad hasta que se forme un poco de espuma.

La extracción hay que hacerla con cuidado, es más importante dar placer al compañero que extraer en sí las claras. Paciencia, cariño y mucho cuidado

2º) Ahora bate a más velocidad hasta que las claras alcance la FASE DE PUNTAS BLANDAS: fíjate en la foto que se forman puntas pero no se mantiene hacia arriba.

Poco a poco mayor velocidad, los gemidos de tu compañero te irá diciendo sobre aceleración y desaceleración. Piensa en él, no busques tu placer sino el de tu amante, ahí encontrarás tu placer.

3º) Continua batiendo hasta que las claras alcance la FASE DE PUNTAS RIGIDAS: se forman puntas y se mantienen en su posición. En esta fase si metemos una cuchara en vertical vemos que no se mantiene erguida porque la espuma aún no es lo suficientemente densa.

Primero habrás notado el líquido transparente que algunos llaman lubricante y otros simplemente pre-semen. Ahí no hay sustancia, solo es algo necesario para que el semen salga purificado, sin impurezas del conducto peneano. No pares, no cejes, haz vibrar a tu compañero y notarás la espuma, como espuma de mar, un poco salada pero inconfundiblemente placentera y rica.

4º) Si seguimos batiendo las claras se montarán a PUNTO DE NIEVE: fíjate en la foto que la espuma es más densa y que si metemos de nuevo la cuchara ahora sí se mantiene totalmente vertical.

Si continuas pensando en tu amigo y le das miradas desde abajo arriba a sus ojos, notarás su placer y aumentarás el tuyo. Ya notas la espuma más fina a partir del tercer o cuarto chorro, esa te va a deleitar.

5º) Las claras a punto de nieve tienen tanta cohesión que puedes volcar el cuenco sin miedo a que las claras caigan de él. La prueba habitual es poner el recipiente sobre la cabeza para ver si están bien montadas pero yo no te lo recomiendo por si acaso.

Tú mantén en la boca los últimos jugos, si has podido tragar los primeros sin desperdiciar la vida de tu amante, aguanta los segundos, ese segundo grupo vais a degustarlo juntos en una rico beso que os producirá el intercambio. 

Es recomendable entre una pareja muy bien avenida que todo el proceso se inicie con un 69, ir al compás sin adelantarse ni atrasarse, pensar más en el otro que en uno mismo, y aceptar el semen como una crema pastelera hecha de claras y montada a punto de nieve.

Lo más agradable es después de haber participado en el banquete que tu compañero te proporciona, que conserves en tu boca restos de las últimas eyaculadas para que mezclándolas en la boca de tu amor, participéis ambos de los mismos placeres y sabores, con valor añadido debido a la mezcla de la saliva. Más que un pastel es una auténtica bacanal.

Espero que esta técnica de cocina haya sido de ayuda y que te sirva para realizar sin problemas esas relaciones de amor en las que se requiere de la clara montada a punto de hielo.

Es lo que hicieron Salîm y Edgar para iniciar una nueva andadura, un 69, que los dejó agotadísimos. Así rubricaron su amor y seguirían rubricándolo del mismo modo con frecuencia.

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