CÉSAR: PRÓLOGO

PORTADA

PRÓLOGO

Este libro puede considerarse una continuación, o mejor dicho, una complementariedad de COMO FRENTE AL ESPEJO. Allí se narra en primera persona, al estilo autobiográfico, tal como en él se explica; en el que estamos ahora la narrativa discurre en tercera persona. Ahora se quiere contar la vida de un adolescente que nos lo presentará el autor en el primer capítulo.

El autor de aquel primer libro narraba escenas que se referían a su propia vida, en este nos cuenta la vida de su sobrino. Es diferente el ámbito social; mientras Jess vive en la ciudad, César nace, crece y pasa su adolescencia en el “pueblo de sus abuelos” que es a la vez el pueblo donde nació y vivió siempre su padre. Son dos maneras diferentes de descubrir, vivir, sufrir y gozar la propia homosexualidad. Son diferentes los acontecimientos y las personas, son diferentes los hábitos sociales y son diferentes los modos de ver y considerar ciertas realidades de las personas, sobre todo porque las gentes de un pueblo se conocen casi todas y, siendo más cerrados a aceptar ciertas actitudes de las personas, no les abren el corazón, ni las puertas de sus casas y ni la comprensión. En estos ambientes cerrados de mente, es difícil que un chico adolescente salga del clóset y declare su naturaleza, incluso con frecuencia los mismos adolescentes que descubren su homosexualidad como un poder que está sobre ellos, sienten como si ellos mismos fueran malos, desviados o degenerados, y tienen temor de ser descubiertos y vivir su propio calvario. Ellos mismos descubren su situación al ver el acoso, maltrato y bullying que sufren otros simplemente porque se sospecha que son “maricones”.

Se denomina bullying al acoso físico o psicológico al que someten, de forma continuada, a un alumno sus compañeros. Esta palabra procedente del inglés es derivada del verbo to bully, que significa ‘intimidar’.

El acoso escolar homofóbico, llamado también gay bashing, Consiste el bullying o acoso escolar en el daño o daños físicos, psicológicos o morales que se infligen a los adolescentes por tener una orientación sexual hacia personas del mismo sexo; incluso alcanza a aquellos que, sin ser homosexuales, aparentan como tales, a causa de un cierta timidez o amaneramientos o bien que alguien de entre los agresores ha supuesto o inventado la homosexualidad en la persona agredida. Es un tipo de violencia que provoca aislamiento o una cierta cantidad de obstáculos a veces insalvables para el propio desarrollo humano. A veces esta violencia es física en base golpes, heridas, acosos incluso sexuales, violaciones. Se conocen casos en los que los supuestos heterosexuales maltratan a la víctima que saben o suponen homosexual con una múltiple violación sexual. La más reconocida forma de violencia homofóbica es el aislamiento de la víctima con una grave consecuencia: absentismo escolar y dejar de estudiar, por verse diferente y excluido de la sociedad. Algunos adolescentes, ante una situación de acoso y aislamiento, ven insoportable su propia vida y piensan en el suicidio, lo que algunos de ellos han llegado a realizar.

Se insulta con la palabra “maricón”, que tiene un concepto peyorativo, el maricón, marica o machorra es considerado como un desviado, degenerado e inútil en la sociedad. No es más que un prejuicio que los niños aprenden desde sus padres en la propia casa. Atacan a los que consideran o son afeminados entre los varones, para ellos ser homosexual es ser afeminado, es decir, una mujer con atributos fisiológicos masculinos. Este concepto tan errado se mantiene hoy en día en nuestra sociedad y alcanza a los propios homosexuales cuando se hablan en femenino, visten con prendas propias de mujer o en la actividad sexual el activo trata al pasivo de puta, “putita”, mi hembrita, etc, incluso el pasivo se acomoda mejor considerándose una hembra. No deja de ser un error que no es general, porque los dos homosexuales en la relación sexual son hombres, uno lleva la parte activa (penetra) y el otro la pasiva (es penetrado), pero no hay vagina, por tanto no hay razón para degradarse. Otra cosa distinta es cuando uno se siente mujer o le gustaría ser mujer; aunque no esté operado su mente funciona como una mujer y como tal debe ser tratado, si se desea respetar su voluntad u orientación.

Los ataques de los acosadores homofóbicos suele considerarse entre ellos como justos, necesarios y adecuados, ya que dicen y piensan que “solo hacen con los maricones lo que se merecen”.

Al igual que en el primer libro COMO FRENTE AL ESPEJO vimos la protección de un adolescente gay por parte de su padre, ahora vamos a descubrir como una mujer, la madre del chico gay, orienta a su hijo y le apoya de modo que no se deje llevar ni tema ningún bullying, aprenda a defenderse con la inteligencia y frene los acosos por sacar mejores calificaciones que sus compañeros de clase. Es curioso descubrir cómo un muchacho gay inteligente y estudioso se gana el respeto de sus compañeros y la admiración de sus compañeras de clase.

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EL CUENTO DEL CONDON MÁGICO

Era sábado, yo caminaba por el Mercado Central, el mejor mercado de la ciudad, donde los productos son siempre frescos, económicos y bien presentados. Así se suele decir que es el mejor mercado de Europa en cuanto a sus productos frescos. Es un edificio modernista, comprar allí es un lujo. Pero lo más interesante para nuestra historia son las calles adyacentes. Al lado hay una iglesia enorme, tan antigua que produce unos efectos de ranciedad a la zona. Luego hay una calle que lleva directamente a los prostíbulos, de hecho, se ven, sobre todo al anochecer, prostitutas merodeasteis cerca del mercado y la Iglesia para llevarse a los clientes. Esto debe ocurrir, pienso yo, cuando hay escasez de coitos y pocas ganancias pecuniarias.

Salí a la calle, donde hay otros que comerciantes transeúntes que venden en pequeños estantes de casi todo, ropa, bolsos, llaveros y todas las cosas que uno puede necesitar. Es gracioso ver colgados como si fuera un tendal, los diversos tipos de calzoncillos o de bragas de mujer, tangas, slips y todo lo necesario para vestirse. Llega uno allí desnudo desde su casa y se viste completamente en menos que canta un gallo.

Al llegar a la esquina, sentí sobre mi cuello una ráfaga de viento que me hizo mirar hacia una calle oscura y tranquila. Parecía que el viento se dirigía allí y me envolvió en sus brazos para transportarme a la otra parte de la avenida e introducirme en aquella callejuela tortuosa, estrecha, oscura y maloliente. La única señal clasificadora era un letrero que, aun siendo a pleno día, estaba tenuemente iluminado al final de la calle.

Al principio, como me sentí transportado y no opuse resistencia, me atemoricé un poco. Además, allí comenzaba el barrio de la prostitución, de hecho había algún hombre suelto como quien busca. Supongo que les pasaría lo que a mí. Pues se asomaba por una de aquellas puertas una mujer, facilonamente vestida y tentaba a hacerte pasar para yacer con ella. De hecho, se me asomaron algunas, pero de una recuerdo aquellas palabras:

— Ey, jovencito, ¿te gustan mis tetas? —sacándolas con mucha facilidad de aquella bata muy escotada— Entra, guapo, verás qué bueno.

Eso aumentó un poco mi temor. No es que me den miedo las mujeres, sino porque jamás se me ha ocurrido follar con ninguna. Mi curiosidad no estaba en la prostitución, sino en donde me llevaba el viento mientras yo sintiera ese día de inmensa calor, que en mi pescuezo soplara de continuo el viento que me arrastraba. Era verano, yo calzaba unas zapatillas verdirojas de Nike sin calcetines, un short corto muy corto y una camiseta de tirantes muy sesgada por los lados. Llevaba mi reloj en la muñeca, mi iPhone en el bolsillo y en los bolsillos traseros llevaba los AirPods guardados en uno y en el otro mi DNI y mi dinero dentro de una cartera muy sencilla, en la cabeza gorra y sobre la nariz mis gafas de sol.

Siempre he sido curioso de todo lo misterioso y mi curiosidad consiguió que penetrara en aquella callejuela hasta el fondo atravesando varios portales por donde asomaban las incitadoras al sexo, incluso una, cuando me paré leyendo aquel letrero, me puso las manos en mi desnudo muslo acariciando mi pierna y dijo:

—Este chico es maricón, lleva las piernas afeitadas.

Aceleré el paso al compás del aceleramiento del corazón y esta curiosidad mía fue capaz de sacar lo mejor de mí, el atrevimiento, la osadía, la puesta ante el peligro. Decidí seguir adelante y comprobar que soy valiente. Ahí tenía el letrero delante y se leía simple y llanamente una palabra: Magia.

Hasta ese momento la magia no había sido compatible conmigo, siempre pensé que todo eran trucos, hacer ver por despiste lo que no ocurre. Siempre había sido muy escéptico a todo lo llamado mágico. Pero allí, delante de aquel letrero, parcamente luminoso en pleno día y tras leer la palabra: Magia. Cesó el viento en mi pescuezo y me entró un frío general en el cuerpo. Me quedé en medio del calor del día como un hielo y una voz como el silbo de una serpiente me decía:

— Entra, entra, entra, es aquí; entra que es aquí.

Las palabras me sonaban, no desde fuera por el oído sino desde el frío de mi cuerpo, en mis sienes y se arrastraban por mi piel desde la planta de los pies hasta la cabeza. Así que decidí entrar. Al que empujé aquella vieja puerta de madera y cristal, llena de objetos colgados en alambres y ante aquella penosa oscuridad que reinaba en el interior, yo, venido desde la calle, me asombré y me asusté más al son de una campanilla con acústica de castañuelas. Metí mis dos pies sobre aquel periódico que servía de alfombra en la entrada y miré sin mover los pies desde la derecha a la izquierda todo lo que había colgado en lo que yo suponía que eran las paredes porque de ellas no se veía ni el mínimo resquicio. Aunque algo escéptico, decidí echar un vistazo dentro. Descubrí que había un montón de artículos mágicos, varitas, sombreros, troncos, plumas, incluso grullas y búhos. Los elementos característicos que suele haber involucrados con la magia, nada realmente emocionante.

Ya iba a salirme por aquella misma puerta, cuando un extraño ser de espeluznante voz afeminada dijo:

— ¿Ya te vas, muchacho?, ¿tan pronto?

Di la vuelta para saber quien me hablaba y vi a un hombre mayor, entrado en años, con abrigo y sombrero negros, que aparecía por detrás del mostrador. Como solo me miraba con aquella cara exprimida y barba grasienta, dije:

— ¿Por qué no?, realmente no he visto nada de lo que me pareciera de auténtica magia, todo lo que veo son objetos para engañar con trucos demasiado vistos y muy sabidos.

Él sonrió y dijo:

— Ea, el muchacho parece saber mucho; tal vez yo tenga algo aquí que jamás hayas visto.

Me acerqué al mostrador con cierto desdén y desprecio. El viejo sacó una pequeña caja que puso sobre el mostrador.

—Adelante, ábrelo y ya me dirás, muchacho, —dijo.

Poco a poco abrí la caja y miré su interior. Me sorprendió ver que solo contenía un condón. Estupefacto por semejante banal sorpresa, lo miré y le pregunté:

— ¿Qué es esto?

— Es más de lo que tú puedes pensar y creer que es —dijo en plan magisterial—. Este condón es realmente mágico.

Lo miré todavía con incredulidad, y exigí que me explicara más, si acaso podía, porque de no ser así me dirigiría hacia la puerta. Entonces me explicó:

— Quien quiera que sea el primer usuario de este condón, será capaz de controlar y adquirir su constitución corporal.

Entonces me puse a pensar que ahora soy como un rapazuelo muy delgado, intento cambiar haciendo ejercicio, pero no he obtenido ningún resultado satisfactorio. Me intrigó más cuando le hice la siguiente pregunta:

— ¿Cuánto es?

Me miró y dijo:

— ¿Qué te parece tu ropa interior con tu semen pegado en ella?

— ¿Mi ropa interior?, —le pregunté extrañado.

— Sí, en efecto, además de vender artículos de magia y ser anticuario, también soy coleccionista de cosas curiosas y extrañas, colecciono ropa interior con semen de gente joven para aliviar mi vida.

Pensé que no había nada que me impidiera regresar a casa sin mi ropa interior, si podía obtener un condón al que llaman mágico y de este modo ver si era algo bueno el tenerlo y si realmente funcionaría como decía el viejo. Por tanto, acepté, fui a la habitación de atrás para completar su solicitud y le dejé sobre la mesa mi ropa interior todavía húmeda de la última vez que me había masturbado, mientras el viejo empacaba la caja para mí. Miró si en verdad la había dejado, olió, y me entregó la caja con el condón supuestamente mágico.

Llegué a casa, estaba verdaderamente emocionado por probarlo y ver si esto realmente funcionaba. Abrí la caja y saqué el condón de su envoltorio. Me desnudé y me acosté en la cama. Comencé a ponerme el condón cuando mi polla se puso erecta. Con la mano moví el condón a lo largo de mi polla para llegar a abrirlo completamente. Inmediatamente Sentí que mi pene se estaba calentando y ni siquiera tenía que tocarme y que me metía más y más en la sensación de lujuria. Podía sentir todas las sensaciones de la masturbación superando lo que había ocurrido hasta el presente, cuando, de repente, arqueé la espalda obligado por una fuerza interna y disparé carga tras carga en el interior del condón. Acabado de salir, miré mi semen en el condón mientras yo estaba en mi orgasmo; pero cuando acabé de expulsarlo el semen se filtraba lentamente hacia adentro de mi polla y el condón iba devolviendo todo mi esperma. Entonces pensé para mí mismo si esto que yo veía con mis ojos podría ser real. Me emocioné al comprobarlo, y entonces formulé un plan. Guardé el condón sin limpiar, no le hacía falta, dentro de su cajita

Al día siguiente me encontré con Miguel, un amigo que juega en el equipo de waterpolo y está en muy buena forma. A él se le acercaban las chicas como si fuera de caramelo y se aprovechaba de ese rango que ellas le daban para desvirgar a unas y duplicar con otras. Esto era muy sabido. No éramos amigos íntimos, sino que estábamos en la misma pandilla de amiguitos haciendo de las nuestras con las chicas. Decidí que él tenía que ser parte de mi experimento. Hablamos un poco mientras paseábamos y decidimos encontrarnos en mi casa después de su juego el viernes por la noche.

Llegó el viernes y yo lo tenía todo preparado. Llegó, pero parecía un poco molesto. Le pregunté

— ¿Qué tal ha ido hoy el partido?

— Muy bien, hemos ganado.

— Entonces, debieras estar contento.

— Si, pero…, me ha dejado Rosy.

— ¿Tu chica?

— Sí, ha roto conmigo, dice que no soy su tipo y que hago caso a las demás chicas; no la entiendo.

Ahí me di cuenta y descubrí que le gustan las cosas hechas, no es buen jugador de la vida y no pelea por lo que quiere. Saqué unas cervezas de la nevera de mis padres y las vertí en un vaso con un poco de vodka para hacerlas más potentes. Tomó un par de cervezas y luego me dijo que ya estaba bien y necesitaba irse a casa.

Le dije:

— Yo pienso que no debieras salir en tu condición actual, porque has tomado vodka en abundancia, creo que debes quedarte y pasar la noche aquí, ya mañana te vas tranquilo.

Lo convencí con muchas razones tontas para que se quedara a pasar la noche. Nos preparamos para ir a la cama y compartirla, ya que era lo suficientemente grande para los dos. Una hora después lo revisé y de tan bebido que estaba se mareó y quedó profundamente dormido. Ese momento me pareció el más seguro para comenzar el experimento.

Tomé con cuidado ambos brazos y los até con seguridad a la cama. Luego le quité con cuidado sus pantalones cortos y su ropa interior, que decidí guardármela para mí y comenzar una colección de ropa interior que oliera a macho. Até sus tobillos a las esquinas de la cama. Encendí la luz y él comenzó a agitarse un poco, como quien está volviendo en sí. Fue a moverse y notó que no podía mover ninguna de sus extremidades.

— ¿Qué coño es esto?, —me preguntó enojado—. ¡Desátame, eso lo exijo!

Sonreí y le dije

— Te desataré, pero antes quiero hacer algo muy interesante.

— ¡Joder, déjame ir!

No le hice caso. Fui a mi mesita de noche y abrí la caja especial. Saqué el condón, se lo mostré

Y él me preguntó

— ¿Qué, coño, vas a hacer con eso?

— Ya lo verás, —dije sonriendo.

— ¡¡Joder, por tu puta madre, suéltame!!, —gritó mientras comenzaba a tirar de sus manos y pies para soltarse.

Me senté en la cama y me coloqué entre sus piernas. Entonces acerqué mi boca a su polla y comencé a chuparla.

— ¿Qué mariconadas me estás haciendo? Sácame de aquí, puto maricón.

Seguí lamiendo con mi lengua alrededor de su polla. A los pocos minutos pude sentir cómo su polla comenzaba a endurecerse. Mientras lo hacía, él gritó:

— ¡Joder, joder, joder! ¡Yo no soy gay, sácame de aquí! ¡Deja de hacerme esto!

Demoré algo más para que se pusiera un poco más duro y luego comencé a ponerle el condón. Solo metí la cabeza cuando él comenzó a moverse y menearse como un loco de pasión y lujuria. Me tiró de la cama, pero el condón se mantuvo en su polla. De hecho, cuanto más él se agitaba, el condón más envolvía su pene y más lo endurecía. Sus gritos disminuyeron considerablemente y pasó a gemir de placer. El condón finalmente llegó a la base de su pene, sin que yo ni nadie lo desplegara, igual que me había hecho a mí la noche anterior. El fluido comenzó a llenar el condón y me di cuenta de que era mi semen. Al instante me puse duro a la vista de esto. Él comenzó a gemir más fuerte cuando su polla comenzó a estirar el condón hasta el punto en que pensé que se iba a romper. Sus abdominales se estaban apretando de placer y luego escuché que soltaba un rugido cuando su polla se movió en el condón derrochando su semen que se juntó con el mío de la noche anterior. Vi que el semen fluía de regreso a su pene mientras seguía gimiendo ruidosamente por su orgasmo. Sin embargo, no estaba seguro de qué hacer a continuación. Afortunadamente, perdió el sentido de nuevo. Lo desaté aunque pensaba que no debía hacerlo por si se vengaba de mala manera conmigo, pero quise que se sintiera cómodo.

A la mañana siguiente me levanté y fui al baño mientras Miguel dormía. Saqué el condón y me lo puse. Comencé a ponerme duro de nuevo y disparé varias cargas en el condón. Mi semen desapareció en el condón de nuevo, pero nada parecía suceder. Terminé en el baño y entré a mi habitación para ver a Miguel sentado desnudo al final de mi cama. Comencé a ponerme duro. El me miró, me sonrió y me dijo

— Cabrón, maricón, hijoputa y todo lo que ni sé decir.

Me acerqué cautelosamente hacia él. Me senté a su lado en la cama y me dijo

— No te preocupes, no te haré daño.

Luego me atrajo hacia sí me tumbó en la cama, comenzó a besarme apasionadamente. Podía sentir que cada vez él se estaba poniendo más duro y me frotaba mi polla para endurecerla. Luego levantó mis piernas y comenzó a empujar su gran miembro erecto dentro de mí. Grité un poco cuando mi ano comenzó a adaptarse a su tamaño. Lentamente se deslizó más y más dentro de mí mientras mi ano se relajaba. Por fin consiguió que su polla entrara completamente dentro del agujero de mi culo y comenzó a empujar hacia dentro y hacia fuera cada vez más rápido hasta que pude sentir su polla palpitar y noté un fluido cálido que llenaba mis entrañas.

Salió de mí y se desplomó sobre la cama. Luego se vistió y dijo que tenía que irse. Tenía una extraña y confusa mirada en su rostro mientras se vestía. Me acosté y tomé una rápida siesta. Me desperté con un fuerte ardor en mi estómago. Me levanté y fui al baño. Mientras caminaba hacia el espejo noté que mi estómago se estaba hinchando y los abdominales comenzaron a mostrarse. Mis pectorales también estaban presionando y sobresaliendo, mis brazos y piernas empezaron a tener músculos definidos. Sentía una fuerte desazón de mí mismo. Entonces noté que mi polla comenzaba a endurecerse. ¡No estaba seguro de si esto ocurría por el condón mágico o porque yo me sentía falsamente ilusionado con un nuevo cuerpo! Para cerciorarme agarré una regla y me medí. Ahora estaba completamente erecto y medía 20,30 cms.; también medía 3,80 cm de ancho. Sentí y palpé mis abdominales y exploré mi cuerpo. Mi polla comenzó a contraerse y arrojé varias cargas calientes de semen. Me senté a un lado de mi bañera, relajándome durante un momento antes de ducharme e ir a disfrutar de un nuevo día.

LOS AMORES DE APOLO

Apolo

Me llamo Apolo. Soy eternamente joven, guapo, el más hermoso de cuantos habitan en el Olimpo, morada de los dioses. Soy deportista, tengo un cuerpo envidiable; en base a recibir masajes por parte de las innumerables ninfas y debido al precioso e incomparable aceite de los mejores olivos olímpicos, he obtenido un cuerpo con la piel tan bronceada que, al verme, confunden mi porte con el oro, es por eso que me llaman el dios de oro, por esa misma razón todas las diosas, las musas y las ninfas están colgadas por mí, incluida mi propia madre Leto, que es más hermosa aún que su hermana Asteria. Mi madre es la diosa de la noche y de la luz, pues produce el amanecer, fue amante de Zeus de quien le nacimos mi melliza Artemisa y yo, razón por la cual la cruel esposa del Padre Zeus, Hera, tras enterarse de la infidelidad de Zeus, persiguió a mi madre para que no naciéramos ni mi hermana ni yo, pero para ruina de Hera hemos venido a ser los más bellos de los dioses.

A causa de la persecución de la cruel y vil Hera, mi madre ya pasaba nueve días que debía de habernos alumbrado y en su desesperación halló un pequeño consuelo, la compasión de los dioses que hicieron posible que naciera primero mi melliza Artemisa, diosa de la caza, y que ayudara a mi madre en mi alumbramiento. Nuestros nacimientos ocurrieron en la isla Ortigia, deshabitada y pequeña, pero los dioses comenzaron a llamar a la isla de mi nacimiento Delos, que significa luz por mi esplendor y hermosura y me asignaron ser el dios brillante de la luz.

La cruel Hera encargó a Pitón que matara a mi madre porque había superado el parto, yo me enfadé y con mi arco y una sola flecha maté a la serpiente y nos libramos de momento. Mi hermana Artemisa y yo decidimos ser los protectores de nuestra madre Leto y descubrimos al gigante Ticio acechando a mi madre para violarla. Ticio era un mezquino personaje de desenfrenada lujuria, intentó violar a mi madre cuando viajaba a Pito, la asaltó, rasgó sus vestidos y, teniéndola desnuda y viéndola tan bella, intentó violarla, pero los que nos dedicamos a la caza tenemos muy fino el oído y mi hermana Artemisa y yo escuchamos los gritos de mi madre pidiendo auxilio, iniciamos una batalla con el gigante y una de mis flechas le dio certeramente y lo mató. Lo arrojamos al Tártaro y lo abandonamos en el suelo despatarrado y desnudo para comida de alimañas. Dos buitres fueron los encargados de devorar su hígado, sede de sus pasiones, a continuación las serpientes dieron cuenta del resto de su cuerpo, comiéndoselo todo, huevos incluidos.

Los jóvenes dioses y los elfos, siempre que me ven, observan detenidamente mis enormes genitales, acordes con todo mi cuerpo, preciosos: un extenso falo, bien proporcionado en su grosor, que obtuve en los eternos juegos píticos que fundé e inauguré en el Olimpo, antes de que existieran los hombres que luego fundaron los juegos Olímpicos como un latrocinio y los llenaron de normas y prohibiciones sin fin. Mis pelotas, formadas por unos testículos del tamaño y parecido al copoazú(1), de unos 16 cm de largo y 10 de ancho van envueltos con un escroto de dos secciones similares a dos grandes brevas sobre las que cuelga mi pene tan grande como un cohombro en forma de plátano cuya curvatura en la parte superior forma un arco para que la polla no roce con el escroto y se mueva libremente mientras salgo a correr por la superficie dura de la tierra. Mis pectorales densos como dos medias lunas rellenas culminan con unos pezones que son el orgullo ante los jóvenes empíreos y para su constante y perenne envidia. Mi figura es esbelta y de natural soy nudista, se me puede ver en varias estatuas que he inspirado a los artistas y me hacen como quien soy, naturista y nudista, para emular a la contemplación de la belleza natural del cuerpo.

Durante mucho tiempo, dada mi eterna juventud, han sido las ninfas mi distracción primordial, ellas me perfumaban o realizaban los masajes sobre mi cuerpo para disfrutar tocándome y sentir la suavidad de mi piel, envidia de todas las diosas del Olimpo. Fueron muchas las diosas y mujeres que se me abrían de piernas, sin necesidad de que yo lo solicitara, porque solo mi belleza las hechizaba, pero cada vez que yacía con una de ellas la desgracia se hizo presente en mi entorno. La pena de tales desgracias es que no me afectaban a mí, sino a mi entorno. Cuento ahora algunas de mis aventuras para dar pleno conocimiento de tales desgracias y la razón de las mismas.

Siempre tuve suerte en el amor pero mala fortuna en su destino. Todas, diosas, ninfas y mujeres me persiguen y me enamoran. Entre tales conquistas enumero las siguientes: Marpesa, Coronis o Corónide, Cirene, Creúsa, Reo y Manto, a fin de no alargarnos excesivamente.

De Marpesa me había enamorado y pretendí hacerla mi esposa. Mientras yo la cortejaba, un tal Idas, hijo de Afareo y Arene, raptó de debajo de mi cuerpo a Marpesa y se la llevó en un carro con alas que le había regalado el dios Poseidón para que Idas se casara con ella. Mi futuro suegro, Eveno, persiguió el carro de Idas pero le fue imposible alcanzarlo. Entonces, repuesto de mi sorpresa emprendí mi carrera alcancé el carro y arrebaté a Marpesa de los viles brazos de Idas. Se entabló entre los dos una disputa por poseer a Marpesa y el sempiterno padre Zeus dirimió nuestra discusión proponiendo a Marpesa a quien elegía como esposo. Ella se decidió cobardemente por Idas, alegando que, cuando ella envejeciera, yo la abandonaría dada mi eterna juventud.

A Coronis la quise, la amé más que a mi vida pero fue traicionera para su desventura. Coronis fue una muchacha de Larisa, se hizo famosa más por ser la madre de Asclepio que por los desafortunados amores que tuvo conmigo. Coronis era hija de Flegias, rey de los lapitas. Coronis me fue infiel, alternaba mis amores con un joven de Tesalia llamado Isquis, hijo de Élato, un perfecto don nadie. Un cuervo de blanco y bello plumaje me pasó el aviso de las infidelidades de Coronis justo delante de mi hermana Artemisa que lanzó una de sus certeras flechas y le atravesó el corazón a Coronis, dejándola inerte al instante. Grande fue mi dolor y en castigo impuse el luto al cuervo y a todos ellos, convirtiendo su blanco plumaje en un negro desgarbado para horror de los que lo vieren. El castigo fue mi desahogo por lo chismosos que son los cuervos que son siempre portadores de los peores males y de malos agüeros. Cuando Coronis estaba en la pira funeraria, mi amigo Hermes, el veloz, descubrió que mi hijo estaba en el vientre de Coronis, rápidamente lo sacó y me lo entregó, le puse al niño el nombre de Asclepio y se lo encomendé al centauro Quirón para que lo criara, lo cuidara y lo educara.

Nunca me había fijado en la ninfa Cirene. Ella era de Tesalia, hija de Hipseo, rey de los lápidas y de Clidánope. Era una muchacha muy suya, no gustaba de los telares como las demás mujeres y se dedicó a pastorear los rebaños de su padre y prepararse para la lucha. Su vida nada tenía en común con las mujeres, era más bien salvaje y solitaria en los bosques de Pindo. La descubrí cuando vi que alguien luchaba con un león, me acerqué y se trataba de la ninfa Cirene que dominó al león y lo descuartizó con la fuerza de sus brazos. En ese instante me enamoré de Cirene y la deseé, la rapté de entre los suyos y me la llevé a Libia fundando una ciudad en su honor a la que llamé Cirene como a mi amada. Ella me dio un hijo al que llamé Aristeo, a quien mi amigo Hermes le hizo tomar la ambrosía para convertirlo en dios y hacerse cargo de todos los rebaños.

Creúsa, hija del rey Erecteo de Atenas, se había casado con Juto, hijo del rey de Tebas exiliado por sus hermanos en Atenas. No pudieron tener descendencia y Creúsa vino al oráculo de Delfos, cuyo templo estaba dedicado a mi devoción, para pedirme descendencia. Yo vi la ocasión y cuando ella se encontraba en éxtasis la violé e hice que engendrara un hijo que nació en mi propio templo y al que Creúsa le puso por nombre Ion. La muy puta, que había permanecido sus nueve meses en mi templo de Delfos, lo abandonó allí al nacer. La Pitia lo crió y le inició en los misterios dedicados a mi nombre, pero jamás le indicó que yo era su padre. Pasado el tiempo, regresó Creúsa con su esposo Juto para pedirme un hijo, entonces les indiqué que a la salida, al primero que vieran ese es hijo de ellos. Encontraron a Ion y lo abrazaron, realizando un banquete por su encuentro. Quien desbarató todo el asunto fue la celosa y muy puta Atenea que reveló la verdad a Creúsa y Juto. Esto ocurre para que vayas haciendo favores, como si a mí me gustara mucho eso de ir de mujer en mujer. Bueno, algo sí me gusta que eso de joder tampoco está tan mal.

El problema que tenemos los dioses es que vivimos demasiado tiempo y yo, además con mi eterna juventud, tengo siempre la polla fácil para irla metiendo en los coños de las mujeres y en los culos de los hombres, que todo me gusta. Pero ahora se trata de Reo. Esta no fue nunca mi esposa, tampoco me gustaba tanto, era solo mi entretenimiento, es decir, una amante al paso. No se había inventado el condón y tuve un despiste por no haber tomado el brebaje que entonces se usaba y la preñé, porque yo a la primera ya va la vencida, no fallo ni una. Pero la muy puta no me dijo nada y estaba embarazada y parecía que había sido de un hombre cualquiera y no de un dios, ni siquiera yo. Me llevé un cabreo de padre y señor mío y agarrándola de los pies la eché al mar. Las olas y la tormenta dejaron a Reo en la isla de Delos, que está consagrada a mí porque allí nací y allí dio a luz a Anio, que ya nació marcado por el sufrimiento. Reo dejó al niño en mi altar sin decirme nada y se marchó. Yo me apiadé del niño, lo oculté durante su infancia y en su adolescencia le enseñé el arte de la adivinación y le concedí muchos poderes. La puta de Reo se casó con Zarex, hijo de Caristo, el cual aceptó a Anio como hijo y vino a recogerlo al templo. Al final pude ver cómo Anio, que se me había consagrado como sacerdote, acompañó a Eneas a Roma al huir de Troya, tras la desastrosa guerra.

Frederic Arthur ridgman, El rapto de Cirene

Manto fue una de las hijas del adivino Tiresias. Este sujeto fue inicialmente una mujer que residía en un cuerpo equivocado, era transgénero. Era sacerdotisa de la cruel Hera. Cuando el padre Zeus decidió imponer en el Olimpo el machismo, convirtió a Tiresias en hombre, manteniéndose como adivino y profetizando. La gente lo tenía a Tiresias como hombre y como mujer y decían que cambiaba de género cuando quería. Esto no es extraño en un transgénero con mucho poder, así podía ser sacerdote, y profetisa como las pitias y la sibila, sin tener que dar más cuenta a nadie sino solo a Zeus, mi padre. Manto fue ayudante de su padre Tiresias. Más tarde Manto fue llevada a Delfos como parte del botín de guerra de los Epígonos, y me fue consagrada a mí porque les ayudé a ganar la guerra a los argivos. Manto fue enviada a Colofón por mandato mío y allí hice que se casara con un tal Racio. Al poco tiempo, dio a luz a Mopso tras ser preñada por mí. Lo que ocurrió más tarde con Manto y los hijos habidos con Alcmeón, todo lleno de desgracias, como comprar a su hija como esclava por desconocimiento.

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Jacinto y Apolo

Hasta aquí os he narrado lo que a la gente le gusta contar de mí, ahora voy a retratarme y a contaros la verdad. En efecto, todas mis aventuras que os he narrado y otras que he obviado para no alargar la historia no pasan de ser aventuras. Ahí os he mostrado que no era otra cosa que distracción mía, raptos, sorpresas, venganzas, violencias, violaciones forzadas no consentidas, otras violaciones consentidas, hijos que no me interesaban, otros que los mandé criar a terceros. Yo soy un joven con ganas de aventuras, las diosas, las musas, las mujeres eran atraídas por mis encantos, mi juventud mi cuerpo y mi poder sexual, yo las cumplimenté a su gusto o disgustó pero di cumplida cuenta de lo que soy capaz.

Ahora quiero hablar de mi auténtico amor, lo que me atrajo, lo que soy, lo que tira mi cuerpo y todo mi ser, lo que Zeus me dio para que lo viviera a plenitud de felicidad. En este instante voy a salir del armario: «soy homosexual», esto que ahora decís gay y lo decís bien, porque espera felicidad, alegría. En mi amor con Jacinto estuvo mi alegría, mi bien, mi felicidad y mi plenitud de vida. También gocé con Cipariso, aunque fue por más breve tiempo. Hermes, mi amigo, seducía alocadamente a las ninfas. Fue un momento de tanta paz en el Olimpo que los dioses nos dedicamos al desenfreno y a la disipación. Los hombres nos adoraban por diversas causas y éramos tantos dioses que había siempre uno para cada necesidad de los humanos. Nos dejaban tranquilos. Nos dedicábamos a nuestras debilidades como si en ello estuviera nuestra fortaleza. Los más hedonistas eran mi hermana Afrodita que es la diosa del amor y del erotismo, de ahí nace el afrodisíaco, le sigue por desvergonzado Dionysos, que era un empedernido inductor al acto sexual, luego estaba su hijo Príapo, este tiene un enorme falo, largo hasta las rodillas y con una curva enorme y grueso como la muñeca de la mano.

Bosio, Jacinto, Louvre

En el Olimpo todos vamos desnudos, porque allí ni hace frío ni calor, eso es lo que hace que nos provoquemos entre nosotros y en ciertos tiempos nos atraen las gentes de la tierra. Quizá por culpa nuestra los humanos sienten tan fuertemente sus atracciones por el sexo, hasta hacían procesiones con un enorme falo sobre unas andas. Tener un pene grande llegó a ser signo de poder. Dionysos fue el más provocador a este respecto. Los humanos hacían bellas esculturas de nosotros sin ropa y con unas pollas descomunales, la verdad es que cualquiera de los dioses lo tenemos grande, pero unos más que otros. Los penes más grandes del Olimpo son el de mi padre Zeus, el de Príapo, le sigue el de su padre Dionysos y por poco le igualo con el mío. Los demás son más o menos iguales por debajo de mi polla. Hasta llegaron los humanos a realizar ritos religiosos en honor nuestro mediante sus actos sexuales, los hombres con mujeres y entre sí tanto hombres como mujeres, los más depravados eran aquellos que lo hacían con animales o niños que lloraban al ser penetrados sin piedad. Lo peor de todo es que se consagraban las vírgenes a mi hermana Afrodita y las llevaban al templo para que se ofrecieran a los devotos que mejores ofertas pecuniarias hicieran. El caso es que los humanos son tan estúpidos que a estas las llamaban vírgenes, estando como lo estaban pasadas por infinidad de vergas. Mi sobrino Eros, hijo de mi hermana Afrodita incitaba al amor y su símbolo para los humanos era el sexo. Seguro que conocéis a Cupido, ese niño inocente con flechas, pues no es otro que mi sobrino Eros tal como lo describe Eurípides(2). Con una situación como estas, todos los dioses nos dedicamos al deporte del sexo, yo no fui menos, pero para gusto de muchos yo soy gay, o mejor bisexual, me gustan tanto los machos como las hembras, lo intenté con muchas de ellas, no estuvo mal, pero como el amor con chicos jóvenes nada, ni qué decir. Tuve dos amores con dos varones, uno fue Jacinto y el otro Cipariso, ambos me resultaron agradables, y aunque se tuvieron celos entre sí, yo daba bastante abasto para amarlos a ambos y no hubo mayores problemas.

Jean Broc, La muerte de Jacinto, 1861; óleo sobre lienzo

El amor de Jacinto(3) fue siempre muy delicado hasta su muerte. No solo fue, sigue siendo delicado. Lo vais a entender cuando explique la historia de amor entre Jacinto y yo. Jacinto fue un joven héroe de Esparta; él y su hermano Cinortas eran hijos de Amiclas, rey de Esparta (hijo de Lacedemón) y de Diomede (hija de Lápites)(4). Jacinto era hermoso hasta definir a la misma belleza, era príncipe espartano, de buen cuerpo, perfectamente formado y proporcionado, participaba en las batallas de los espartanos e hizo todos los entrenamientos necesarios en la caza y en la supervivencia.

Por tanta hermosura el poeta Tamiris, que gozaba de fama en el canto y en la ejecución de la lira se enamoró de Jacinto, hasta el extremo. Tamiris fue el primer homosexual que cortejó a un joven que también lo era. Ahora bien, yo me sentí herido, porque me había enamorado igualmente de Jacinto. Entonces aceché a Tamiris para ver si iba cortejando al hermoso Jacinto con seriedad o para aprovecharse de él, porque yo me estaba esperando a que el muchacho tuviera la edad discrecional para hacer el amor, mientras que Tamiris sentía deseos viciosos y viciados que podrían estropear la vida del bello Jacinto. Entonces fue cuando escuché una ignominiosa frase de Tamiris dicha al oído de Jacinto: «Yo puedo superar en el canto a las mismas Musas». Ni corto ni perezoso, informé a mis amantes las Musas que son muy vengativas y castigaron la osadía de Tamiris privándole de la voz, de la vista e incluso de la memoria para tañer la lira. Con esto libré a Jacinto de los engaños del poeta Tamiris.

El otro problema que tuve y que impedía expresar mi amor por Jacinto era Céfiro. Competir con un dios para llevarme el amor de Jacinto fue duro, mientras tanto me dediqué a cortejar a Jacinto. También bajaba de los cielos olímpicos Céfiro como una suave brisa e intentaba refrescar el acaloramiento de Jacinto y bajo ningún aspecto el muchacho aceptaba las caricias de Céfiro, sino muy al contrario, se cubría su cuerpo con ropas para no sentir los vientos y las brisas. Sin embargo cuando yo susurraba a su oído mis palabras amorosas quedaba encandilado, mostrando de esa manera que aceptaba mi amor, mientras rechazaba el de Céfiro. Había optado por mí y yo bendije con toda clase de ayudas obtenidas de mi padre Zeus.

Desde que noté la aceptación de Jacinto, solía bajar por las orillas del río Eurotas, olvidándome de mi santuario en Delfos, para pasar tiempo con mi joven enamorado, deleitándonos con los placeres de los jóvenes, juegos, correrías, escondites que acababan siempre con abrazos y besos. Al tener poca ropa, es decir, un simple manto con una correa al través que apenas cubría la mitad de nuestro torso y un poco los genitales, notaba que a Jacinto se le erectaba su polla y alguna vez se la acariciaba, desde entonces tenia costumbre de acariciar mi pene por encima del manto.

Me cansé de la música y de mi gran arco y hallaba descanso en pasatiempos sencillos, llevando a Jacinto unas veces a cazar a los bosques y calveros(5) de las laderas de las montañas, otras le enseñé la práctica de la gimnasia, que en mi era habitual, la ejercíamos como se debe desnudos y sin que nada nos moleste. Además, pretendía que Jacinto la enseñara a sus compañeros del ejército de Esparta, a fin de que tuvieran más resistencia en sus batallas. Poco a poco vi que iba adquiriendo musculatura similar a la mía, buenos pectorales con unos asombrosos pezones y el abdomen sin grasa marcaba bien los músculos abdominales. Hice de Jacinto una auténtica escultura de carne y huesos que cada vez me enamoraba más.

Pronto se me despertaron los apetitos y el muchacho de pelo rizado me resultó más encantador que nunca. Jacinto se me entregó del todo tras un ejercicio de gimnasia, acomodándose en mis brazos y me dio un intenso beso que yo correspondí; luego me abrió el culo deseando poseer en su interior mi falo sagrado y me abandoné a sus deseos, gozándolo los dos inmensamente. No me olvidé de Jacinto como mortal, pero sabía que lo gozaba y cada vez nuestro amor se expresaba mejor y más intensamente en medio de la naturaleza de los bosques y a las orillas de los ríos.

Tanto Jacinto como yo nos sentíamos espiados en algunas ocasiones y nos poníamos muy molestos y recelosos. Hice una figura similar a mi cuerpo que coloqué encima de Jacinto como si nos estuviéramos besando y haciendo el amor. Me di un rodeo y expulsé al mirón que no era otro más que Céfiro el celoso. Por un tiempo todo iba bien y nuestro amor maduraba de modo que pronto pensábamos que teníamos que presentarnos a sus padres, habiendo pedido permiso a mi padre Zeus para tomar mi bella figura humana para presentarme a más de una persona. Me lo concedió.

Cipariso, Apolo y Jacinto, cantando y jugando, por Alexander Ivanov

Otra vez sentíamos que alguien nos espiaba y volví a maldecir a Céfiro, pero di una carrera para librar una pelea con él y me encontré a un bello muchacho. Se trataba de Cipariso. Su belleza me dejó prendado y le di la mano, alargó su brazo y cogidos de la mano se lo presenté a Jacinto. Noté que había algo de celos y temores entre ambos, pero les prometí que los amaría inmensamente y que tendrían que amarse ellos del mismo modo. Cipariso(6) entonces se levantó y besó amorosamente a Jacinto, el cual le preguntó:

— ¿Cómo supiste que estábamos aquí?

— Fue por Céfiro, que me lo dijo y me trajo una vez para que aprendiera a amarle como tú amas a Apolo. Céfiro estaba muy celoso y me maltrataba porque no quería besarle, todo él tiene un olor apestoso recogido de los lugares por donde pasa y su boca tiene un fuerte olor a podrido y a vómito que da asco cuando se aproxima; fue por eso que me escapé y si no me uno a Apolo volverá a cazarme y a convertirme en su esclavo sexual que es lo que él desea.

— Así que… ¿Céfiro no da amor, sino solo saca provecho?

— Eso, eso es precisamente; él decía que me amaba pero su amor es como el viento y no es amor. Poco tiempo antes me había tomado como amante Pan(7), pero me llevaba a cuidar de las ovejas y las cabras y para mí no tenía ningún cuidado. También me escapé, por suerte me mantengo intacto, virgen, porque sus intentos tampoco fueron sinceros.

— Apolo querido —dijo suplicante Jacinto— quisiera ver cómo puedes amarnos haciendo el amor con Cipariso, nada me gustaría tanto.

Escuchaba a los muchachos y me sonreí por la propuesta, de modo que por no desairar sus deseos me apresté a ello, mi sonrisa contagió a Cipariso y a Jacinto. Este se retiró unos pasos atrás para observar el amor entre Cipariso y yo. Mucho le gustó a Jacinto cuanto había visto gozar a sus jóvenes amigos y a partir de entonces los tres formamos el cuerpo del amor. Cada día descendía yo del Olimpo y me encontraba con ellos. Mientras yo cumplía con mis obligaciones en el Olimpo, Jacinto y Cipariso vivían juntos en la casa de Jacinto, ejerciéndose uno para el ejército espartano y el otro era su compañero de armas, habiendo aprendido las artes castrenses de Esparta.

Así pasaron mucho tiempo y supliqué al padre Zeus que les concediera la eterna juventud, acudiendo de inmediato a mi petición. Muchos años pudimos disfrutar los tres del amor, eran dos muchachos que me amaban totalmente y yo les correspondí. Cuando los dioses del cielo me veían me hacían elogios: «¡Qué dichoso eres, Apolo, tus muchachos te son fieles, duermen en la misma cama y no se hacen el amor si no estás tú presente». Me sentía satisfecho y mi padre Zeus me mandaba algunas noches a custodiar el sueño de los muchachos diciéndome: «Apolo, hijo mío, ve, despierta suavemente a los muchachos e incítalos a hacerse el amor, ellos te aman igualmente y te son fieles, contempla semejante belleza sentado junto a la cama» Hice caso a mi padre y bajaba para despertarlos, los besaba y les indicaba que se hicieran el amor mientras yo los miraba, después de semejante contemplación, tenía que bajar mi erección, lo que hacían los muchachos mamando mi pene entre los dos y bebiendo mi semen que les daba mayor fortaleza en los entrenamientos y la lucha y les aseguraba mi propia juventud.

De vez en cuando les hacía sus regalos para alegría de ellos. A Jacinto le regalé una espada y un yelmo y a Cipariso le regalé uno de mis ciervos sagrados, el más precioso y elegante, un ciervo consagrado a las ninfas, que desde entonces se convirtió en el fiel compañero del muchacho. Cipariso adornaba las astas de oro del animal con guirnaldas de piedras preciosas, que también colgaba de su cuello. En otra ocasión, les regalé un disco a Jacinto para que jugara al lanzamiento de disco, lo que le enseñé para que fuera un campeón y a Cipariso una jabalina para cazar.

Cipariso, óleo de Jacopo Vignali

Cipariso, al intentar cazar otro ciervo, mató por error al suyo, aquel que yo le había regalado y con el que salía a dar sus paseos. Fue muy intenso el dolor del muchacho por la pérdida del animal, no solo por el mismo animal con el que se había encariñado, sino porque era un regalo mío. Estando muy triste y entre llantos en un lugar apartado, me acerqué a él para consolarlo y me dijo:

— Apolo, amado y amigo mío, te suplico que para apaciguar mi pena me permitas llorarlo para siempre y que mis lágrimas fluyan eternamente.

Con mucha pena accedí a su deseo y súplica y lo convertí en ciprés, el árbol de la tristeza, el dolor y el duelo por los seres queridos, consagrado desde entonces a los difuntos. Siempre lo llevé en mi corazón, pero ya no pude gozar de sus encantos, pero su deseo merecía cumplirse y lo hice por amor.

Claude Marie Dubufe, Apolo y Cipariso

Triste, muy triste estaba Jacinto por la muerte de nuestro amado, ya no quiso más compañero consigo. Muchos amantes le presentaron, ninguno se parecía ni podía sustituir a Cipariso y quedó con la tristeza en su corazón y el llanto en sus sábanas. ¡Cuantas veces tuve que ir en las noches a su cama para consolarlo! Allí le daba todo mi cariño. Se acostaba desnudo esperando la llegada de Cipariso que no venía y tuve que ir yo a estar con él. Me desnudaba del manto y mi correa y me metía entre sus sábanas. Jacinto se despertaba y provocaba el comienzo del amor que concluía con un deseo suyo: que le penetrara hasta lo más profundo y permaneciera mucho tiempos dentro de él y a su cuerpo abrazado antes de eyacular. Así lo hacíamos casi a diario para que tuviese algo de calma y paz. Convertí su cama en mi dormitorio y temprano regresaba al Olimpo para cumplir con mis deberes divinos. En la tarde regresaba para entrenar con el muchacho el lanzamiento de disco.

En cierta ocasión, durante una calurosa tarde de aquel infernal verano, nos desnudamos, nos untamos uno al otro con aceite de oliva de primera cosecha y comenzamos el lanzamiento de disco, cada uno de de nosotros intentábamos superar al otro. El disco de bronce cada vez subía más alto. Desafortunadamente, reuniendo todas mis fuerzas, giré sobre mí mismo y dejé libre el brillante disco, el cual se elevó muy rápidamente, cual si fuere un águila, cortando las nubes a su paso y brillando como una estrella en pleno día, y tras suspenderse en el cielo por la inercia de su propio empuje, comenzó a caer, pasando de nuevo por entre las nubes.

Jacinto, muy valeroso, corrió para apresarlo con sus manos y lanzarlo de nuevo inmediatamente y demostrarme que, siendo tan joven, ya se había convertido tan diestro como yo en este deporte. El disco iba directamente a sus manos, pero en ese momento Céfiro sopló un viento para desviar el disco, de modo que no le fue posible recogerlo porque cayó a tierra unos metros más adelante. La caída fue tan fuerte que el disco rebotó y, guiado por el viento de Céfiro, golpeó violentamente a Jacinto en la cabeza. Mi amado Jacinto gimió dolorido y cayó al suelo. La sangre manó a borbotones en gran cantidad por su herida, tiñendo de profundo carmesí el oscuro cabello del hermoso joven.

Quedé horrorizado y corrí hacia mi amado amigo, me incliné sobre él, dejé reposar su cabeza sobre sus propias rodillas e intenté desesperadamente cortar el flujo de sangre que salía de la herida, pero todo fue en vano. Mi amado Jacinto cada vez estaba más pálido y sus ojos, siempre tan vivos, perdieron su brillo mientras su cabeza caía hacia un lado, como si fuese una flor del campo que se marchitase bajo los rayos del sol de mediodía. Con el corazón destrozado, grité mirando al cielo:

— «¡Te llevaron las garras de la muerte, amado amigo! Ay de mí, pues por mi culpa has muerto. ¿O debo culpar a mi amor? Ay, culpa de un amor que demasiado ama. ¡Si tan sólo pudiese expiar mi culpa uniéndome a ti en el viaje a los reinos desolados de la muerte! ¿Por qué he sido castigado con la maldición de la vida eterna? ¿Por qué no puedo seguirte?

Entonces, mientras sostenía a mi moribundo amigo junto a mi pecho, vi a Céfiro en los altos cielos sobre las nubes riéndose de burlas contra mí, me incliné ante mi amado mientras mis lágrimas salían a borbotones de mis ojos y caían sobre su pelo manchado de sangre. Jacinto murió y su alma voló al reino de Hades. El dios que tengo en mí se agachó y susurró suavemente junto a la cabeza del joven muerto:

— Siempre vivirás en mi corazón, hermoso Jacinto. Que tu recuerdo viva también entre los hombres.

Merry Joseph Blondel (1781-1853, La muerte de Jacinto.

Y, a una orden mía de la sangre de mi amado Jacinto brotó una flor roja a la que los humanos llamarían jacinto y en cuyos pétalos puede aún leerse «Ay»(8). No pude aguantar mi dolor y sollocé amargamente de la pena que surgía de mi dolorido pecho. Entregué el cuerpo de mi amado Jacinto a su padre, el rey de Esparta, para que le ofreciera las pompas funerarias, asegurándole que yo estaría observando desde los cielos. Cuando subí al Olimpo, mi padre Zeus me recibió acongojado y furioso a la vez. Llamó a su presencia a Céfiro y lo castigó a no soplar a su voluntad, poniendo un mar de dolores a su garganta, de modo que solo podía soplar en determinadas ocasiones y de manera suave y no traicionera, además perdería su nombre y el viento que soplara se llamaría de poniente o suave brisa, pero solo a los poetas se les permitiría utilizar el nombre de céfiro. Por su parte me abrazó consoladoramente diciendo:

— He sacado de Hades a tu amado Jacinto, será un dios para Esparta, un compañero eternamente joven para ti y dirigirá contigo los juegos jacinteos de Esparta.

Vi aparecer por la puerta del gran salón del Olimpo a Jacinto y llevaba cogido de la mano a Cipariso, ambos comenzaron a correr y se me abalanzaron para abrazarme y besarme, yo correspondí a sus besos del mismo modo. El padre Zeus salió del gran salón y yo me los llevé a mi morada eterna. Nunca más he bajado a la tierra de los mortales. Esta vez lo ha hecho mi propia madre Leto para entregar mi legado, la verdadera historia de mis amores a los habitantes de Esparta y con ellos al mundo entero y los humanos de todos los siglos.

Nota del Editor:

De esta manera, la memoria de Jacinto pervivió entre la burguesía de Esparta, que honró a su hijo, a quien festejó durante tres días con las fiestas jacinteas. El primer día, lloraron su muerte y los dos últimos, celebraron su resurrección. Cipariso es recordado en todos los cementerios del mundo entero hasta nuestros días. Apolo será siempre el símbolo de los dioses amantes, bellos y eternamente jóvenes.


NOTAS:

(1) Theobroma grandiflorum, de nombre común copoazú, copoasu, cupuazú, cupuassu, cupu assu o cacao blanco, es originario de toda la Amazonia oriental y centro de Sudamérica principalmente en Perú y Bolivia en la región norte de Brasil y al sur de Venezuela, su hábitat natural es el bosque tropical húmedo en terrenos altos no inundables, pH entre 6,0 y 6,5 y una temperatura entre 22 y 27 °C. En Bolivia su utilización es industrial ya que de él se fabrican manteca, licor y otros productos de exportación.

Alcanza los 14-18 m de altura, y 5-9 m de diámetro; hojas simples, oblongas, coriáceas, de 22-38 cm × 6-13 cm. Inflorescencias en cimas, pequeñas, en ramas horizontales (plagiotropismo), con 3-5 (7) flores: cada flor 5-sépalos parcialmente soldados, corola 5-pétalos, 5-estambres, ovario pentagonado, 5 lóculos. Fruto baya drupácea, oblongo, 12-16 cm × 9-12 cm, y 0,5-2 Kg (4,5 Kg ; epicarpio rígido, leñoso, y epidermis verdosa, con capa pulverulenta beige. 20-50 semillas, envueltas en pulpa mucilaginosa, blanca amarillenta, ácida, buen aroma. (Wikipedia, voz copoazú).

(2) Hijo de Mnesarco o Mnesárquides (gr. Μνήσαρχος ο Μνησαρχίδης), formas alternantes del mismo nombre, y de Clito o Cleito (gr. Κλειτώ). Su padre fue un mercader. Eurípides nació en Flía, aldea del Ática central, de donde pronto tuvieron que emigrar, a causa de la Segunda Guerra Médica, decisiva para los griegos y el mundo occidental, siendo él aún un niño, rumbo a Atenas. Otras fuentes indican que su lugar de nacimiento fue la isla de Salamina. Se sabe que fue alumno de Anaxágoras de Clazómene, Protágoras, Arquelao, Pródico y Diógenes de Apolonia. En 466 a. C. cumplió dos años de servicio militar. Odiaba la política y era amante del estudio, para lo que poseía su propia biblioteca privada, una de las más completas de toda Grecia. Durante un tiempo estuvo interesado por la pintura, coincidiendo con el apogeo del pintor Polignoto en Atenas. Tuvo dos esposas, llamadas Melito y Quérile o Quérine. Fue amigo de Sócrates, el cual, según la tradición, sólo asistía al teatro cuando se representaban obras de Eurípides. En 408 a. C., decepcionado por los acontecimientos de su patria, implicada en la interminable Guerra del Peloponeso, se retiró a la corte de Arquelao I de Macedonia, en Pela, donde murió dos años después.

(3) En la mitología griega, Jacinto o Hiacinto (en griego antiguo Ὑάκινθος’ o Hyákinthos, latinizado como Hyacinthus, y en griego moderno Yákinzos).

(4) Hay otra tradición que hace a Jacinto hijo de la musa de la Historia llamada Clío, y de Píero, rey de Macedonia, padre de las nueve Piérides o Emátides, que en ese caso serían hermanas de Jacinto. Estas Piérides quisieron emularse en el canto a las Musas y compitieron con ellas, en cuya lid alabaron a los hombres, mientras las Musas alabaron magníficamente a los dioses. El canto de las piérides era monótono y su voz oscura. Al perder se enfadaron mucho y amenazaron a las musas que las castigaron convirtiéndolas en urracas, de plumaje negro y voz atragantada. La tradición que hace a Jacinto como hijo de Píero no tiene mucha razón de ser, ya que Jacinto es espartano y el tal Píero es macedonio.

(5) Zonas o claros sin vegetación en un bosque, en un sembrado o en una plantación.

(6) Cipariso (griego: κυπάρισσος, “Kyparissos”; latín: cupressus, ciprés), fue un joven nacido en Quíos, o en Ceos, hijo de Télefo, descendiente de Heracles.

(7) Pan (en griego, Πάν) era el semidiós de los pastores y rebaños en la mitología griega. Era especialmente venerado en Arcadia, a pesar de no contar con grandes santuarios en su honor en dicha región. En la mitología romana se identifica a este dios como un Fauno. Pan era también el dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina. En la mitología romana es llamado Silvano, el espíritu tutelar de los bosques.

(8) En griego es AI.

Anselmes Flamen, Cipariso. Versailles.